A brazo partido entre clérigos y laicos en Almería
Fue cuando la nueva ley de las escuelas laicas del Gobierno de Canalejas provocó una oleada de insultos, de amenazas y detenciones en Almería, con mítines y reproches, con periódicos vomitando titulares inclasificables

Aparece sentado el obispo Vicente Casanova, a su lado el deán José María Navarro Darax y el clérigo Juan Villar y otros caballeros en el mitin del Variedades en 1910.
¡Con Barrabás o con Cristo, con quién estás almeriense! esta era una de las múltiples arengas que vomitaban las imprentas de los periódicos de la ciudad en aquella fecha lejana de 1910. Han pasado 115 años y la aparente normalidad con la que se advierte ahora que el tipo de enseñanza es una elección libre de las familias, fue en esos tiempos un huracán que enfrento a las dos Almerías a brazo partido, sobre todo en la letra de molde de los diarios. Desde finales del siglo XIX, desde que Emilio Castelar arguyera en un escaño de la Cortes aquello de que “nada hay tan voluntario como la religión” y que “se puede ser buen español sin ser católico”, una pátina de secularización fue germinando, poco a poco, en distintas capas de la sociedad. La Iglesia católica ejercía una notable influencia en la educación española en general y almeriense en particular, especialmente en las escuelas primarias y secundarias. Hasta que con la llegada de José Canalejas a la presidencia del Consejo de Ministros se inició un proceso de cambio, que hubiera llegado más lejos si un disparo no hubiera acabado con la vida del prócer en 1912.
Canalejas buscaba modernizar el país, regenerar España a la manera francesa y su Gobierno promulgó la llamada Ley de las Congregaciones, popularmente conocida como ley del candado que buscaba limitar el poder de las órdenes religiosa y en particular la influencia de la Iglesia católica en la educación. Esta nueva norma establecía que las congregaciones religiosas no podían fundar nuevas escuelas sin la autorización del Estado y que los miembros de las congregaciones no podían ser profesores en las instituciones públicas, en ese tiempo en el que las juntas de instrucción pública estaban dominadas por el clero. La ley fue muy polémica y en Almería y en el resto de España se produjeron incidentes entre los que se llamaban radicales, partidarios del laicismo en la educación, y los conservadores, que defendían la presencia plenipotenciaria de la iglesia en la enseñanza.
La introducción de la escuela laica a partir de finales del XIX vendría de la mano de asociaciones vinculadas al librepensamiento y a la masonería. Uno de sus más fervientes paladines fue el diputado Francisco Giner de los ríos. Pero no resultaba fácil disponer de financiación para locales, ni contar con profesorado, ni libros de texto adecuados, además de la feroz resistencia de las órdenes religiosas. La ley nació muerta, no se cumplió y, en un efecto boomerang, se llegaron a cerrar muchas escuelas laicas y a impedir su reapertura: “Padres y madres, os quieren robar a vuestros niños para la revolución y el infierno y no lo habéis de consentir, antes que vuestros, son de Dios y de la Iglesia”, bramaban desde el púlpito de la Catedral.
En ese clima de polaridad, el obispado de Almería organizó un mitin contra las escuelas laicas el 29 de mayo de 1910 en el Teatro Variedades, que estaba situado en lo que hoy es el edificio del CSIC del Paseo. Las plateas y los palcos aparecían atestados, según La Independencia, el periódico que editaba la propia curia almeriense. Presidía el acto el obispo reverendísimo don Vicente Casanova, junto al deán José María Navarro Darax, el magistral Victoriano Amadeo, el diputado a Cortes Antonio Acosta Oliver y otros dignatarios como Silvestre Fernández de la Somera, el abogado Antonio Torres Hoyos, el diputado provincial Francisco Bustos, el conde de Torremarín, el prior de los dominicos, fray Santos Quirós y el director de La Independencia Juan Pedro Mesa.
Presentó el acto el periodista Amador Ramos Oller e intervinieron el abogados Ginés de Haro, quien habló de la Virgen del mar, de las juventudes católicas, de la religión, la patria y del rey godo Recaredo, de Pelayo y de Jaime el Conquistador; Norberto Torcal, director del Noticiero de Zaragoza, que alertó sobre la Francia atea y jacobina y se encomendó a la Virgen del Pilar, Agustina de Aragón, Palafox y la nobleza baturra. También intervinieron Juan Diego Pérez Serrabona, del arciprestazgo de Vélez Rubio, el ingeniero Ignacio Fernández de la Somera, hermano de Silvestre Fernández, director de la compañía de Ferrocarriles del Sur de España y Manuel Senantes, diputado de Azpeitia y director de El Siglo futuro.
Se leyeron adhesiones llegadas de los pueblos de la provincia, entre ellas la del ingeniero y arqueólogo Luis Siret y la de Andrés Manjón, catedrático de la Universidad de Granada, y se recibió un telegrama de su santidad Pio X, enviado por el cardenal Merry del Val que fue muy aplaudido.
Se leyó un manifiesto en el que se defendía el cierre de todas las escuelas laicas, la vigilancia de los obispos sobre los libros de texto y sobre la elección de los maestros en la Escuela Normal para que quien no profesase la religión católica no pudiese dar clase.
A la salida hubo algunos tumultos con algunos defensores de la enseñanza laica que se habían concentrado a las puertas del teatro y hubo varios detenidos, entre ellos Orihuela, director del periódico El Germinal que estaba repartiendo ejemplares con el titular en primera plana: “El mitin de las curianas”. Fue apaleado, injuriado y encerrado en el calabozo varias horas.
Fue también, por tanto, una guerra de periódicos. Frente a La Independencia, editado por el obispado, estaba El Radical, dirigido por el republicano Pepe Jesús García, quien llamaba a los defensores de las escuelas religiosas “ultramontanos, carlistas, clericales reaccionarios con el escapulario al cuello, el crucifijo al cinto, santurrones, sepulcros blanqueados con camisas almidonadas, descendientes de Torquemada”. Abrió una suscripción para la creación de las primeras escuelas laicas de Almería con el apoyo dinerario de Ubaldo Abad, Manuel Córdoba, José Lirola y Horacio Manzano, entre otros.
La campaña de insultos entre ambas cabeceras durante ese año de 1910 fue sonrojante. En una posición moderada se situaba, como siempre, La Crónica Meridional, de la familia Rueda, quien relataba los hechos y las posiciones de las dos facciones sin entrar en grandes valoraciones, sin dejarse arrastrar por la diatriba de insultos mutuos.