La Voz de Almeria

Tal como éramos

El hombre que arregló los templos

El maestro García López trabajó en la reconstrucción de las iglesias después de la guerra

El maestro García López tomando el sol entre la puerta de la iglesia de Las Puras y el antiguo colegio Diocesano.

El maestro García López tomando el sol entre la puerta de la iglesia de Las Puras y el antiguo colegio Diocesano.

Eduardo de Vicente
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En las mañanas de invierno le gustaba sacar una silla y colocarse en ese rincón entre la puerta de la iglesia de Las Puras y la fachada del colegio Diocesano donde el sol tardaba más tiempo en retirarse. Entonces era costumbre que los viejos salieran a tomar el sol un rato todos los días, con cuidado para no ponerse en una corriente de aire que pudiera terminar en una pulmonía.

Cuando tuvo que jubilarse porque la edad ya no le permitía mantener la misma actividad que había tenido durante setenta años, Antonio García López se refugiaba en el local frente a la iglesia que le había servido de almacén y sentarse un rato delante de la puerta del templo donde siempre se paraba algún amigo que le regalaba un instante de conversación. Huía de la soledad del anciano, de ese maldito retiro forzoso al que nunca supo adaptarse. Había trabajado tanto que no sabía qué hacer con el tiempo libre. Por las tardes, después de comer, se subía a la azotea de su casa de la calle Campoamor a conversar con los pájaros, a darle de comer a las palomas o a jugar con los niños de la familia que venían a verlo. Los niños eran también su refugio, con ellos rescataba un trozo de su infancia desfilando como los soldados del cuartel con las escobas al hombro.

Su casa fue de las primeras que tuvo televisión en el barrio, pero él no supo adaptarse, no era un hombre de sillón y televisor, por lo que siempre acababa durmiéndose viendo el Telediario. Contaba que solía soñar con qué volvían a llamarlo para hacer una obra, que recuperaba aquel equipo de trabajadores que él dirigió durante tantos años y regresaba al tajo.

Su vida había sido el trabajo desde niño y no tuvo descanso ni en los días de la guerra civil. La ciudad está llena de proyectos ejecutados por las manos sabias del maestro de obras don Antonio García López, célebre en todos los rincones de Almería por su eficacia y por su exquisita forma de trabajar. Atrás quedaba una extensa carrera laboral en la que dejó su estela de artista en muchos edificios importantes, sobre todo relacionados con la Iglesia, a la que estuvo ligado profesionalmente durante toda su vida y también en el ámbito sentimental, ya que su hijo Antonio acabó haciéndose sacerdote.

En los años veinte, don Antonio García López fue el encargado de las obras del nuevo salón de aparatos que se levantó en el edificio de la Estación Sismológica. Trabajó por esa época en el antiguo Seminario de la Plaza de la Catedral, donde construyó tres pabellones, y en el piso alto correspondiente a la clausura de las monjas, dentro del edificio de las Hermanitas de los Pobres.

A lo largo de su vida fueron numerosas sus intervenciones en el edificio de la Catedral, donde acudía cada vez que había que reparar algún desperfecto, o cuando las goteras, después de una semana de lluvias, calaban en los techos interiores. Fue el encargado de la fijación de la cruz y la veleta de la torre y de las obras de la balaustrada del claustro. En el convento de las Adoratrices, bajo los planos trazados por el arquitecto Enrique López Rull, ejecutó las obras de puro estilo gótico de la capilla, culminando uno de los trabajos que más satisfecho lo dejaron a lo largo de su extensa carrera.

El maestro Antonio García López fue el elegido por el empresario almeriense Miguel Naveros para realizar los trabajos del balneario de San Miguel, cuyo edificio destacó en primera línea de playa por la belleza de sus formas. La obra fue muy costosa debido al mal estado del camino que comunicaba el centro de la ciudad con el barrio de las Almadrabillas y el balneario. Los carros con el material y con los obreros tenían que detenerse frecuentemente para allanar el terreno y para cubrir con tierra los charcos, que parecían lagunas después de la lluvia.

Su labor no conoció límites, ni siquiera en los años de la guerra civil. Como nunca se había metido en política ni se comprometió con ningún bando, como no había tenido otra vocación que trabajar, no le faltó la faena en aquel tiempo, como tampoco durante la posguerra.

Al terminar los tiros su actividad fue intensa, participando en la mayoría de las obras de reconstrucción de los templos, especialmente las que se realizaron dentro de la Catedral, un recinto que había sido utilizado como almacén de víveres durante tres años. Participó también en el arreglo de la iglesia de San Sebastián, en las obras del templo de Santo Domingo, mano a mano con el padre Ballarín, y en la rehabilitación de la capilla del Manicomio en el barrio de Los Molinos de Viento.

Después de una vida de intenso trabajo, donde nunca supo lo que eran unas vacaciones, el maestro de obras de la calle de Campoamor se retiró en su refugio familiar a esperar en paz a que le llegara la hora de rendirle cuentas al Altísimo. Su casa fue un lugar de referencia en el barrio, por la belleza de sus formas, donde se dejaba ver la mano del maestro, y porque fue la primera donde llegaban los adelantos que traían los nuevos tiempos: el primer frigorífico, el primer aparato de radio moderno, y la primera televisión donde los vecinos iban a disfrutar de las andanzas del Virginiano y echar un rato de conversación con el maestro.

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