La Voz de Almeria

Tal como éramos

El Talgo viejo que nos mandaron

El 28 de septiembre de 1980 llegó a Almería el primer tren Talgo y lo hizo con cerca de una hora de retraso

El primer tren Talgo que llegó a Almería para sustituir a los trenes TER que venían funcionando hasta entonces. 28 de septiembre de 1980.

El primer tren Talgo que llegó a Almería para sustituir a los trenes TER que venían funcionando hasta entonces. 28 de septiembre de 1980.

Eduardo de Vicente
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Ahora que llevamos años hablando del AVE, quejándonos de su tardanza, lamentándonos de nuestra desgracia de ser siempre los últimos en el contexto nacional, uno se acuerda de lo que supuso hace más de cuarenta años otro adelanto por el que suspirábamos los almerienses: la llegada del Talgo.

Los que fuimos niños en los años setenta nos acabamos acostumbrando a nuestro humilde y querido Ter (Trenes rápidos españoles de Renfe), aquel automotor que nos llevaba a Granada, que de rápido tenía poco, pero que nos gustaba mucho a los niños porque tenía ciertas semejanzas con aquellos trenes que veíamos en las películas crepusculares del Oeste, cuando el ferrocarril empezó a cambiar la vida de los agricultores y de los ganaderos americanos.

Aquel Ter que nunca tenía prisas, aquel convoy que solía llegar tarde y que se hacía insoportable cuando tenía que hacer transbordo en la provincia de Granada. La primera vez que tuve conciencia de lo que era el frío fue en la estación de Moreda esperando un nuevo tren en medio de un paisaje siberiano.

En los años setenta, tal y como ha ocurrido en las últimas décadas con el asunto del AVE, la sociedad almeriense pedía más atención por parte de las autoridades en el tema de transportes porque seguíamos llevando el farolillo rojo en el pelotón de provincias atrasadas. En aquella época, nuestra gran aspiración era que Renfe jubilara de una vez los automotores de diesel que fueron un adelanto en los años sesenta, pero que casi veinte años después ya se habían quedado atrasados al lado de los trenes Talgo que funcionaban en las ciudades importantes y menos importantes del país.

Queríamos un Talgo que nos uniera con Madrid, uno de aquellos trenes que según contaba la prensa nos iba a permitir reducir el tiempo con la capital de España en media hora. Fueron años de reivindicaciones baldías, hasta que por fin, en 1980, los periódicos nos trajeron la noticia de que esta vez iba en serio, que el Gobierno había dado el visto bueno para que el ansiado Talgo llegara también a la que en aquella época era la estación más remota del panorama nacional. Sí, nuestra querida Almería y nuestra atrasada provincia, tan mal comunicada como lo había estado siempre, tan escondida en ese rincón del mapa que nos llevaba a pensar que éramos el culo del mundo.

1980 fue el año de la espera, hasta que se anunció a bombo y platillo que para finales de septiembre llegaría a nuestra fabulosa estación nuestro primer Talgo de la historia. El día elegido fue el domingo día 28, quizá para facilitar que los curiosos se dieran cita en los andenes para presenciar en directo tan magno acontecimiento. Antes de las nueve de la noche ya estaba llena la estación, con casi toda la flota de taxis de la ciudad esperando en la puerta. Había que llegar un rato antes porque el Talgo corría mucho y no era descartable que se adelantara al horario previsto.

La realidad fue distinta. Se esperaba la llegada del tren a las nueve y media de la noche, pero ni rastro del tren ni del pito. La gente empezaba a impacientarse quince minutos después y a ponerse nerviosa cuando el retraso pasaba de la media hora. Por fin, cincuenta minutos después del horario previsto, hizo su entrada triunfal en la estación el primer Talgo que pisaba nuestras vías, que venía de Madrid y de haber hecho escala en Granada.

La decepción fue doble, ya que además de la espera, los almerienses se encontraron con un tren compuesto por veteranas unidades que no se parecían en nada a la moderna versión que circulaba por otras ciudades de España. Ya teníamos Talgo, pero el nuestro era residual, el de los vagones y la máquina que se habían quedado viejos en otros lugares de mayor importancia y que los mandaban a Almería como una limosna que Renfe nos ponía en las manos para que los almerienses dejáramos de quejarnos y de decir que nos tenían olvidados.

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