La Voz de Almeria

Sucesos

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Que la política es inmisericorde y cruel lo sabíamos desde Caín y Abel. Recientemente hemos contemplado la última de sus fechorías caníbales en la figura de Gadafi. Todo lo que quieran contarnos de las salvajadas totalitarias del dictador libio nos lo creemos a pies juntillas. Ahora bien, esto no justifica que Occidente, alumbrador de los derechos humanos, no respete los convenios sobre prisioneros de guerra y demás protecciones de la justicia. Dejar a la fusilería agotada y hambrienta que ejercite la moderación por su cuenta es pedirle peras al olmo. Hago esta pequeña introducción preventiva para no asustarme de lo que pasa por aquí en sucesos de menos importancia. Con motivo del encuentro o mitin de Rubalcaba en el País Vasco, actuando Patxi López de telonero, se produjeron instantes de gran emoción al comentar los oradores, delante de las familias de las víctimas, el reciente comunicado de ETA que renunciaba presuntamente a la actividad armada. La derecha mediática ha interpretado el lance como una debilidad impropia del lugar y de los personajes allí concentrados. Ciertamente la política tiene mucho de sobreactuación y de comedia inducida, pero cuarenta y tres años de tiro en la nuca, de familias destrozadas y de lágrimas sin cuento merecían algo más que la pasividad inmisericorde que recomiendan algunos líderes de la comunicación. Reírse de las lágrimas de Rubalcaba sacándole punta maligna a la frase que dice que los hombre también lloran es para que José María Izquierdo recoja tambien esta perla en su libro "Las mil frases más feroces de la derecha de la caverna". Pero lo peor es pasar de las palabras a la acción. Todos los días vemos despidos sin piedad en empresas y otros centros de trabajo. Lo que llaman austeridad podría enmascarar otras formas de crueldad. Un mundo sin compasión se abre paso a la sombra de la crisis; no hay más que ver con qué convicción algunos defienden el despido casi libre al tiempo que siente repugnancia a que paguen más los que más ganan.

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