La Voz de Almeria

Política

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En 1999 se puso en marcha una decisión capital para Europa y para el mundo. Se decidió establecer de forma inconmovible un sistema de cambios fijos a través de una moneda única que empezaría a circular físicamente en 2001. Sobre el euro se ha escrito mucho en positivo y en negativo, a escala macro, a escala meso y a escala microeconómica, pero en la actualidad se están cargando las tintas, a mi juicio de forma inequívocamente oportunista, en los efectos negativos o en los costes que representa asumir un área monetaria no óptima. El problema del euro es que, habiendo sido fundamentalmente una decisión política, se ha convertido en un sistema experto anclado a axiomas y a prejuicios monetaristas que surgieron o se construyeron en coyunturas muy diferentes a la que estamos viviendo: me refiero a la hiperinflación asociada a la Guerra Mundial. A mi juicio el euro no es el problema, es la solución. El euro está poniendo de manifiesto muchos de los problemas económicos de Europa, la mayoría de ellos derivados de la falta de armonización económica; pero no debemos caer en el espejismo psicoanalítico de confundir el síntoma con la enfermedad, o en la veleidad del tirano de confundir al instigador con el mensajero. Los problemas del euro no son la enfermedad sino el síntoma. Y de ser el epifenómeno de la crisis a ser el chivo expiatorio hay sólo un paso. Se nos olvidan los periódicos problemas que han afectado al dólar, los graves problemas con las monedas asiáticas, o los problemas de calado especulativo que tuvieron que soportar muchas monedas europeas que estaban en la serpiente o en el ECU. El problema es que hay muchos intereses, de índole tanto económica como académico-intelectual, asociados al fracaso del euro. Me parece muy oportunista rescatar a Robert Mündell, a Paul de Grauwe, a Paul Krugman o a Martin Feldstein cuando, después de una década de un relativo buen funcionamiento el euro, se enfrenta con el primer choque al que muchos de los agoreros consideraban que no podría aguantar. A todas luces el problema no ha sido el exceso de cesión de soberanía, sino el déficit de coordinación de las políticas fiscales y la pasividad del BCE ante los problemas reales de la economía: crisis en los mercados de deuda, atonía económica... La infabilidad, o, más eufemísticamente hablando, la independencia del BCE es una quimera, una falacia más. Desde 1971 tras la moneda no hay nada, tan sólo un compromiso político, por lo que enmascarar tal compromiso político con una realidad autorreferencial no conduce sino a una falta de representatividad de las instituciones. No lo olvidemos, la política monetaria es, antes que nada, política. Y cualquier contenido político que se hurte a los sistemas de representación en beneficio de los sistemas expertos no es sino un retroceso democrático. Todos hemos estado de acuerdo en ceder la soberanía monetaria a órganos supranacionales, pero eso sí, a órganos suficientemente representativos. No debemos olvidar que el euro nos ha permitido crecer y converger durante muchos años, nos ha dotado de un marco de estabilidad sin precedentes, nos ha permitido el acceso a la financiación, nos ha dado la posibilidad de liderar los mercados de divisas internacionales… Pero también nos ha permitido endeudarnos y sobreendeudarnos. El problema no ha sido el euro, ha sido nuestra codicia. El euro es una garantía de paz en Europa, una moneda fuerte con buenos fundamentales, por lo que no hay otro camino que hacia delante (armonización y convergencia de las políticas económicas y más integración económica y social). No existe una hoja de ruta para volver a las monedas nacionales, tan sólo el abismo y las consecuencias desastrosa que esto comportaría. Otra cosa es la necesidad de implementar monedas regionales complementarias para crear liquidez y devolverle a la moneda su uso fundamental: el de ser instrumento de cambio. Pero de esto ya hemos hablado en otro sitio, y volveremos a hacerlo.

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