Tu pelota, tu bicicleta, tus tebeos
Nada fue tan valioso como tu primer balón o como la bici en la que aprendiste a pedalear

La bicicleta BH de Manolo Leal el del Quinto Toro fue uno de los regalos que lo marcaron cuando todavía era un niño.
Podrás tener algún día la casa con la que soñaste, la piscina en la que tantas veces nadabas mientras dormías, el coche más rápido y seguro del mercado, pero nada tendrá el valor sentimental que tuvieron aquellos primeros juguetes de la infancia que te marcaron el rumbo cuando estabas empezando, a esa edad en la que eras una esponja y todo lo que te iba ofreciendo la vida se iba grabando al mismo tiempo en tu cerebro y en tu corazón.
Aquel primer balón de cuero que no se lo dejabas a nadie; aquella bicicleta con la que descubriste que para conseguir algo había que sacrificarse y que para pedalear decentemente antes había que caerse varias veces y saber levantarse con dignidad. Aquel reloj de pulsera que un familiar te había regalado el día de tu Primera Comunión para que te pasaras todo el día midiendo el tiempo sin tener conciencia aún de la velocidad en la que se iba fugando. Aquellos patines que te dejaba la niña de tu calle que tanto te gustaba para que te estrellaras una y otra vez contra el suelo y los demás se rieran de tí. Aquel Scalextric que una mañana de Reyes apareció instalado en el suelo del salón de tu casa por el que dejaste de salir a la calle durante un mes hasta que comprendiste que por mucho que te gustaran aquellos coches de carreras, nada se podía comparar con los placeres que la vida te ofrecía en la calle junto a tus amigos. Aquellos tebeos en los que aprendiste a leer de verdad y que formaron parte de tu equipaje para siempre. Aunque acabaras perdiéndolos, aunque se quedaran en el olvido de alguna mudanza o en el precipicio del tiempo, los tebeos de la infancia nunca se olvidan.
Tu primer balón de reglamento era un tesoro tan grande que los primeros días no lo sacabas a la calle para que no se estropeara. Te gustaba tocarlo con las manos, disfrutar del olor del cuero, rozar con los dedos el agujero de la válvula y abrazarlo con esa pasión que solo cabe cuando eres niño. Tener un balón de reglamento era un lujo, por lo que el niño que lo conseguía era venerado como un pequeño Dios en su barrio. Aquellos balones se iban desgastando de tanto uso y para darles vida había que llevarlos al zapatero a que les cosiera las juntas y para que les diera una mano de grasa de caballo.
Tu primera bicicleta podía ser nueva, recién comprada de la tienda o de segunda mano, que era lo más habitual para los que veníamos de familias humildes. Las bicicletas que veíamos en los escaparates solían ser un sueño imposible para muchos niños, que teníamos que conformarnos con heredar la de algún hermano mayor, con la que toda la familia había ido aprendiendo a montar. Para conformarnos, nuestros padres solían recurrir al truco del ‘maquillaje’ para que la bici vieja pareciera más joven: le compraban un sillín nuevo, le limpiaban la cadena con gasolina y le colocaban en el manillar un par de banderines para que se pareciera a una recién comprada.
El día de Reyes siempre había alguna sorpresa, la de un amigo del barrio que aparecía subido en una bicicleta de verdad, en una bici nueva, tan reluciente que los radios te encandilaban al contacto con el sol. El de la bicicleta se convertía en el centro de atracción, en el gran protagonista, y todos los rodeábamos y le hacíamos la pelota para que tuviera el detalle de dejarnos al menos una vuelta.
El de la bicicleta se pasaba varias semanas subido, como si lo hubieran pegado con cola al sillín, y no participaba en los juegos colectivos, como si formara parte de una aristocracia a la que los otros, los niños de infantería, no podíamos acceder. Ni nos dejaba una vuelta ni se bajaba del asiento para jugar al fútbol o a las canicas. Estaba tan ensimismado que acabábamos repitiéndole aquella frase hecha, tan usada entonces, que decía: “Estás con la bici como Geromo con la vaca”, sin que nunca llegáramos a saber quién era Geromo.
En esa lista de regalos que pasaron a formar parte de nuestras emociones, hay un sitio especial que solo le pertenece al primer reloj de pulsera que tuviste. El primer reloj no era un juguete, ni un regalo más del que te olvidabas una semana después. El primer reloj significaba una nueva etapa, un primer paso hacia ese territorio de la adolescencia al que muchos no queríamos llegar.
El primer reloj era un rito de iniciación a una nueva etapa de la vida, el primer punto y aparte de la infancia, una responsabilidad nueva que nos acercaba al mundo de los adultos. Ya no teníamos excusa para llegar tarde al almuerzo. Ya no podíamos utilizar la coartada de que no sabíamos la hora que era. El primer reloj nos ataba a las normas sin darnos cuenta y nos creaba un compromiso tan grande que no podría asegurar si éramos nosotros los que teníamos el reloj o más bien era el reloj el que nos poseía a nosotros.