La plaza del urinario y de Correos
El evacuatorio subterráneo llegó al lugar en 1916, dos años que las oficinas de Correos

En los años 30 los niños de Almería se retrataban en el caballo de cartón del fotógrafo ambulante en la plaza frente al edificio de Correos.
La que fue Plaza del Educador y hoy está dedicada a Juan Cassinello, la que los adolescentes de los años setenta bautizaron como la Plaza de la Leche, fue un escenario principal en la ciudad a lo largo de décadas por estar situada en el corazón del Paseo.
Allí íbamos los jóvenes a sentarnos en un banco y a comernos las pipas calientes que comprábamos en el kiosco de enfrente cuando el presupuesto de los fines de semana no nos daba para muchos más. Allí iban los almerienses cuando en 1916 el ayuntamiento perforó el suelo para poner en marcha el primer evacuatorio subterráneo que tuvo la ciudad, que en aquel tiempo se consideraba como una obra de extrema necesidad para luchar contra la suciedad que arrastraban las calles por culpa sobre todo de las meadas.
Fue marzo de 1916 cuando se aprobó la construcción del urinario entre la calle del Conde Ofalia y el Paseo, frente a al fachada principal del Colegio de Jesús. El arquitecto municipal, Enrique López Rull, elaboró un informe en el que hablaba de la necesidad de suprimir las casetas antiguas por unas instalaciones subterráneas modernas, “similares a las que ya funcionan en otros lugares como en la Puerta del Sol de Madrid”.
El proyecto contemplaba la construcción de varios departamentos, tanto de pago como gratuitos para ambos sexos. La entrada pasaría desapercibida con la creación a su alrededor de jardines y una caseta a modo de habitación para el guardián de las instalaciones.
El proyecto definitivo que se aprobó fue el de un evacuatorio de cinco metros de longitud por cuatro de anchura, con un retrete reservado de pago, otro público, nueve urinarios y un lavabo. También se contempló el mencionado departamento para la persona encargada de la custodia y de la limpieza. Como entrada se proyectó una rampa de ocho metros de longitud que al final no llegó a ejecutarse, siendo sustituida por una escalinata.
Las obras, que se adjudicaron en subasta al contratista Juan Moya Sánchez, comenzaron el dos de mayo de 1916 y se prolongaron durante diez semanas. El 23 de septiembre se emitió el siguiente acta sobre el nuevo urinario público, firmado por el alcalde Francisco Pérez Cordero: “Personados en la plazuela del Conde de Ofalia al objeto de hacer la recepción definitiva de las obras de retretes y urinarios subterráneos en dicha plazuela en su confluencia con el Paseo del Príncipe”.
El evacuatorio llegó antes a la plaza que las oficinas de Correos que se instalaron enfrente dos años después, en el edificio del antiguo Colegio de Jesús. La presencia de Correos dinamizó aquel escenario que acabaría convirtiéndose en un foco esencial de la vida social y cultural de los almerienses cuando en los años treinta levantaron en la plaza, con vistas al paseo, el bautizado como kiosco de la música. Su historia comenzó en 1935 cuando el ayuntamiento acordó que la ciudad necesitaba tener un recinto apropiado en el centro para los conciertos de la Banda municipal. Los trabajos para la construcción del kiosco de la música se iniciaron ese mismo verano con el fin de que pudiera estar dispuesto para la feria, pero unas semanas después, en septiembre, ya estaban paralizados “por dificultades de índole económica”. Las obras se reiniciaban y cuando se terminaba el dinero volvían a detenerse. Hubo que esperar al verano siguiente, al de 1936, para que la banda pudiera actuar por fin en aquel templete del Paseo.
El kiosco no estaba terminado completamente, pero al menos ya ofrecía las mínimas condiciones para que los músicos pudieran hacer su trabajo sin riesgo a que la obra se viniera abajo. “La sensación que da el kiosco es de obra inacabada”, decía la prensa más crítica, que pedía la construcción de una baranda para evitar que alguien cayera al suelo desde las alturas.
La Guerra Civil acabó de truncar las esperanzas del kiosco de la música, que se quedó varado a un lado del Paseo, con esa impresión de provisionalidad que ofrecía su obra inacabada. En la posguerra se adecentó y volvió a ser utilizado para los conciertos y desde finales de los cincuenta sirvió también para la celebración de otros actos culturales como la colocación de belenes por Navidad y la instalación de un Rey Mago para que los niños pudieran entregarle sus cartas y de paso echarse una fotografía con el enviado de Oriente.