La Voz de Almeria

Sucesos

"Te pegan un palo de 400 euros en un momento": así se desvalija el campo almeriense pieza a pieza

El saqueo se alimenta de un mercado negro cercano, ágil y silencioso que mueve el material de un invernadero a otro

Imagen de archivo de un invernadero en Almería.

Imagen de archivo de un invernadero en Almería.La Voz

Víctor Navarro
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En Níjar, la inseguridad en el campo parece haber echado raíz como una mata de tomate o de sandía. Los robos en las explotaciones agrícolas continúan produciéndose, y la situación es tal que el Ejecutivo nijareño convocó a la Junta Local de Seguridad para evaluar los últimos incidentes y solicitar una reunión con la subdelegación del Gobierno de España en Almería. El objetivo es poner solución, o al menos coto, a esta oleada de delitos.

A este espíritu se han unido las organizaciones profesionales agrarias como COAG o ASAJA, que han denunciado activamente la problemática que azota al campo almeriense.

Fuera de la actividad del invernadero, podría pensarse que estos delitos solo responden al objetivo de llevarse la cosecha. La idea común es que se trata únicamente de tomates o pimientos que desaparecen. Y, en parte, podrían tener razón… pero solo a medias.

Te arrancan parte del trabajo

Un agricultor de Níjar víctima de uno de estos robos perdió tres palets de tomates.

La cantidad implica horas de trabajo desperdiciadas y un golpe económico por los gastos que no verán retorno, además del impacto emocional. “Es frustrante. No solo pierdes el dinero de lo que te roban, sino todo el tiempo invertido. Te arrancan parte de tu trabajo y tu vida. Te deja un sabor amargo que no se quita con denuncias ni con explicaciones”, relata.

Pero si la pérdida de género ya supone un golpe, lo cierto es que para muchos agricultores ni siquiera es lo peor. Más allá de los kilos que desaparecen, hay otro tipo de robo más dañino: el de los materiales que hacen posible que el campo funcione.

Blancos predilectos

Una puerta metálica reventada o un agujero en la cancela, seguido de otro en el plástico del invernadero, garantiza la vía de acceso al botín. Así operan muchos de los robos: rápidos, directos y con daños que van mucho más allá de lo sustraído.

Existen blancos predilectos para los ladrones. Algunos buscan cobre, cortando y arrancando cables sin medir el daño, dejando sistemas eléctricos inutilizados y explotaciones paralizadas.

“No miran nada, cortan sin saber siquiera qué llevan dentro los cables. A mí me destrozaron una instalación entera para nada, porque ni siquiera había cobre. El daño que hacen es mucho mayor que lo que se llevan”, explica un agricultor.

Los sistemas de riego son otro punto sensible. Bombas de agua, tuberías de plástico o cualquier componente que permita el funcionamiento de la explotación se convierten en objetivo. Su desaparición implica reponer el material y asumir días —o semanas— de inactividad.

Los ladrones también buscan herramientas de trabajo del día a día, fáciles de transportar y con salida rápida. En la zona del Poniente, varios agricultores denuncian el robo de carretillas, carritos para transporte de cajas y equipos de mochilas pulverizadoras, además de mangueras pulverizadoras o pistoletes. “Parece poco cuando lo dices así, pero cuando te quitan todo de golpe es un dineral. Entre la carretilla, el equipo de pulverizar y las piezas, te han 'pegao' de más de 400 euros. Son cosas que usas todos los días y que tienes que volver a comprar sí o sí”, comenta uno de los afectados.

A estos robos se suman los sacos de abono y fertilizantes, otro objetivo habitual por su coste y facilidad de salida. Su desaparición obliga al agricultor a asumir un gasto añadido en un contexto ya complicado.

Mercado negro

Una vez sustraído, el material no desaparece sin dejar rastro. La imaginación popular y la conspiranoia podría llevar a pensar en redes vinculadas a narcolanchas, pero según el alcalde de Níjar, José Francisco Garrido, los robos del campo no tienen relación con ese tipo de actividades: “O al menos eso me ha dicho mi policía”, asegura.

La realidad es mucho más cercana: dentro de la provincia y la comarca existe un mercado negro local. Cada pieza robada tiene su comprador y su precio. Desde carretillas y pulverizadores hasta motores de riego o cables de cobre, todo encuentra salida en cuestión de horas.

Los agricultores explican que estas piezas acaban “vendidas a otros trabajadores del campo”, a través de boca a boca o grupos de WhatsApp. Allí se anuncian y venden rápidamente, sin intermediarios externos. “Todo desaparece en horas; no hay rastreo posible”, lamenta un productor. Así, mientras los robos parecen puntuales, detrás existe un circuito que se repite constantemente y mantiene viva la sensación de indefensión en el campo.

Desanimo

Aunque Níjar acumula mediáticamente los últimos golpes, los robos en el campo no son un fenómeno aislado. ASAJA señala que se trata de una práctica extendida por toda la provincia, con víctimas en distintas comarcas.

Entre los agricultores consultados, se repite una misma tónica: la ausencia de denuncia, motivada por la pérdida de confianza en el sistema. “¿Para qué vas a denunciar? Entre que vienen, miran y no aparece nada, pierdes tiempo y no recuperas lo que te han quitado. Al final te cansas y lo das por perdido”, lamenta uno de los afectados.

Mientras los robos continúan, los agricultores viven atrapados entre la impotencia y la necesidad de seguir trabajando. Cada palet perdido, cada motor o herramienta sustraída, es una carga económica y emocional que no se compensa fácilmente.

La sensación de indefensión y la circulación constante del material robado en el mercado local convierten la seguridad en el campo en un desafío diario que afecta no solo a los productores, sino a toda la cadena agrícola de la provincia.

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