La Voz de Almeria

Tal como éramos

Cuando el río salía y nos partía en dos

Cuando aparecía el río los almerienses íbamos a contemplar el espectáculo

Cuando no existía el puente, la salida del río provocaba que la carretera de la playa hacia Costacabana quedara cortada, a veces durante días.

Cuando no existía el puente, la salida del río provocaba que la carretera de la playa hacia Costacabana quedara cortada, a veces durante días.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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Íbamos a la boca del río o al puente de Los Molinos como el que va a contemplar un gran espectáculo a un sala de cine. Cada vez que llegaban las lluvias fuertes y por la ciudad corría la voz de que el Andarax había salido con ganas, los almerienses organizábamos excursiones para disfrutar de un acontecimiento que al menos una vez al año nos cambiaba la rutina.

La primera vez que me llevaron a ver el río recuerdo que sentí miedo. Las aguas bajaban con fuerza y el caudal había borrado aquel simulacro de carretera que unía la ciudad con la Vega de Allá por el camino de la playa. Había un sentimiento común en todos los que nos reuníamos delante del río: la impotencia ante la fuerza de la naturaleza, la sensación de vulnerabilidad cada vez que una borrasca nos dejaba medio incomunicados y en los barrios más humildes había familias que se quedaban sin sus casas.

En nuestro inventario infantil, la boca del río era un sitio tan lejano que no teníamos muy claro si existía de verdad o formaba parte de una de aquellas historias de miedo que nos contaban nuestras madres cuando nos negábamos a comer. La boca del río nos sonaba tan remota como las islas que veíamos en las películas de piratas, y como ellas, en nuestra imaginación se representaba como un escenario poco recomendable. Decir que alguien había ido hasta la boca del río era como si hubiera hecho un viaje, hasta que un día descubrimos que aquel confín estaba tan cerca como la playa donde íbamos a bañarnos en el agua caliente.

Pasábamos la Central Térmica y allí aparecía la desembocadura con toda su grandeza de jungla urbana, aguardando la llegada de una nueva riada para renovarse y alejarse un poco más de la ciudad. La desembocadura tenía entonces dos caras muy distintas. En los periodos de larga sequía el cauce se alborotaba con los escombros de las obras y con los restos de los muebles viejos que la gente tiraba, o con los camiones que iban a llevarse su arena para las obras.

La boca del río cambiaba de aspecto cuando después de una gran tormenta, un torrente de agua ponía el viejo cauce de bote en bote, llevándose por delante el único camino que existía, el sendero del badén que unía la carretera del Zapillo con la Vega de Allá. Entonces ya se hablaba de la necesidad de levantar un puente sobre el cauce que evitara aquellas desagradables situaciones que nos recordaban lo atrasados que estábamos en Almería.

A comienzos de los años sesenta, la entrada en funcionamiento de la Central Térmica, frente a la playa, sirvió de acicate para que las autoridades solicitaron al Ministerio de Obras Públicas el encauzamiento del río Andarax desde el puente de la Carretera de Níjar hasta su desembocadura para que dejara de inundarse con las tormentas y para que el otro lado de la vega no se quedara aislado por el sur cada vez que cayera un chaparrón.

Fue entonces cuando se planteó la urgencia de construir ese puente que prolongara de verdad la carretera hacia el Cabo de Gata por la costa, salvando el temido badén de la boca del río. La necesidad se hizo imperiosa a finales de los años sesenta cuando se acabó de construir la barriada turística de Costacabana, que pretendía convertirse en una urbanización de descanso, el lugar perfecto para los inversores extranjeros.

Pero la boca del río siguió siendo durante largos años aquel escenario perdido y caótico donde íbamos a tirar las cosas inservibles, el lugar privilegiado para ver la fuerza bruta de las riadas, la otra punta de nuestro pequeño mundo donde un día instalaron uno de los repetidores de televisión. En abril de 1976, la prensa nos contaba cómo había reaccionado la ciudad después de una gran tormenta: “Sobre las seis y media de la tarde la desembocadura acusó gran cantidad de agua, que ocupaba casi todo el caudal, arrastrando barros y cascotes”. El problema seguía formando parte de nuestra vida cotidiana y así se mantuvo dos décadas más. En julio de 1986, La Voz de Almería relataba otra jornada de lluvia intensa destacando que “la carretera de Costacabana quedó cortada en la desembocadura del río, donde la gente se había concentrado en ambas orillas para ver el espectáculo de la venida del agua”.

Por aquel tiempo hubo un intento de llevarse a aquel lugar los molestos depósitos de combustible de Campsa, que instalados en la Avenida de Monserrat constituían una seria amenaza para una ciudad que crecía de forma imparable hacia levante. Una vez descartada esta posibilidad, las autoridades se volcaron para levantar el tan necesario puente que no convirtiera en una aventura el camino hacia el Campus Universitario cada vez que lloviera. Por fin, en septiembre de 1991 comenzaron las obras, que se culminaron un año después.

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