"Sentí que tenía el deber moral de hacerlo": Luis Palanca, el jugador de rugby de 17 años que persiguió y placó a un ladrón en Almería
El joven recorrió siete calles del centro hasta recuperar unas prendas robadas de una tienda de El Paseo

Luis recibe una metopa de la Policía Local de manos de la intendente principal jefa accidental, Carmen María Martínez, en agradecimiento a su acto.
El hombre viste completamente de negro y camina deprisa. Sale de una tienda de ropa de El Paseo de Almería con varias prendas en las manos, sin bolsa, sin mirar atrás y con una prisa que no encaja con la de un cliente cualquiera. Apenas unos segundos después, una dependienta aparece tras él. Intenta seguirle, le grita, pero pronto comprende que no va a alcanzarlo. La escena dura apenas un instante. Lo suficiente para que un adolescente que pasaba por allí entienda lo que está ocurriendo. No pregunta. No llama a nadie. No se detiene a pensarlo. Corre.
El sospechoso enfila General Ricardos confiado que su fuga a sido fructífera, sin embargo, a sus espaldas, el joven le sigue. Poco le dura el resuello a éste cuando ve que una figura alargada de algo más de metro ochenta se le echa encima. Llegan Gómez Ulla, Padre Luque, Sócrates, Guzmán, Antonio González Egea y, finalmente, la calle Real. Son cerca de cinco minutos de carrera a toda velocidad, un zigzag por el corazón de Almería.
A la altura del pub Porrón, la distancia desaparece. El perseguidor alcanza al fugitivo y lo derriba con un placaje tan limpio como automático. No es un gesto improvisado. Es un movimiento repetido cientos de veces durante años en los campos de rugby. El hombre soltó las camisas y en cuanto se recompuso emprendió de nuevo la huida de nuevo. Esta vez, con las manos vacías.
Me dije: "Yo puedo pillarlo"
Resulta tentador pensar que detrás de una reacción así hay algo extraordinario. Sin embargo, quien salió corriendo aquella mañana no pretendía convertirse en héroe de nada. Con 17 años, podría haber hecho lo mismo que muchos jóvenes de su edad: sacar el teléfono móvil, grabar la escena y compartir el vídeo con sus amigos.
En lugar de eso hizo algo mucho menos frecuente: actuar. "Yo en ningún momento dije: '¿Lo hago?'. Directamente dije: 'Yo puedo pillarlo". Quien habla es Luis Palanca. Con el paso de los días, sentado a escasos metros del lugar donde comenzó la persecución y mientras apura un té helado, reconstruye para LA VOZ, la jornada del 24 de julio, una mañana que todavía le cuesta asimilar.
Buena parte de esa forma de entender las cosas la atribuye a la educación recibida en casa. Hijo de abogado y sanitaria, nieto de policía local y muy unido a su familia, resume esos valores en una enseñanza sencilla que ha escuchado desde pequeño: "Lo primero que me han dicho en casa es que no coja nada que no es mío. Y que tampoco se regala nada".
Quizá por eso salió corriendo aquella mañana, como un acto de fe. "Entendí que esa ropa no era suya y que nadie se la había regalado", reflexiona ahora. Como si, durante unos minutos, hubiera sentido la necesidad de devolver las cosas a su sitio.
La sensación de riesgo tras la adrenalina
Visto con perspectiva, reconoce que el acto de placarlo fue un acto tan impulsivo como arriesgado. La temeridad de lo ocurrido no la comprendió hasta llegar a casa. "Imagina que ese hombre hubiera llevado un destornillador y se gira...", reconoce.
Minutos después de recuperar las prendas y emprender el camino de vuelta hacia la tienda con las camisetas en la mano, fue consciente de que la escena había llamado la atención de quienes se encontraban por la zona. "Había gente comiendo en un restaurante. Vieron al tío correr, me vieron a mí detrás y cuando me vieron con las camisetas se quedaron: 'Joder, lo ha pillado'".
Ni siquiera él había terminado de asimilar lo ocurrido. Por eso, antes de regresar a casa, sacó el teléfono móvil y grabó una prueba para su madre. "Lo primero que hice fue mandarle un vídeo porque sabía que, si se lo contaba y no lo grababa, no me iba a creer".
El flanker de su equipo
Y, sin embargo, durante varios días apenas habló de lo ocurrido. Más allá de su círculo familiar más cercano, la historia permaneció en silencio. Porque detrás de aquella persecución no hay un joven acostumbrado a buscar focos, sino un estudiante de Bachillerato y jugador de la Unión Rugby Almería (URA) que, como cualquier otro chico de 17 años, reparte su tiempo entre los estudios, los amigos, el deporte y los planes de futuro. Entre ellos, uno especialmente definido: estudiar Derecho en la universidad.
