La cultura del bocadillo callejero
Aprendimos a comernos la merienda a la vez que jugábamos a la pelota

Niños de los años 50 en el Paseo de San Luis, con sus bocadillos reglamentarios. Hoy es difícil ver a un niño en la calle con un bocadillo en la mano.
Hoy es difícil ver a un niño en la calle con un bocadillo en la mano en la misma medida que es una rareza encontrarse con un grupo de chiquillos callejeando sin que detrás estén las madres.
Los niños de ahora se han acostumbrado a la libertad vigilada y la asumen con naturalidad porque no han conocido otra cosa. Qué suerte tuvimos los que transitamos por la infancia en el siglo pasado, aquellos que salíamos de la escuela, tirábamos la cartera encima del sofá y echábamos a volar. En ese afán de aprovechar el tiempo libre apurábamos los minutos como si fueran un tesoro y un simple y breve cuarto de hora corriendo y dando saltos en la calle con los amigos podía ser suficiente para olvidarnos de las obligaciones y disfrutar de un momento de felicidad. Lástima que entonces no fuéramos plenamente conscientes de la felicidad porque era algo cotidiano que se aparecía sin tener que buscarlo, un estado de ánimo colectivo que alcanzaba su máximo apogeo cuando nos reencontrábamos con los amigos de la calle y rozábamos el cielo con la punta de los dedos.
Ese grado de felicidad callejera era distinto a la felicidad que podíamos sentir en el recreo del colegio con los compañeros de clase. La felicidad dentro de la escuela no tenía esa fuerza que tenía en la calle. Era una felicidad con riendas, una felicidad entre paréntesis, una felicidad domesticada y acotada por las obligaciones y la disciplina.
La felicidad sin censura solo era posible sentirla en la calle, por eso estábamos obsesionados con salir a jugar solos, por eso no había un castigo más duro que cuando tus padres te dejaban sin calle. Ese niño silvestre que todos llevamos incorporado solo se desarrollaba en plenitud en la calle con los otros niños.
Cada tarde, al llegar del colegio, si veníamos liberados de la maldita tarea, nos faltaba tiempo para dejarlo todo. Más de una vez nos hubiéramos ido sin merendar porque nos alimentaba más el juego que la comida, pero allí estaban nuestras madres para poner orden y recordarnos la frase de que era antes la obligación que la devoción. Lo normal era que saliéramos después de la merienda, pero a veces conseguíamos que la autoridad materna se relajara y que nos diera permiso para irnos con el bocadillo en la mano. Merendar en la calle tenía dos inconvenientes: que te olvidaras del bocadillo, que lo dejaras aparcado en una piedra y se lo comieran las hormigas, y que se lo terminaran ‘zampando’ los otros amigos más hambrientos que tú.
Aprendimos a comernos el bocadillo jugando a la pelota, a coger el pan con naturalidad aunque tuviéramos las manos sucias, que era casi siempre. Varias generaciones de niños nos vacunábamos sin saberlo de virus y bacterias en aquellas meriendas callejeras llenos de churretes. El bocadillo era nuestro fiel compañero de los recreos del colegio y de las meriendas en la calle. Para que no lo aborreciéramos, nuestras madres iban alternando sus componentes y mezclando los sabores. Había bocadillos raros, como el de leche condensada, que tanto nos gustaba pero que se hacía tan difícil de digerir. Entonces se hizo muy popular el bocadillo de mantequilla con azúcar, en un tiempo en que estábamos convencidos de las bondades del azúcar, aunque se nos picaran los dientes después y nos dolieran las muelas.
Había bocadillos monumentales, como los de calamares que despachaban en el bar de Justo, a la entrada de la Plaza Vieja o los bocadillos de sobrasada que te dejaban su rastro en la comisura de los labios durante toda la tarde. Llevo grabado en la memoria el sabor que te dejaba el bocadillo de sobrasada en la playa, cuando en los labios se mezclaba con el salitre del mar.
Había bocadillos tradicionales, de esos que llamábamos “de toda la vida”, como el pan con tomate, aceite y sal, que a todo el mundo le gustaba, y el bocata de chorizo de siempre, que te alimentaba como para jugar dos partidos de fútbol seguidos. Después, cuando nos hicimos más modernos, cuando la televisión se metió en nuestras casas y en nuestras meriendas, descubrimos los bocadillos de Nocilla, que se convirtió en el chocolate de culto de los niños de la clase media.
Cuando los tenderos incorporaron a sus negocios las máquinas eléctricas cortadoras, llegó la moda de los bocadillo de mortadela en rodajas y los de jamón de york, que eran para los estómagos más delicados. En esa época se popularizó el bocadillo de foie-gras con aquellas latas pequeñas y redondas de la marca El Pamplonica que tantas veces acabábamos rebañándolas con el dedo.