Ya escampaba, y llovían guijarros
Ya escampaba, y llovían guijarros
A menos de un mes de la celebración de las elecciones autonómicas en Andalucía los ciudadanos claman la necesidad de un cambio político. De una parte porque durante treinta años un partido en el poder no ha sabido trasladar a la sociedad andaluza un mensaje donde lo que importe sea la renovación, la mejora, no solo de las ideas y proyectos, sino los principios, del esfuerzo, de la capacidad, del mérito y de los valores éticos y morales. Pareciera que lo importante sea la búsqueda constante del clientelismo, de la fidelidad ciega, no al proyecto, sino a los personajes que se aferran al poder para asir, irreductibles, más poder. Es ciertamente más fácil verlo ahora, pese a los intentos por quienes han generado una administración paralela, alejada de los controles institucionales, de vender excelencias que, de facto, no han terminado de visualizarse. Durante estos años se nos ha procurado en Andalucía una sociedad ciega y acomodaticia, y los dirigentes autonómicos han gestionado transitando, sin pena ni gloria, por caminos en los que se ha consumido el presupuesto con el ojo más puesto en intereses oscuros que en los intereses reales de los andaluces. Ahora todo eso no les vale: no sirve ya la arraigada práctica del dominio de los tiempos para hacer soñar a la sociedad que la izquierda reparte mejor y tiene paraguas para todos. Llegadas las vacas flacas, las caretas se desvanecen como rocío en la mañana. Esto sí es imparable: los andaluces abren los ojos, y de una luz cegadora de mentiras y de sueños, nuestra sociedad despierta, y busca, ahora sí, en el centro moderado, fórmulas que le permitan no colarse por el hueco de la malla de la necesidad material que actualmente tienen las familias. Hoy la sociedad andaluza ha dejado de confiar en aquellos a quienes los escándalos hurgan los bolsillos. Ya no hay hueco para las colocaciones. Ya nadie aguanta los silencios, ni en los pueblos ni en las capitales. Ya, dicen, no queda tajo para nadie, tal vez sea porque el tajo ha dado también en quiebra. Ya no resultan tan útiles los conocidos antaño como amigos políticos, ni la búsqueda de votos puerta a puerta alertando de que viene la derecha. Ya no queda hueco para tanta mentira. Cuando Griñán se adjudicó el destape de los ERE y la voz corrió como un mantra al argumentario definitivo, muchos pensaron que el asunto de los fraudes comenzaba a desvanecerse. Con las elecciones autonómicas a la vuelta de la esquina y la justicia cimbrando a los intocables, el cinismo terminó de instalarse. Y se propagó el comentario: lo de los ERE es ya flor de un día. Pero algunas de las personas que están siendo investigadas parecen decididas a que la verdad se sepa: el ex Alcalde de Cazalla de la Sierra, Ángel Rodríguez de la Borbolla, hermano del que fuera presidente de la Junta de Andalucía, ha declarado que en la Junta todo el mundo sabía de este asunto a nivel oficial. Su versión coincide con la del ex director general de empleo, Francisco Javier Guerrero, y con la de una funcionaria, asesora técnica de la dirección general, responsable de una de la nueve Unidades Territoriales de Empleo, Desarrollo Local y Tecnológico (Utedelt) de Huelva, a través del que se canalizaban ayudas para el empleo y el desarrollo. No se cuestionó siquiera, el que fuera hasta hace días secretario provincial del PSOE sevillano, José Antonio Viera, dimitir por su implicación en el turbio asunto de los ERE y sí ahora por, dice, "vetos, injerencias, y vulneración de su autonomía". Le han tocado su lista y por eso dimite: por "problemas internos". Lo otro, parece, no acarrea ninguno de tal naturaleza. Los expolios al presupuesto de los andaluces, al cabo, parece que no cuentan. En el seno del PSOE han comenzado las mayores batallas para no quedar sin silla y, reconvertidos muchos en hienas de la política, parecen decididos a repartirse hasta la túnica. Atrás queda mucha decepción y, en el horizonte, una sociedad a la que todavía pretenden aplicar otra ración de cuatro años de la metodología y prácticas de siempre.