La Voz de Almeria

Tal como éramos

El arbitraje en tiempos de Ferrete

Los colegiados de la posguerra llevaban una coraza invisible forjada en la valentía y también en una buena dosis de locura

Septiembre de 1947. Amistoso entre Almería y Granada con Ferrete, Juan Bonillo y Pomares formando el trío arbitral. El partido se jugó en el estadio de la Falange.

Septiembre de 1947. Amistoso entre Almería y Granada con Ferrete, Juan Bonillo y Pomares formando el trío arbitral. El partido se jugó en el estadio de la Falange.La Voz

Eduardo de Vicente
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Había que tener mucha afición para salir a pitar en esos campos de Dios donde el público te echaba el aliento encima, donde el árbitro y sus ayudantes eran siempre sospechosos, donde a la primera falta que señalaba en contra del equipo de casa se convertía en el gran enemigo, en el malo de la película que no tenía otra cosa que hacer que amargarle la tarde a los sufridos hinchas locales.

Los colegiados de la posguerra llevaban una coraza invisible encima, forjada en la valentía y también en una buena dosis de locura, porque había que estar un poco loco para dejarse llevar por la pasión, meterse un domingo con el coche por las infames carreteras de aquellos tiempos y jugarse el tipo en pueblos donde la pareja de guardias civiles animaba más a su equipo que los propios aficionados que estaban en las gradas.

En aquel fútbol de choque de la posguerra destacó el árbitro almeriense Vicente Ferrete, que era el más alto de los que salían al campo y también el más valiente. Pudo haber sido jugador de baloncesto porque tenía estilo y casi dos metros de altura, pero eligió el fútbol y a él se entrego apasionadamente compaginándolo con los oficios que le dieron de comer: primero como fabricante de tejas y después como constructor.

En 1945 ya dirigía partidos de Tercera Regional por todos los campos de la provincia hasta que en 1953 consiguió, junto a su amigo Emilio Pomares, el ascenso a Tercera División. Pronto, se ganó la fama de árbitro duro al que nunca le temblaba el pulso a la hora de pitar un penalti al equipo de casa o anular un gol por un fuera de juego dudoso. Un domingo, pitando en Elda, casi le ponen precio a su cabeza; fue perseguido por las calles del pueblo hasta que la policía lo puso a salvo. Desde entonces, cada vez que a la animosa afición del Eldense no le gustaba la actuación de un árbitro, fuera el que fuera le gritaban a coro: “Ferrete, Ferrete”, como si se tratara de un insulto.

Los equipos querían que lejos de casa les pitara siempre Ferrete porque nunca se arrugaba. Dotado de una gran personalidad, sabía tratar con respeto a los jugadores y se crecía ante la hostilidad de los aficionados. Cuántas veces tuvo que salir corriendo buscando la caseta o el coche de la fuerza pública, arropado por sus jueces de línea. En los desplazamientos le solía acompañar otro árbitro almeriense muy popular en su época, el colegiado Rafael Usero Valverde, al que tampoco le daban miedo los ambientes cargados y las hinchadas ruidosas. En la temporada 55-56, siendo ya delegado del Colegio de Árbitros de Almería, Ferrete ascendió a Segunda División y se convirtió en uno de los mejores del fútbol nacional. Dirigió más de noventa partidos en esta categoría y no llegó a alcanzar la Primera División porque los años se le habían echado encima. En Segunda División fue donde más disfrutó del arbitraje, aunque también vivió domingos críticos en los que se jugó la cara. Un día de Reyes, en el campo de Vallejo, donde jugaba el Levante, le destrozaron el coche a pedradas, le rajaron las cuatro ruedas a navajazos y hasta el chófer resultó herido. Pudieron regresar a Almería esa misma noche en un ‘Seillas’ que la directiva del Levante puso a su disposición.

Recorrió España de una punta a otra. Viajaban en coche y cuando llegaban a su destino, el club organizador del partido les pagaba el desplazamiento a dos pesetas y cincuenta céntimos el kilómetro.

Compañero de viaje de Ferrete fue el célebre colegiado almeriense Juan Bonillo Pérez, que pasó a la historia por ser el primer presidente del Colegio Provincial de Árbitros de Almería y por ser el dueño del que fue el kiosco más famoso del Paseo. En los primeros años cuarenta, cuando la escasez de papel hizo que un periódico de gran tirada como el deportivo ‘Marca’ tuviera que reducir el número de ejemplares que enviaba a las capitales de provincia, los pocos que llegaban se vendían y se distribuían en el kiosco de Bonillo, donde se formaban colas para conseguir uno.

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