La Voz de Almeria

Tal como éramos

La calle del Obispo: el otro Paseo

En Obispo Orberá estuvo la Comisaría de Vigilancia, la Casa de Socorro y el Gobierno civil

Los cocheros tuvieron su parada en la calle Obispo Orberá y no los movían de allí ni la procesión de la Borriquita.

Los cocheros tuvieron su parada en la calle Obispo Orberá y no los movían de allí ni la procesión de la Borriquita.

Eduardo de Vicente
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Cuando la calle Obispo Orberá era prima hermana del Paseo, las mañanas eran frenéticas, como si la vida vertiginosa que generaba el Mercado Central se desplegara por toda la avenida contagiándola de un bullicio que en los días de Navidad se hacía insoportable.

Cuando la calle dedicada al Obispo era como un segundo Paseo los cocheros tenían allí su reino de taifas que desde la esquina de la Puerta de Purchena se extendía a lo largo de la fachada de cuatro edificios. Cualquiera les quitaba el sitio a aquellos aurigas de la subsistencia que nunca descansaban, que no sabían lo que era unas vacaciones ni un domingo. Su parada era sagrada y no concedían excepciones, de allí no se quitaban ni aunque pasara por delante Jesucristo, que lo hacía una vez al año con la procesión de la Borriquita. Ni los niños hebreos ni la figura del Todopoderoso ni el gentío que se agolpaba en la calle eran argumentos suficientes para que los cocheros dejaran libre el hueco de su parada.

En los años de la posguerra llegaron a convivir en la calle Obispo Orberá edificios públicos importantes. Entre el teatro Apolo y el colegio de la Compañía de María destacaba la Comisaría de Vigilancia. También ocupó un lugar preferente la Casa de Socorro, que en los primeros años de la posguerra estuvo situada en la misma calle, donde permaneció hasta en 1950, cuando el Ayuntamiento adquirió un espléndido edificio en la calle Alcalde Muñoz. En Obispo Orberá estuvo la sede de la ONCE, la fábrica de hielo de Pastor que después fue la sede de la Plaza del Pescado y el edificio del Gobierno Civil que se prolongaba hacia abajo por la calle de Javier Sanz.

La calle del Obispo tenía dos vidas: la comercial del primer tramo y la escolar que generaba la presencia de la Compañía de María. La vida comercial empezaba con los cocheros y con los charlatanes que rondaban por esa acera buscando su oportunidad. El charlatán era un personaje de mundo que llevaba el coche cargado de grandes inventos que no servían para nada: el asombroso bolígrafo-pluma que terminaba por derramar su tinta en el bolsillo de la chaqueta del primer ingenuo que lo compraba; el juego de cuchillos inoxidables que se resfriaban antes de sacarlos del cajón; las pulseras bañadas en oro del Perú que del viaje se habían quedado marchitas... El “Charlatán” tenía el don de la palabra para convertir la cosa más inútil que usted pudiera imaginar en un elemento imprescindible. “Esta oportunidad pasa una vez en la vida, no la dejen escapar”, decía.

El charlatán vivía de su voz y de su estampa, porque la imagen también vendía y aunque muchos supieran de antemano que aquel negociante los podía engañar, era fácil dejarse llevar escuchando la fluidez de sus frases y su estampa impecable de caballero que en cada intento de venta te prometía por su honor que su producto era inmejorable. Los niños íbamos a ver al charlatán con la misma ilusión que íbamos al circo cuando llegaba la Feria. Nos abríamos paso entre la gente para colocarnos en primera fila y disfrutar del alarde verbal de aquel artista de lengua imparable que estaba dispuesto a vender su propia sombra si alguien estaba dispuesto a comprarla. A los niños nos gustaban tanto los charlatanes como los trileros que en esa misma acera desvalijaban a los catetos “sin trampa ni cartón”.

Los cocheros reinaban en la esquina, conviviendo con otros negocios que ya estaban en la zona como el célebre kiosco de Palenzuela, donde vendían los frutos secos, y el kiosco de relojes de Pamar, donde también vendían plumas estilográficas y bolígrafos. Junto a los templetes estaban los comercios de toda la vida que ocupaban los pisos bajos de las viviendas. En esa acera de los cocheros estaban instalados negocios como los tejidos de la familia Robles, la casa de comidas donde paraban a almorzar la gente que venía de los pueblos, la bodega Aranda, y la alpargatería y la tienda de ultramarinos de Blanes.

En la acera de enfrente, al pasar al restaurante Imperial, estaba el gran almacén de Alemán, donde vendían los mejores aceites de oliva y las alubias más finas que venían a la ciudad. Más abajo estaba la pensión ‘El Sur de España’, de la familia Usero; la Casa Ortega, fundada por Antonio Campos Ortega en 1941, célebre por sus vinos de la Mancha y de Albuñol; los Muebles Rambla; la tintorería Iris, de Gabriel Rodríguez Andújar y la Bodega León, que derramaba el olor a vino por toda la avenida.

La calle Obispo Orberá contaba también con otros mercaderes, los vendedores ambulantes que rondaban entre la Plaza de San Sebastián y la puerta del Teatro Apolo. Unos iban a pie con su cargamento de relojes, de tabaco, escondido bajo las chaquetas y los abrigos, y otros ejercían el oficio en aquellos carritos pobres y destartalados con los que realizaban un comercio de subsistencia que en muchos casos ocultaba el estraperlo.

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