La Voz de Almeria

Sucesos

El bombero jubilado de Australia y afincado en Los Gallardos que volvió a combatir el fuego

Andrew Brain eligió Almería para disfrutar de una jubilación tranquila, pero el incendio le obligó a poner en práctica su experiencia

Andrew en su casa en Almocaizar

Andrew en su casa en AlmocaizarCedida a LA VOZ

Sara Ruiz
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A las cuatro de la tarde del pasado jueves, mientras el termómetro superaba los 30 grados, Andrew Brain trataba de aliviar el calor dándose un baño en la piscina de su casa, en Almocaizar. Bastó una mirada para comprender que algo no iba bien. Una columna de humo comenzaba a elevarse junto al antiguo bar Anita, en Los Gallardos. Sin pensarlo dos veces, salió del agua empapado, echó a correr y gritó a su mujer, la irlandesa Anne, que avisara a los vecinos. Aquel gesto, casi instintivo, no era fruto del azar: durante trece años había sido bombero voluntario en Australia Occidental.

El incendio forestal que ya ha dejado trece víctimas mortales y unas 7.000 hectáreas calcinadas sigue revelando historias que ayudan a entender la dimensión humana de una de las mayores tragedias vividas en la provincia y en el país. La de Andrew es una de ellas. Británico de nacimiento, australiano durante gran parte de su vida y almeriense por elección en la barriada de Almocaizar, este jubilado de 78 años volvió a enfrentarse al fuego cuando pensaba que aquella etapa había quedado atrás. Esta vez no llevaba uniforme ni acudía en un camión de emergencias. Solo tenía una manguera, la experiencia acumulada durante años y el convencimiento de que cada minuto podía marcar la diferencia.

El paisaje asolado de Bédar

El paisaje asolado de BédarSara Ruiz

De Australia a Almería 

Fue precisamente en Australia donde comenzó su relación con los incendios. Después de trasladarse al país con 24 años, Andrew y su esposa se instalaron en Toodyay, una localidad situada a unos 70 kilómetros de Perth, en el conocido como “Cinturón del Trigo”. Allí construyeron su vivienda en una finca de más de cinco hectáreas.

Un día, mientras trabajaba en la casa, un incendio se declaró en la propiedad de un vecino. Andrew disponía de un remolque equipado con un depósito de 1.000 litros de agua, una bomba y una manguera, así que no dudó en acudir a ayudar. Aquella intervención improvisada llamó la atención de la brigada local de bomberos voluntarios.

“Me invitaron a unirme y acepté”, recuerda. Aquel gesto cambió su vida. Durante los trece años siguientes formó parte del cuerpo de bomberos voluntarios de Australia Occidental y participó en numerosos incendios forestales, una vivencia que décadas después resultaría decisiva en la provincia de Almería.

“Salí de la piscina y eché a correr”

Su trayectoria hizo que Andrew supiera desde el primer instante que no había tiempo que perder. En cuanto vio la columna de humo en el Anita, salió de la piscina y corrió hasta su casa. “Le dije a mi mujer que avisara a los vecinos para que conectaran las mangueras y empezaran a mojar la vegetación alrededor de las viviendas”, recuerda.

Mientras Anne alertaba a quienes vivían en la zona, él puso en marcha la bomba que alimenta el sistema de riego de su olivar. El objetivo era sencillo: crear una barrera de agua en el terreno más próximo al avance de las llamas para dificultar su propagación. El viento, explica, empujaba el incendio ladera arriba, alejándolo de su vivienda, por lo que el fuego avanzaba con relativa lentitud en ese punto del valle. Ese margen permitió que vecinos y propietarios continuaran humedeciendo el entorno de las casas hasta la llegada de los primeros efectivos del Infoca y los bomberos.

“Seguimos mojándolo todo hasta que llegaron y se hicieron cargo. Poco después, el fuego en nuestra zona quedó bajo control”, relata. Aunque la situación era crítica, asegura que nunca perdió la calma. Sus andanzas en Australia le permitieron interpretar rápidamente el comportamiento de las llamas y confiar en que aquel frente concreto pudiera contenerse gracias al trabajo coordinado de los vecinos y los servicios de emergencia.

El paisaje asolado en Bédar

El paisaje asolado en BédarSara Ruiz

Condiciones perfectas 

A su juicio, aquella tarde se daban todos los factores para que las llamas avanzaran con una velocidad difícil de frenar. “No había nada inusual en este incendio. Hacía casi 40 grados, soplaba un viento muy fuerte y cálido, la vegetación estaba completamente seca y el terreno estaba muy caliente”, explica. A esas condiciones meteorológicas se sumaba una orografía especialmente complicada. Barrancos profundos, laderas escarpadas y zonas de difícil acceso que, según relata, dificultaban enormemente el trabajo de los equipos de extinción.

“Es un terreno complicado de acceder por tierra y muy difícil de detener cuando el fuego empieza a correr”, resume. Pese a ello, destaca la actuación de los servicios de emergencia españoles. “Los bomberos y la Guardia Civil fueron muy profesionales. Hicieron su trabajo correctamente y con mucha cortesía”, asegura. De hecho, cuenta que, aunque fueron evacuados por precaución, apenas unas horas después pudieron regresar a su vivienda, donde permanecieron varios días sin suministro eléctrico hasta que el servicio quedó restablecido.

La huella que deja el fuego

Aunque Andrew afrontó aquellos momentos con la serenidad que le dieron sus años como bombero, reconoce que su esposa Anne y muchos de sus vecinos vivieron el incendio con enorme angustia. Sin embargo, asegura que lo más duro llegó después. “La verdadera tragedia son las personas que murieron y quienes perdieron sus hogares”, afirma. A esa imagen se suma otra que no consigue quitarse de la cabeza: los siete caparazones de tortuga que encontró calcinados en su finca tras el paso de las llamas.

Con su bagaje, lanza también un mensaje de prevención. “Hay que tener un plan. Los incendios forestales se propagan muy deprisa y pueden cambiar de dirección en cualquier momento. Tengan una caja con documentos importantes y objetos de valor. Si deciden quedarse, pongan muchas toallas en la ducha a remojo. Si el fuego es muy intenso, métanse en la ducha debajo de las toallas y abran el grifo del agua fría”, advierte. A miles de kilómetros del país donde aprendió a luchar contra el fuego, Andrew jamás imaginó que volvería a enfrentarse a un incendio de esta magnitud en la tierra que había elegido para disfrutar de su jubilación.

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