Nuestros discursos en público (y IV). El cierre
Nuestros discursos en público (y IV). El cierre
Es conveniente que el cierre de un discurso, por un lado, refuerce los argumentos expuestos en el desarrollo y, por otro, que lo haga moviendo el ánimo del auditorio. Esto último, repetido hasta la saciedad por los autores clásicos, lo sabían nuestros oradores del siglo XIX, quienes, con concreción y determinación, llenaban de artificio –exclamaciones, paralelismos, pausas largas- los finales. Es tradicional aludir en estos casos al remate del discurso que emitió Castelar contra la esclavitud, en las Cortes, en junio de 1870: ¡Hijos de este siglo, este siglo os reclama que lo hagáis más grande que el siglo XV, el primero de la historia moderna con sus descubrimientos, y más grande que el siglo XVIII, el último de la Historia moderna con sus revoluciones! ¡Levantáos, legisladores españoles, y haced del Siglo XIX, vosotros que podéis poner su cúspide, el siglo de la redención definitiva y total de todos los esclavos! El léxico era diferente, y también las modas oratorias. Las exclamaciones e imprecaciones para intensificar al máximo los sentimientos de los oyentes hoy nos resultarían, cuanto menos, exageradas; si bien, eso no quiere decir que cualquier tipo de discurso en nuestros días no pretenda también algo parecido. Como hemos señalado en alguna ocasión, es algo normal que la parte última de cualquier actuación en público: concierto musical, representación teatral, mitin, etc., merezca un trato especial, pues no en vano influye de alguna manera en nuestra idea positiva o negativa del evento. Veamos, a modo de ejemplo, el cierre del discurso inaugural de Rodríguez Zapatero en el último “Debate sobre el estado de la nación” (junio, 2011). En él, como en cualquier otro cierre que hubiéramos elegido, hay artificio para el ornato, aunque con diferentes mecanismos de los del discurso decimonónico. El expresidentes finaliza así su intervención: De ahí que mi actitud siempre que he subido a hacer un debate sobre el estado de la Nación haya sido de respeto. De respeto, en primer lugar, a los ciudadanos, a quienes nos debemos; de respeto a esta institución, a la Cámara que encarna la soberanía popular; de respeto a todos los grupos y a sus señorías. Ese respeto es aún más profundo, para mí, a mi país, a España, sobre la que expreso mi más absoluta confianza en su futuro […] Mi respeto a todos los grupos y mi gratitud a aquellos que han colaborado. Y al Grupo Socialista, mi más profunda gratitud por su lealtad, por su compromiso y por su responsabilidad, el sentido de la responsabilidad que se espera de todos nosotros hoy, mañana y todos los días del futuro. (Zapatero, 2011) Y el ornamento surge, entre otras, de dos estrategias manejadas con más o menos acierto por quienes han confeccionado el citado discurso: en primer lugar, la repetición constante (en seis ocasiones) del término en que se quiere centrar el mensaje: respeto; aparecido el vocablo al final del primer acto discursivo, su repetición se lleva a cabo cada vez que se procesa una nueva idea, con lo que se enfatiza al funcionar a modo de aldabonazo, de llamada de atención al auditorio; dar fuerza a determinada idea es uno de los cometidos que tiene la repetición; en segundo lugar, el entonces presidente emplea tres estructuras paralelas precedidas del sintagma de respeto: de respeto a los ciudadanos […]; de respeto a esta institución […]; de respeto a todos los grupos y sus señorías […]. Tales estructuras tónicamente simétricas, bien pausadas, ayudan a un lenguaje no solo más elegante y cuidado, sino también más solemne; además de lo estético, con ellas consigue, intencionalmente, dar mayor fuerza a su argumentación. La selección léxica y la entonación hacen el resto. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo se las gastan nuestros políticos! El Fedro es, posiblemente, el diálogo más conocido de Platón y, quizás, el más complejo; pertenece al período de madurez y en él se da una amplia visión de la Retórica. El filósofo griego muestra sus preferencias por el discurso oral con respecto al escrito; indica la necesidad de que los oradores sepan la verdad sobre el tema del que