Luis empezó a jugar con apenas cuatro años de la mano de su tío Miguel Palanca, una de las personas más vinculadas al desarrollo de este deporte en Almería. Desde entonces ha crecido en la URA, un club en el que no solo ha encontrado a muchos de sus mejores amigos, sino también una forma de entender la convivencia basada en el respeto, el sacrificio y el compañerismo. "Hay cosas que en otros deportes yo no las he visto", afirma.
Su capacidad física y envergadura lo han llegado durante años a desempeñarse como flanker, ocupando las posiciones de ala tercera línea. "Siempre he jugado de 6 o 7", explica sobre un puesto que exige intensidad física, capacidad de sacrificio y un contacto constante.
"No me pude bañar en la playa con tanta llamada"
El suceso no tardó en aparecer en los medios de comunicación con su imagen recibiendo un distintivo de la Policía Local de Almería. Amigos, conocidos y familiares comenzaron a contactar con él para confirmar un relato que sonaba más a escena de película que a una mañana cualquiera en el centro de Almería.
"Mis colegas no se lo creían", recuerda. El teléfono se convirtió durante días en una extensión más de aquella carrera. "Ayer estuve en la playa y no podía bañarme porque el móvil sonaba todo el rato".
¿Has visto a un joven corriendo?
La atención le resulta tan extraña como el reconocimiento que llegó. Porque, a pesar de todo el revuelo generado, sigue convencido de que hizo lo que debía hacer. Ni más ni menos. De hecho, ni siquiera fue él quien se puso en contacto con la Policía Local.
Tras devolver las prendas al establecimiento y marcharse, quiso continuar su día. El giro llegó poco después, cuando se cruzó por casualidad con un agente en las inmediaciones de la tienda. El policía le preguntó si había visto a un joven corriendo detrás del autor de un hurto ocurrido minutos antes. La respuesta lo dejó sorprendido. "Soy yo", le contestó.
Aquel encuentro fortuito permitió a los agentes conocer de primera mano lo ocurrido e identificar al protagonista de una persecución. Días después llegó una invitación para acudir a la Jefatura de la Policía Local de Almería. Allí, acompañado por su padre, recibió una metopa en reconocimiento a una actuación que los mandos policiales quisieron destacar públicamente.
La experiencia le impresionó tanto como el propio reconocimiento. Recuerda el trato cercano recibido desde el primer momento por los agentes y mandos policiales, que le enseñaron las instalaciones antes del acto. "Nos trataron de forma muy cercana ,y amables. No eran un símbolo de autoridad, sino de humanidad", recuerda.
Como en las películas
Acostumbrado a ver ese tipo de dependencias únicamente en películas y series, asegura que recorrer la Jefatura fue una experiencia inesperada. "Había cosas que he visto en las pelis y decía: 'Joder, estoy enfrente de esto'", rememora.
La emoción alcanzó su punto álgido cuando Carmen María Martínez, a intendente principal jefa de la Policía Local de Almería, comenzó a leer una carta destinada a Luis Palanca. El joven está convencido de que fue entonces cuando su padre tomó verdadera conciencia de la dimensión que habían adquirido aquellos hechos. "Mi padre no fue realmente consciente de lo que había pasado hasta que le leyeron la carta", cuenta.
Escuchar cómo quienes apenas le conocían describían los valores que creía haber aprendido en casa terminó impactando tanto al joven como a su familia. Su madre no pudo acompañarle aquel día porque se encontraba trabajando en el hospital, pero Luis no tiene dudas sobre cómo habría vivido el acto. "Mi madre estaría súper orgullosa", asegura. Un sentimiento compartido por buena parte de su entorno familiar, aunque no exento de preocupación por los riesgos que asumió durante la persecución.
De manera instintiva
Hoy, sentado de nuevo en El Paseo, ya no hay carreras, ni gritos, ni ladrones doblando esquinas. Solo un té helado. Luis no se arrepiente. Tampoco recomienda hacerlo. Sus padres están orgullosos. Su abuela sigue riñéndole, recordándole el riesgo que corrió. La Policía Local decidió reconocerlo públicamente. Y él mismo admite que la historia podría haber terminado de otra manera. Esa contradicción, quizá, explica mejor que ninguna otra cosa lo que ocurrió aquella mañana.
La metopa acabará colgada en su habitación. Junto a ella, quizá también el recorte de periódico que su familia quiere conservar. No para recordar una heroicidad ni una persecución por las calles del centro, sino un momento que reveló algo sobre él mismo. Sobre la educación recibida, los valores aprendidos en casa y una forma de entender la responsabilidad que aquel día afloró de manera instintiva.