Almería y el enigma de los incendios que nunca ocurrieron
No existen fuegos forestales de envergadura documentados en la provincia hasta los años 70, como si se los hubiera tragado la tierra

Dos niños de Mojácar, la mañana del viernes 24 de julio de 2009, con el fuego que asoló el pueblo recién apagado a sus espaldas, en el mirador de la calle París.
Es como si se los hubiera tragado la tierra; como si no existieran, como si nunca hubieran existido -será porque nunca existieron; no se deslizan en la memoria de nadie catastróficos incendios forestales en la provincia de Almería en las primeras décadas del siglo XX, al menos que merecieran ocupar páginas en los periódicos de plomo y linotipia de la época; parece que tampoco los hubo -al menos publicados- en decenios más cercanos a nosotros en los 50 o en los 60, como si hubieran sido borrados de la faz de esta provincia cambalache. A algún nostálgico le vendría al pelo ahora decir aquello de que con Franco no había incendios en Almería.
No había incendios de envergadura acreditados, por tanto; quizá porque antaño una buena masa de almerienses vivían en los montes, tal como hoy corremos a hacinarnos en la costa; quizá porque hace más calor ahora, aunque haya negacionistas como hay terraplanistas. Si ampliamos la mirada a siglos anteriores, solo aparecen referencias históricas en la prensa histórica de pequeño incendios en montes comunales y pinares en la Sierra de María, Los Filabres o la Sierra de Gádor. Eran frecuentes las llamas de poca monta provocadas por el carboneo, roturaciones agrícolas o accidentes del pastoreo. Hasta los años 50 y 60, la sierra almeriense estaba llena de vida. Había pastores, carboneros, leñadores, labradores que cultivaban bancales de secano hoy abandonados, resineros y recolectores de esparto que movilizaban a miles de jornaleros en los atochares. Toda esa actividad eliminaba continuamente el combustible vegetal y el monte de Bédar o del Alto Almanzora o el de Almagrera o Cabrera estaba limpio como un jaspe porque era un recurso económico. Hoy, buena parte de esas umbrías apenas tienen huella humana. Muchos cerros y lomas del interior de la provincia que hoy vemos cubiertos de pinos eran entonces laderas casi desnudas. A partir de los años 50, comenzaron las campañas de repoblación forestal impulsadas por el antiguo Icona. Aquellos pinares crecieron durante décadas y ahora se están quemando.
Quizá el mejor aliado del monte nunca fue la tecnología -los helicóptero, drones y satélites- sino la presencia humana. No porque el hombre no provoque incendios —de hecho, la mayoría tienen origen humano por negligencia o intencionalidad—, sino porque un territorio vivido, trabajado y recorrido cada día suele acumular menos combustible, una idea que defienden la mayoría de ingenieros forestales.
Entre los incendios recientes más reseñables en la provincia aparecen el de 1978 en la Sierra de Gádor. Le siguen los de 1994 -un año nefasto- con fuegos en Mojácar y después en Líjar y Los Filabres donde se quemaron más de 7.000 hectáreas y es considerado el gran incendio del siglo XX en la provincia. En 2009 ocurrió el doble incendio de Sierra Cabrera (Turre y Mojácar) en apenas diez días de diferencia que calcinó más de 4.000 hectáreas. En 2014 se propagaron llamas con cierta virulencia en Enix, Felix y Sierra de Gádor que arrasaron más de 6.000 hectáreas. Hasta hace unos días, que nos ha asolado el siniestro de Bédar Los Gallardos, el más grave de la historia con 14 víctimas. Sin embargo, quizá el más mediático fue el de Mojácar, en 2009, donde Almería temió perder uno de sus símbolos: Mojácar, uno de los pueblos blancos más fotografiados de España, quedó cercada por un anillo de fuego, con vecinos asustados viendo caer pavesas sobre los terraos, mientras el viento de Levante convertía cada chispa en una amenaza y empujaba las llamas hacia la Plaza Nueva.
Aquella noche el pueblo blanco dejó de mirar al Mediterráneo para mirar a la montaña. Y la montaña era un incendio. Quienes estuvimos allí aún recordamos un cielo naranja, el humo cubriendo las calles y la sensación de que bastaba un cambio de viento para que la historia del municipio hubiera sido muy distinta. Por eso, cuando un almeriense contempla en el cielo una columna de humo en julio o en agosto no piensa solo en hectáreas, piensa también en los recuerdos, en los caminos por donde paseaba de niño, en el pinar donde merendaba el Día de la Vieja, en la sombra aquella que ya no existe. Porque un incendio nunca termina cuando se apaga el último rescoldo, como ha sido el caso de Bédar, como está siendo en Madrid o en Ávila, sino cuando la tierra intenta volver a vestirse de verde.
Los incendios nuncan empiezan cuando aparece la primera llama. Comienzan mucho antes, en los inviernos secos, en el abandono silencioso de las colinas, en los barrancos que dejan de ser transitados, en los caminos donde ya nadie recoge la retama ni limpia los matorrales porque el mundo rural ha ido pereciendo como lo ha hecho la mesa camilla o el linimento del tío del bigote. El fuego solo firma una sentencia que lleva tiempo redactándose.
Quienes nacieron mirando esas secas sierras almerienses saben que el monte tiene su propio lenguaje. No habla, pero respira. Cambia de color con las estaciones, huele distinto después de una tormenta y guarda un silencio especial cuando cae la tarde. Los viejos agricultores sabían interpretar esas señales igual que un marinero lee el estado de la mar. Por eso, cuando en verano aparecía una columna de humo en el horizonte, nadie preguntaba cuántas hectáreas ardían. La preocupación primera era otra: “¿Hacia dónde va el viento?”. Muchos pensaban que nuestros pinares eran eternos, que siempre estarían allí ofreciendo sombra al caminante y refugio al jilguero. Pero el fuego ha enseñado que la naturaleza también es frágil y que basta una tarde de viento para borrar lo que tardó medio siglo en crecer.
El monte, sin embargo, posee una dignidad admirable. Nunca se rinde. Allí donde el hombre sólo ve troncos negros, comienzan a brotar romeros, espartos, jaras y los primeros pinos jóvenes. La naturaleza tiene una paciencia infinita: no entiende de legislaturas, de presupuestos ni de titulares. Y quizá por eso, cuando vuelvan las primeras lluvias de otoño y aparezcan tímidos los primeros brotes, comprenderemos que el monte almeriense se parece mucho a su gente: puede ser castigado, pero siempre encuentra fuerzas para empezar de nuevo. Hay derrotas que solo son prólogo de una nueva primavera.