La montaña mágica de los viejos mineros de Bédar ya no existe
Huele a carbón ahora en esa sierra agujerada de cotos, la sierra de Angel Collado; ayer se le humedecían los ojos como a Oscar Schindler; “Tenía que haber salvado a más”

El fuego de Bédar, el incendio más cruel del siglo en toda España, ha convertido la Sierra en puro carbón.
Quizá pasa una vez entre un millón, pero pasó el jueves; pasó que faltando cinco minutos para las cinco de la tarde, como en la estrofa de Lorca, como en este drama lorquiano, junto a un legendario bar de camioneros que ya cría malvas, junto a la vieja Nacional 340, se dio la regla perfecta de las tres 30: más de 30 grados, más de 30 kilómetros por hora de viento, menos de 30% de humedad relativa.
Y un cablecito criminal que crujió, se partió en dos y echó unas chispas. A partir de ahí, dinamita pura ese chispazo inicial que reptó hacía las cumbres de la Sierra de Bédar como una culebra, desde el caserío de nombre moro de Almocáizar, hasta Los Pinos y de ahí a Serena, Alvarico y Campico, cortijadas estabuladas durante siglos, donde antes se doraba la mies y ramoneaba el ganado, de donde salía mineral de hierro en cable rumbo al mundo y ahora tienen asiento casas fabulosas de británicos donde se ve la BBC por la parabólica.
Angel Collado, un alcalde bueno a tenor de lo que lo vota la gente, fue avisado de la fortaleza hercúlea de las llamas y junto con sus concejales se subió a un coche y megáfono en garganta fue avisando a esos vecinos díscolos para que desalojaran rápido, que prevenir es curar. Algunos echaron cuentas y le hicieron caso al regidor bedarense; pero otros no le dieron tanto crédito, a pesar de que las campanas de la Iglesia -no es una metáfora- tañían alertando del peligro cierto. Eso les costó la vida a los residentes incrédulos, algunos ingleses, algunos belgas, algunos casados por el propio alcalde. Y cuando vieron que el fuego no era un trampantojo, que empezaban a sentir el calor en sus muslos y el miedo en la garganta, huyeron sin pensar, precipitadamente, unos subiéndose a un coche que fue su mortaja; y otros, echando a andar por un camino sin salida, utilizado por un apicultor para hacer producir sus colmenas. El fuego abrasó en cuestión de segundo a esas doce personas que media hora antes quizá estuvieran disfrutando de un gintonic de sobremesa.
Angel Collado ha sido quien más de cerca ha vivido esas horas. Bédar, su pueblo, ha sido el mayor damnificado de esta tragedia griega. Ha sido su sierra, su montaña mágica de antiguos mineros y segadores, de nuevos residentes oriundos de Manchester o de Cardiff, la que ha supurado humo. Uno veía a Angel explicando una y mil veces la misma historia a los periodistas apostados en el puesto de mando; uno lo veía con los ojos húmedos mirando su sierra crepitar como un tronco, su montaña mágica arder como la leña, y comprobábamos cómo aún sigue habiendo gente de carne y hueso. “Parece que ha caído una bomba sobre nosotros”, decía, después de tanta tensión acumulada durante las últimas y apretadas horas sin oler la almohada.
Olía a carbón ayer en el puesto de mando, en La Loma de la Venena de Turre, al lado de la Casa de Adelina, la de los caracoles y los gurullos, un aroma que tardará en desaparecer; olía a rabia también por no saber cómo se puede evitar un siniestro como el que ha hecho trizas a este sufrido Levante almeriense, el mayor incendio de la historia de España en lo que va de siglo. En 2009, también en el séptimo mes, el fuego acechó Mojácar y ennegreció la verde Sierra de Cabrera como el aceite de ballena, pero no hubo que enterrar a nadie.
Ahora sí, ahora sí ha hecho daño letal este cruel infierno incandescente que aún no sabemos cuándo descansará del todo.
Evacuados por los pabellones de deportes y políticos y efectivos de emergencia poblando el puesto de mando y periodistas incansables y Angel sin dejar de mirar su sierra, la sierra de sus antepasados, su montaña mágica de la que tanto mineral extrajeron los Chávarri vizcainos y que se ha convertido en el promontorio más cosmopolita de la provincia: hay una comunidad budista, una soprano norteamericana, ingleses que juegan al cricket y bajan a beber cerveza a Turre, belgas que regalan chocolate a sus amistades españolas. Todo esa riqueza de colores y pieles que lleva horas escondida detrás de una cortina de humo negro donde se entreven aviones y helicópteros que sueltan cubas de agua salada de Garrucha para detener la fauces de ese monstruo del averno que se ha cobrado casi 4.000 hectáreas de esparto, de pino, de huellas de generaciones que pisaron esta sierra bendita.