Un siglo de la calle al médico Eduardo Pérez
En febrero de 1917 el Pleno decidió que la calle del Cid llevara el nombre de don Eduardo Pérez Ibáñez
El 19 de febrero de 1917, durante el Pleno municipal que se celebraba en el Ayuntamiento, se dio lectura de un escrito presentado por el vecino don Francisco Roda Spencer, prestigioso banquero de la ciudad, pidiendo que para honrar la memoria del ex-alcalde y concejal, el médico don Eduardo Pérez Ibáñez, fallecido seis días antes, se pusiera su nombre a la calle del Cid, donde vivió hasta su fallecimiento. Desde entonces, la antigua calle que unía la Plaza de la Catedral con la calle de Trajano llevó el nombre del recordado doctor.
Aquella calle tuvo siempre la esencia de los antiguos callejones estrechos y sombríos que llevaban impregnada el alma de la ciudad. Antes de que empezaran a derribar sus casas, antes de que la ensancharan para levantar una ‘avenida’, mantuvo intacto ese corazón anclado en el siglo diecinueve que siguió latiendo hasta que a finales de los años sesenta empezaron a reformarla.
A mí me gustaba más aquella calle antigua, que al subir desde la calle Real era apenas un callejón sin aceras donde los coches pasaban rozando la pared. A mitad de la calle aparecía un ensanche, un pequeño desahogo, para estrecharse de nuevo en su salida hacia la Plaza de la Catedral. Antes de la transformación, la calle estaba sembrada de mansiones, once casas que te transportaban a otra época. Algunas de ellas habían pertenecido a familias históricas que habían ido dejando su huella en las casas y también en la calle.
En el número once nació y vivió el artista Jesús Pérez de Perceval. Su padre, Miguel Pérez de Perceval trabajaba en la oficina del periódico católico ‘La Independencia’. Su madre, María del Mar del Moral, se encargaba de la educación de sus seis hijos: Amalia, Jesús, José María, Filomena y Miguel. Habitaban un espléndido caserón de dos plantas con balcones monumentales a la calle y jardín interior. Hasta los años veinte, la casa tenía una entrada con un enorme portón por donde accedían los carruajes hacia las cocheras interiores, pero fue reformada y sólo quedaron unos hermosos arcos que coronaban la puerta.
El corazón de aquella mansión era el jardín, al que la familia Perceval llamaba el huerto. Era un gran patio interior que llenaba de luz las habitaciones durante todo el día y servía de desahogo a la vivienda. En el verano bastaba con abrir las ventanas que daban al jardín para que toda la casa se renovara con un aire limpio y fresco. En el centro del huerto había una palmera tan alta que traspasaba los muros de todos los edificios cercanos, y una acacia fuerte y elegante que también trepaba hacia el cielo con unas ramas tan robustas que José María, uno de sus hermanos, instalaba en ellas aparatos de gimnasia para hacer alarde de su fortaleza.
La acacia era más que un árbol, era un miembro de la familia con el que los niños jugaban, donde se subían a soñar que cogían una nube o que tocaban el sol. José María trabajaba sus músculos en las ramas del árbol y trepaba por ellas hasta encontrar la más alta para comunicarse con otros amigos que vivían en las calles próximas al Parque. Los chicos se intercambiaban voces desde la lejanía, subidos en los árboles de sus casas. El huerto comunicaba con una azotea por donde se podía subir hasta el terrado de la casa. Como no había escaleras para acceder arriba, lo hacían apoyando los pies en los clavos de una vieja puerta de madera que servían de improvisados escalones.
El jardín de la familia Perceval tenía también su territorio prohibido. La tapia trasera era un lugar que estaba vedado para los niños y especialmente para las mujeres de la familia. La tapia secreta separaba la vida decente del vicio, según se decía entonces. Detrás de aquellos muros encalados que protegían el huerto aparecían las casas y los estrechos callejones del popular barrio del Lugarico, donde hasta los años cincuenta vivían algunas mujeres que ejercían la prostitución.
Una de las dos mansiones antiguas que se conservan en la calle fue de doña Remedios Benavides de la Torre, que compartía la casa con su hermano José, Deán de la Catedral, antes de contraer matrimonio con el terrateniente don Juan del Moral y Almansa. Don Juan vivía enfrente, en otra gran casa de dos plantas (hoy desaparecida) con un hermoso jardín y grandiosos balcones. La otra casa señorial que sigue en pie está al final de la calle, en la esquina con la calle Real y la de Trajano. Fue rehabilitada hace nueve años por doña María Rosa Morales, farmacéutica de las Cuatro Calles.