El Papa no era uno de los nuestros
En 1961 Almería celebró a lo grande el día del Papa Juan XXIII, un señor que vivía en Roma y casi nadie conocía

El Padre Uña, con los niños que participaron en el programa que Radio Almería emitió en noviembre de 1961 para rendirle homenaje al Papa.
Hubo un tiempo que para referirnos a su Santidad utilizábamos el nombre ‘el Papa de Roma’. Casi nadie lo llamaba por su nombre porque al menos aquí, en Almería, pocos sabían que aquel señor que aparecía de vez en cuando en las noticias del NO-DO se llamaba Juan, y mucho menos que su apellido cristiano era el 23, pero en números romanos.
Cada vez que alguien pronunciaba lo de ‘el Papa de Roma’ estaba diciendo que su poder, su santidad y quien sabe si sus milagros, nos quedaban tan lejos que no lo reconocíamos como uno de los nuestros. En la pirámide divina que los niños asumíamos como única y verdadera, primero, en lo más alto, estaba Dios; después venía el señor Obispo y un escalón más abajo, más pegado a la tierra que pisábamos a diario, el cura de nuestra parroquia.
Dios era el indiscutible, lo que hoy se conocería como un auténtico ‘influencer’. Después de Dios venía Jesucristo, que de forma instintiva lo relacionábamos con el crucifijo que teníamos en la pared principal del dormitorio de nuestros padres y en el aula del colegio. Después de Dios y de Jesucristo aparecía el Señor, que era mucho más cercano y formaba parte de nuestro vocabulario diario. De noche, cuando nos metíamos en la cama, le rezábamos siempre una oración al Señor, el mismo al que le pedíamos que nos echara una mano en los exámenes o que ganara nuestro equipo el domingo. A ninguno se nos ocurría rezarle a Dios, porque como nos quedaba demasiado grande, como un exceso, dudábamos de que nos pudiera prestar su atención sabiendo el trabajo que tenía arreglando el mundo.
Después estaba la Virgen que era como una madre global a la que nuestras madres le pedían los pequeños milagros de la vida cotidiana y a la que todos los años, por el mes de mayo, los niños le llevábamos flores al altar del colegio. El escalafón de la fe espiritual lo cerraba la figura del Niño Jesús, que para nosotros era como un hermano pequeño que nos acompañaba en la soledad de las mesitas de noche.
Bajando los peldaños de la pirámide divina nos encontrábamos con la figura del obispo. Se suponía que entre Dios y el obispo tenía que aparecer el Papa, pero como estaba en Roma y parecía tan indefenso cada vez que lo veíamos en los cines, casi nadie lo tenía en cuenta. Yo no conocí jamás ni en mi familia ni en mi barrio a nadie que le rezara al Papa. Tampoco se le dedicaban oraciones al obispo, pero como se dejaba ver, como de vez en cuando nos regalaba caramelos y le besábamos el anillo, teníamos completamente asumida su existencia. Por debajo del obispo aparecía el cura de nuestro barrio, que nos parecía como el funcionario del cielo que le hacía los recados al Señor y el encargado de llevarnos por el camino recto del bien.
El cura nos daba consejos y algún morrillazo que otro. Le contaba a nuestros padres nuestra vocación de ovejas descarriadas y como los sábados por la tarde nos ponía delante del confesionario, creía que lo sabía todo de nosotros, sin saber que los pecados buenos, los que nos hacían felices, se quedaban bien guardados en nuestras inocentes almas infantiles.
Para contrarrestar esa lejanía del Papa, en el otoño de 1961 la ciudad de Almería le rindió un sentido y bien organizado homenaje a Juan XXIII, que iba a cumplir 80 años de edad. Se encargó de organizar el montaje el obispo Alfonso Ródenas, que además de poner en marcha una colecta extraordinaria en todas las iglesias llevó la figura papal por los centros escolares para que los más jóvenes tomaran conciencia de su importancia. En el Instituto hubo misa y charlas de eruditos y un grupo de escolares se presentó en la emisora de Radio Almería para leer una sentida carta que habían escrito para su Santidad.
El señor obispo, en una misa multitudinaria que se celebró en la Catedral, con coro incluido, presentó al Papa de Roma como pastor de todos los hombres, como el párroco universal que se preocupaba de todas sus ovejas, como el centinela que velaba por todos los cristianos aunque muchos no supiéramos casi nada de su existencia.