La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los circos que venían en la Feria

Los circos de Feria eran más rentables que los circos que venían fuera de temporada

En mayo del 68 vino a la Rambla el Berlín Circus sin demasido éxito de público.

En mayo del 68 vino a la Rambla el Berlín Circus sin demasido éxito de público.

Eduardo de Vicente
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Los circos eran de verdad, algunos más pobres que otros, pero todos traían sus jaulas con fieras que eran la gran atracción del público. Cuando la Feria se instalaba en el puerto y sus alrededores, los niños bajaban de todos los barrios aunque solo fuera para poder ver a los leones como almorzaban o como se echaban la siesta rodeados de moscas.

Entonces los circos podían trabajar con animales salvajes, que en algunos casos eran fieras venidas a menos, leones o tigres que estaban en edad de jubilación y que solo asustaban a los niños inocentes que los miraban con ojos de miedo y de admiración.

Los circos que venían en Feria eran más rentables que los que aparecían por la ciudad fuera de temporada. En agosto venían grandes espectáculos y casi todos traían a sus mejores artistas cuando iban recorriendo España de una esquina a otra. La presencia de los mejores y el contexto de la Feria aseguraban buenos taquillajes, al contrario de lo que ocurría cuando el circo aparecía en invierno, cuando las recaudaciones apenas daban para sobrevivir.

En los años de la posguerra, cuando la presencia de un circo era un acontecimiento extraordinario, los espectáculos se montaban en distintos escenarios. A veces la carpa se colocaba dentro de las instalaciones del Tiro Nacional, en la Avenida de la Estación, otras veces acampaba en la misma Rambla sin tener en cuenta el peligro, o en la explanada frente al Parque, o en la Avenida de Vílches o en la Plaza de Pavía antes de que pusieran el mercado con las barracas estables.

En aquellos años hubo dos nombres propios: el Price y el Americano, aunque los primeros circos que pudieron ver los niños almerienses de posguerra fueron el Circo Stadio, que en 1940 llegó al Andén de Costa , y el Gran Circo Cortés, que unos meses después se instaló junto a la Rambla. Eran compañías humildes que traían como máxima atracción la fuerza de sus fieras. Como no tenían recursos para costear la comida diaria de los animales, se nutrían de los gatos callejeros que los niños le llevaban a escondidas porque el trapicheo con los felinos era una actividad legalmente prohibida. Siempre se dijo que cuando aparecía un circo por Almería la ciudad se quedaba sin gatos durante un par de semanas.

En aquellos años de tanta pobreza eran más los muchachos que se agolpaban junto a la verja del circo que los que podían entrar a presenciar el espectáculo; se conformaban con quedarse fuera y desde la distancia escuchar la música de la orquesta y la voz llena de emociones del locutor de sala anunciando las hazañas de los trapecistas y la peligrosidad de los leones. A veces, los municipales tenían que poner orden y evitar que los más atrevidos intentaran saltarse la seguridad para colarse.

En el verano de 1944 apareció por Almería el circo de La Alegría, que montó su carpa junto al Parque. Allí se dieron a conocer al gran público los jóvenes Gaby y Fofó, que empezaban a dar los primeros pasos como payasos. Un año después, en mayo de 1945, los populares cómicos volvieron a actuar otra vez ante el público almeriense, pero esta vez en la compañía del Circo Price de Madrid y reforzados ya con Miliki. Se instaló en un descampado entre la Plaza de Santa Rita y Alcalde Muñoz. Unos días antes de llegar, la empresa del Price colocó un anuncio en la prensa en el que decía: “Se precisan hospedajes para 125 personas. Se compran caballerías vivas, rechazamos perros y gatos para la alimentación de las fieras”.

Los leones del Price comían a base de caballos bien alimentados cuya buena salud había que acreditar con el certificado del veterinario. De aquellos tiempos se contaba el chascarrillo del latero que se presentó en el circo a vender su burra famélica y que era tanto el apetito del pobre animal que fue la mula la que acabó comiéndose a los leones.

Recuerdo cuando los niños de barrio nos revolucionábamos el día en el que veíamos aparecer las caravanas con las jaulas de los leones cubiertas de moscas y los payasos que como heraldos de la comitiva iban anunciando el mayor espectáculo del mundo. Estábamos acostumbrados a los circos que venían en la Feria, que instalados en medio de toda aquella tramoya de casetas y atracciones llamaban menos la atención. Sin embargo, los circos que venían fuera de temporada, los circos inesperados que aparecían en invierno con sus fieras venidas a menos y sus payasos a punto de jubilarse, eran para los niños de entonces un acontecimiento extraordinario que durante unas semanas nos cambiaba el paso y nos alteraba la rutina de nuestro universo callejero.

Los niños de mi generación jugábamos a colarnos en los circos que venían al solar del antiguo Hogar en la calle de Pedro Jover. Había que esquivar la vigilancia de los centinelas y encontrar un hueco bajo el toldo para poder penetrar en el recinto.

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