La Voz de Almeria

Almería

El taller de la Puerta de Belén

Era un taller de carros a la entrada por la Carretera de Granada, junto al convento de las monjas

El taller con la máquina de cinta de sierra, a comienzos del siglo pasado.

El taller con la máquina de cinta de sierra, a comienzos del siglo pasado.

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Era una saga de carreros, de profesionales ligados a la reparación y a la construcción de carros que en la segunda mitad del siglo diecinueve se afincó en Almería. El primero, el que dejó su pueblo de Monovar en Alicante para buscar la aventura de la emigración, se llamaba Ramón Zapata Verdú. Se sabe que hacia 1870 ya regentaba un taller de carretería en el paraje conocido como el Campillo de Gata, en el término municipal de Níjar, cerca del Pozo de los Frailes.


En aquel tiempo, el lugar era una zona de paso obligado para todos los que transitaban por aquellos caminos entre los pueblos de la playa y los del interior, un buen escenario para instalar un taller de reparación de carros en una época en la que no se conocía otro medio de transporte rural que el de las caballerías.


Era Ramón Zapata Verdú un hombre honrado, laborioso y bueno, que vivía en un cortijo junto a su esposa, Barbara Vicent Gimeno y a un hijo menor llamado Enrique que lo ayudaba en el negocio. Su vida tuvo un trágico final.  En marzo de 1877 la familia se desplazó a Almería para asistir a las fiestas que organizaron por la visita del Rey Alfonso XII. Dos días después del recibimiento del monarca, el padre y su hijo regresaron al Campillo de Gata, mientras que su mujer se quedó en la capital despidiendo a otro hijo, Joaquín, que se marchaba a cumplir el servicio militar a la guarnición de Madrid.


Cuando unos días después la mujer regresó al cortijo se lo encontró cerrado. Creyendo que sus familiares estaban realizando algún trabajo fuera, esperó en la casa del vecino a que volvieran, pero pasados dos días más, viendo que  no daban señales de vida, decidieron romper la puerta  y entrar en la vivienda, donde descubrieron al bueno de Ramón Zapata Verdú tirado junto a la cama con la cara amoratada. Llevaba varios días muerto.


En la noche del dos de abril de 1877 se le practicó la autopsia en el cementerio de la Villa de Níjar por el médico forense don Wenceslao López Rubio, quien confirmó que había muerto violentamente. El malogrado carrero tenía 52 años de edad.


El oficio del padre lo continuó después uno de sus hijos, Joaquín Zapata Vicent, que tras regresar de la mili se estableció en Almería. Entonces vinieron los años de apogeo del negocio, que continuaron con el tercer carrero de la saga, Joaquín Zapata Quesada. Era uno de los talleres de carretería más prestigiosos de la ciudad. Estaba situado en el número tres de la Puerta de Belén, que en aquellos tiempos era la entrada principal a la ciudad a través de la Carretera de Granada.
El taller de los Zapata contaba  con una fragua de gran calibre donde arreglaban las averías de los carros en tiempo record. Además, todos los años, cuando se acercaba el invierno, se convertía en un punto de venta de la leña que se utilizaba para las matanzas.


Era habitual que en la puerta del taller se levantara cada temporada, en los meses de calor, un chambado de palos y toldos donde se reparaban los carros al aire libre y servía a la vez como lugar de descanso de los clientes. Una estampa habitual de aquellos tiempos era la de los obligados minutos de silencio que tenían que guardar los carreteros cada vez que llegaba un entierro frente a la puerta del negocio. Como estaban situados cerca del punto de despedida de los duelos, cada vez  que aparecía el carro fúnebre y la comitiva, tenían que cesar los trabajos por respeto al finado.


El taller de carros de los Zapata estaba junto al convento de las monjas de las Siervas de María, y a cien metros de los célebres almacenes de esparto de John Murrison. A comienzos del siglo pasado existía una fuente pública en aquella explanada que abastecía de agua a todo el barrio y un puesto de bebidas que fue bautizado con el nombre de La Gloria, que con los años se convertiría en uno de los bares más famosos de la ciudad.


Todos los años, cuando se aproximaba el día de San Blas, el barrio se llenaba de fiestas y en la explanada junto a la Puerta de Belén, frente al taller, se organizaba una gran verbena. El negocio de la familia Zapata aguantó durante décadas, sobreviviendo a la guerra civil de 1936. Estuvo abierto hasta los años cincuenta, cuando después de sufrir un incendio en sus instalaciones se vio obligado a cerrar para siempre.


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