¿Qué tenían los bocadillos de los Díaz?
La caseta de los bocatas de morcilla se convirtió en un símbolo de los años setenta

El fotógrafo ambulante se colocaba en la caseta de los Díaz porque sabía que allí estaba el negocio.
Paco Pérez, el fotógrafo del barrio de la Chanca, se echaba los bártulos al hombro y cuando empezaba a anochecer cogía el camino del Parque que le llevaba siempre al mismo destino: la caseta de los Díaz. Allí instalaba su negocio, sabiendo que aquel lugar era un templo por el que más tarde o más temprano pasaba toda Almería.
Teníamos la sensación entonces de que si no ibas a la caseta de los Díaz era como si no hubieras vivido intensamente la Feria. ¿Qué tenía aquel negocio que tanto nos cautivaba? No se puede decir que los Díaz despacharan el mejor pan del mundo ni que sus embutidos fueran un prodigio incomparable, ni tampoco que su vino y su cerveza fueran los mejores del condado. El secreto estaba en todo eso sí, y en algo más que nadie supo nunca lo que fue y que era lo que realmente importaba.
Éramos hijos del hambre porque nuestros padres habían vivido la posguerra y nos habían educado en la cultura de no tirar nada y valorar un cacho de pan como si fuera un trozo del cuerpo de Cristo. Éramos hijos del humilde bocadillo que devorábamos con prisas en la merienda antes de salir a jugar a la calle después de la escuela. Éramos hijos, en muchos casos, de familias numerosas, repletas de tías y tíos, de primas y primos, que acabábamos juntándonos en la caseta de los Díaz cada vez que íbamos a la Feria. Allí llegábamos con el hambre y la sed a flor de piel después de haber estado toda la noche caminando por el recinto. Cuando nos cansábamos de dar vueltas por la feria, de tantas horas de pie mirando las atracciones y buscando el premio gordo de la tómbola, siempre nos quedaba como último refugio de la noche la caseta de los Díaz y aquel muro de piedra del Parque donde nos sentábamos mientras disfrutábamos de algo tan simple como un bocadillo de morcilla o de salchichas y un botellín de cerveza.
Quizá era el perfume de la morcilla caliente que te atraía como una novia, o los precios sin competencia que ofrecían al tratarse de productos elaborados en su propia factoría o tal vez en aquel lugar estratégico en el que se instalaron, en la plazoleta próxima al Parque Infantil, rodeada de un muro de piedra en el que nos sentábamos a disfrutar de la cena como si fuéramos excursionistas.
El producto estrella era la morcilla, pero también las salchichas de Frankfurt magistralmente elaboradas con la receta del ‘salchichero’ ambulante de la feria. Bocadillos de morcilla y de salchichas de Frankfurt recién hechas a un precio de fábrica para un público que llegaba a la caseta con hambre de tres días después de toda una noche dando vueltas.
Todo el mundo pasaba antes o después por la caseta de los Díaz. Era un santuario en medio de la Feria donde se veneraban los bocadillos de salchichas y de morcilla con botellín de cerveza o vaso de vino de Laujar al precio de diez pesetas. En aquellos bocadillos rápidos estaba todo el perfume de las ferias de los años setenta, cuando nuestras noches de fiesta se resumían en el bocata de morcilla caliente que nos comíamos en familia sentados en un banco o en los mismos muros del Parque.
En aquellos tiempos la feria se andaba y se miraba y no hacía falta ir con las alforjas cargadas de dinero porque todavía manteníamos la costumbre heredada de nuestros padres de gastar poco y observar mucho. Más que a consumir, a la feria se iba a mirar, por lo que eran noches de largas y lentas caminatas, llenas de parones, de plantones frente a una atracción o junto al mostrador de una tómbola. Cuando el cansancio se mezclaba con los rumores de un estómago vacío, era el momento de irse a los Díaz y rematar la jornada.
Hasta la gente que venía de Granada y de Jaén, visitantes habituales de nuestras fiestas, preguntaban por la caseta de los Díaz. En los años de mayor esplendor la caseta llegó a tener un equipo de más de cuarenta empleados trabajando hasta la madrugada. Había noches en las que tenían que ir en busca de Juan Díaz, el panadero de Huércal, porque se terminaban las provisiones, y otras en las que por la imposibilidad de poder tener más pan había que cerrar el puesto antes de tiempo.
El récord de ventas fueron catorce mil bocadillos en una sola noche. Los sábados de feria eran los días de mayor actividad, cuando no se paraba de trabajar hasta que alguno de los empleados tenía que salir a la taquilla y colgar el cartel de cerrado por falta de género ante la decepción general de la hinchada que sin su bocata en el cuerpo se marchaba de la Feria con una extraña sensación de derrota.