El Larousse de la escuela almeriense
Juan Pérez Ramos ha escrito una obra deliciosa, enciclopédica, frondosa como un bosque nórdico, sobre la historia de las escuelas de Almería, de los viejos maestros, de las enseñanza en los barrios, de esa pequeñas fábricas de porvenir

Una clase en la escuela de Sorbas, en la década de los 50, atendida por los profesores Antonio Cruz Colomer y Nicolás López Rodríguez.
Las escuelas almerienses de antes olían a tiza, a madera vieja y a papel de cuaderno; a las escuelas almerienses de antes, los niños llegaban andando desde todos los rincones urbanos o rurales. Algunos recorrían varios kilómetros desde sus pedanías por caminos de tierra, con la cartera de cuero colgada al hombro y el bocadillo envuelto en papel de estraza. En invierno se llegaba con las manos heladas y en mayo con la cara tostada por el sol. Los niños caminaban en pandilla desde La Chanca, el Quemadero, Pescadería o cualquier rincón de la provincia. En los pueblos del Almanzora, de Los Vélez o del Campo de Níjar, algunos recorrían más camino del que hoy se hace para ir al trabajo.
Hubo un tiempo en Almería en que la escuela no empezaba con un timbre electrónico ni terminaba con mensajes en el teléfono móvil de los padres; empezaba mucho antes, en la cocina de la casa, cuando la madre peinaba a los niños con agua y saliva, les colocaba el babi y les metía en la cartera un cuaderno, un lápiz y un trozo de pan con aceite para el recreo. Los pupitres tenían más cicatrices que un viejo marinero; en ellos aparecían iniciales, corazones mal dibujados y cuentas de multiplicar escritas a escondidas. Cada raya tenía una historia y cada desconchón era el recuerdo de alguna travesura.
Hubo un tiempo en la historia de la escuela almeriense en el que el maestro ocupaba un lugar especial en la vida del pueblo. No era solamente quien enseñaba a leer y escribir. Era el hombre que redactaba cartas para quien no sabía hacerlo, el que ayudaba con algún documento y el que conocía a las familias mejor que muchos parientes. Su palabra tenía peso. A veces imponía respeto con solo acomodarse las gafas o carraspear antes de empezar la clase.
A ese tiempo pertenecía Juan Pérez Ramos, maestro de los de antes, inspector jubilado, que ha construido una gran obra de fábrica con los anales de la escuela almeriense sobre el cañamazo de la memoria. Su obra ‘Mi escuela, mi barrio’ es un banco de datos exhaustivo y de investigación minuciosa. Juan Pérez, por tanto ha articulado toda una enciclopedia, una Larousse de la vieja escuela almeriense, bajo la licuadora de la pasión y de sus propias vivencias como alumno y como docente.
Juan nació en 1943, estudió magisterio, se licenció en Geografía e Historia, dio clases en Secundaria y trabajó como inspector hasta su jubilación en 2007. Juan fue paradigma, como sostenía John Dewey, de que la educación no es preparación para la vida, la educación es la vida entera y el porvenir está en manos, siempre lo ha estado, del maestro de escuela. De Juan Pérez ha dicho Vicente Abad, exdelegado de Educación, que su horario no lo marcaba ninguna normativa, sino su palpitante corazón de maestro. Pero antes que maestro, Juan fue alumno y recuerda las clases de José de Dios Vidal, de Juan Etién, José Porras o Pedro Cruz y de la Escuela de Magisterio donde fue examinado por insignes como Angel Frigolía, José María Artero o Arturo Medina.
Su frondoso manual sobre la escuela en Almería arranca con la Ley Moyano de 1857, el primer intento de modernización española del sistema educativo. Hasta esa fecha, la educación en Almería estaba en manos de la Iglesia con una tasa de analfabetismo de casi el 90%. Durante los primeros años del siglo XX es cuando el Estado asume el pago de los sueldos de los maestros, que antes cobraban de los ayuntamientos. Desde esas fechas, funcionaban en Almería, además de las escuelas unitarias repartidas por toda la capital, centros de enseñanza como el primitivo Seminario San Indalecio en la Plaza de la Catedral, la Compañía de María, Colegio el Milagro, Colegio de Jesús, Colegio de la Purísima, en la Administración Vieja, la antigua Escuela del Ave María del Quemadero situada en el Barranco Bolas, La Salle, la Sagrada Familia y el Colegio La Milagrosa. Hasta la República, apenas existían grandes colegios públicos en Almería. Se adecentaron unas veinte escuelas unitarias repartida por todos los distritos, como el Mariana Pineda de La Almedina o el del Barrio Alto. En ese tiempo preguerracivilista también se represalió a maestros almerienses como Manuel Cano, Filomeno Giner, Rafael Jara o Francisco Torregrosa. Como después, con Franco, se depuró a otros como los hermanos Cruz Colomer, Saturnino Menchón, José Ropero, Pedro Parra y a tantos otros que vivieron esos tiempos con una espada de Damocles sobre su cabeza.
El autor destaca el papel de Rosa Relaño como inspectora jefe de esos años tremebundos; y a José Ramos Santander, un gigante de la honradez en su trabajo. En 1940 se crearon varios hogares para atender a la población infantil desprotegida como el Hogar José Antonio o el Colegio San Francisco.
En esos años, habría que recordar a don Francisco Sáiz, director del Instituto de Enseñanza Media. En 1944, las monjas Jesuitinas crearon el colegio Stella Maris y en 1948 el Alejandro Salazar, actual Colegio de la Chanca. A partir de los 50 se incrementaron las dotaciones escolares en Almería y provincia. Se crea la Graduada Calvo Sotelo en la calle Alfarería y se constituye la Junta contra el Analfabetismo con clases para Adultos y las Escuelas de Temporada, una aproximación de las célebres Misiones Pedagógicas de la República, en las que participaron activamente Rosa Relaño, Concha Zurita, Vicente Abad, Santiago Pérez y el propio Juan Pérez Ramos, a quien le tocó Las Mañicas, una cortijada de Níjar, donde llegó una mañana con una caja de cartón piedra, una pizarra y un tablero con el mapa de España pegado y un sueldo de 60 pesetas.
El autor se centra también en hitos de la historia de la enseñanza almeriense como la creación de la Escuela Hogar Madre de la Luz, como primera gran escuela pública de prestigio en Almería, y después con el Europa y el Goya, en este compendio del gremio de casi 500 páginas que parece no tener fin.
Quizá por eso, cuando alguien menciona la escuela de antes, no recuerda los exámenes ni los deberes. Recuerda el ruido de las sillas arrastrandose sobre el suelo, el polvo de la tiza flotando en un rayo de sol y aquella cartera que parecía pequeña, pero donde cabía la infancia entera.