La Voz de Almeria

Tal como éramos

El salto del lavadero a las lavadoras

La llegada a las casas de las lavadoras eléctricas acabó con la tradición de los lavaderos públicos de pueblos y barrios

Lavadero público en la acequia de Ohanes, donde las mujeres se reunían para lavar y para contarse sus vidas.

Lavadero público en la acequia de Ohanes, donde las mujeres se reunían para lavar y para contarse sus vidas.

Eduardo de Vicente
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A la acequia de Ohanes acudían las mujeres con los cubos llenos de ropa y un hatillo de historias en los bolsillos. Aquel lugar, a la sombra de los árboles, situado a las afueras del pueblo, era el gineceo oficial, el refugio de todas aquellas madres para las que la tarea de lavar se convertía en una ilusión compartida.

En un tiempo en el que las mujeres únicamente iban solas a misa y al mercado, las pilas del lavadero eran ese templo al aire libre donde se desahogaban un par de días a la semana contándose sus alegrías y sus miedos, sus batallas perdidas y sus pequeñas esperanzas. Allí dejaban la ropa brillante de tanto frotarla contra la piedra, allí echaban a volar a los hijos pequeños mientras ellas repasaban sus vidas y las vidas del pueblo y las vidas de la comarca, hasta que el último rayo de sol se escondía detrás del horizonte anunciando la noche.

Los lavaderos públicos fueron un lugar sagrado hasta que en los años sesenta el agua empezó a llegar a casi todas las casas y hasta que poco después el progreso de las familias permitió el reinado de las lavadoras. En Almería los lavaderos estuvieron funcionando en los barrios más humildes. En el Barrio Alto, pegados a la calle Real que era la gran avenida del distrito, aparecían los pilones, un lugar bucólico con árboles y vegetación y un recinto para que las mujeres pudieran hacer la colada.

En la Chanca fueron célebres los lavaderos de la Huerta de la Salud y el que existía en la Huerta de Cadenas, donde destacaba su hermoso lavadero de cuatro pilones con una balsa para los desagües, que era tan antiguo como el lugar. A comienzos del siglo pasado llegaron a convivir en la misma rambla del barrio cuatro lavaderos: dos en la conocida como Huerta de Bover, uno de la Huerta de la Salud, y el lavadero de la Huerta de Cadenas, donde hasta hace medio siglo iban las mujeres de La Chanca a lavar la ropa. En tiempos de epidemias, los lavaderos eran clausurados por temor a que las aguas estancadas fueron un foco de contagio.

Cuando la gente no tenía agua en sus casas, cuando el váter era un escondrijo entre chumberas, las huertas ofrecían sus balsas y sus lavaderos para que en medio de la escasez destacara la blancura de la ropa recién lavada como bandera de una pobreza digna e irrefutable. Al lavadero de la Huerta de Cadenas y al lavadero de la Salud iban en procesión las mujeres del barrio, cargadas con sus cubos llenos de ropa, seguidas de una cuadrilla de chiquillos que se quitaban los churretes en las balsas y después se tendían en los muros para secarse, como lagartijas al sol.

Aquel universo femenino de acequias, pilas y ropa limpia se fue terminando cuando el agua llegó a todas las casas y las familias fueron progresando y pudieron tener aquel sensacional invento de la lavadora eléctrica. “La lavadora Telefunken trabaja para usted, señora”, decía el anuncio de cartón que pusieron en el escaparate de Bazar Almería allá por 1954. La publicidad, dirigida a las mujeres, les hablaba de un aparato que les iba a dar la felicidad porque les iba a regalar a las amas de casa ese tesoro que era el tiempo libre que no tenían.

Las primeras lavadoras que se vieron en Almería fueron en la tienda de Bazar Almería y en el concesionario de Ford que dirigía el empresario José María Artero en la calle Navarro Rodrigo. Él fue el que trajo la marca Otsein, una de las más populares, una de las que se instalaron en los patios de las casas sustituyendo a las viejas pilas de piedra donde nuestras madres se dejaban las manos frotando la ropa.

En los primeros años, tener una lavadora eléctrica era un lujo exclusivo de las clases pudientes, pero en los años sesenta cuando las familias se fueron incorporando a la clase media, tener una lavadora fue una necesidad. La gente ahorraba para poder pagarla aunque fuera a plazos. Las lavadoras se vendían de boca en boca. Detrás de aquella vecina de tu calle que se la compraba venía otra que soñaba con tener ese pequeño milagro que le iba a hacer más agradable la vida.

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