Luz, la almeriense que cambió la oficina por conducir un tráiler de 20 toneladas junto a su pareja
Hoy recorre Europa al volante de un DAF XG de 480 caballos y con jornadas de 21 horas

Luz García y Francisco Blanes, junto a su camión.
Cuando la almeriense Luz García se puso al volante por primera vez de un tráiler de larga distancia rumbo al extranjero sintió el corazón cabalgar desbocado en su pecho. Tenía de su parte una profunda formación previa, una sonrisa indubitable en el rostro y la seguridad que su compañero, Francisco Blanes, le transmitía desde el asiento del copiloto.
Partían hacia Holanda, en un viaje con jornadas de 21 horas de duración y con descansos que apenas les permitían comer algo, ducharse y descansar durante un pequeño espacio de tiempo hasta volver al asfalto. Y, sin embargo, lo cuenta con un entusiasmo palpable en la voz.
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Recuerda el trayecto al país de los tulipanes como una travesía repleta de "paisajes preciosos, gente amable y una arraigada cultura del camión": "Holanda siempre es uno de nuestros recorridos favoritos", reconoce sobre aquel primer periplo.

Luz García sonríe ante la cámara junto a su camión y frente a un atardecer memorable.
Hasta llegar allí hubo mucho camino previo. Horas de estudio, esfuerzo y aprendizaje para ponerse al volante de su camión, un DAF XG de 480 caballos. Pero no solo había invertido tiempo: también había dejado atrás una vida entera. Y, por fin, allí estaba. En la carretera, cumpliendo lo que un día visualizó, y haciéndolo junto a su compañero, ahora no solo de vida, sino también de profesión.
Un cambio radical
"He pasado por tantos trabajos...", admite entre risas la joven de 30 años al preguntarle acerca del oficio que abandonó para dedicarse al transporte internacional. Desde ejercer en comedores escolares y escuelas de verano a ser trabajadora social -la carrera que estudió en sus años universitarios-, García reconoce que la idea de ser camionera junto a su novio llegó en un momento de incertidumbre laboral en el que no encontraba trabajo de aquello que había estudiado.
La inspiración aterrizó gracias a parejas que mostraban en redes sociales cómo era un día en el camión. Aquel "buen rollo" que Luz veía en los vídeos, sumado al amor sempiterno que Fran tenía por los tráileres y la tradición familiar que reflejaba el árbol familiar -su padre fue camionero durante toda su vida- hizo que todo encajase.

Luz García subiendo a su camión.
El proceso para convertirse en camionera no fue precisamente sencillo. Antes de subirse a la cabina de su propio tráiler tuvo que superar varias fases y obtener distintas licencias. Primero, sacarse el carné C y, después, completar el CAP (el Certificado de Aptitud Profesional), que acredita la capacitación para trabajar en el sector.
El último paso fue obtener el C+E, imprescindible para conducir vehículos articulados. Cada etapa exigía superar una parte teórica y otra práctica, esta última dividida, a su vez, entre maniobras en pista y circulación en carretera: "Fue una locura. Tardé bastante. De hecho, las últimas pruebas las estuvo compaginando con un empleo de trabajadora social que terminó por surgirme".
El día a día en un camión
"No deja de ser un trabajo agotador. Tenemos pocos descansos y estamos fuera de casa mucho tiempo. El otro día fue el cumpleaños de mi madre y yo no pude estar. Me sentí extraña", cuenta Luz. Habla sin pena ni aflicción. Se sabe en el lugar en el que quería estar y reconoce aquello que hace que todo merezca la pena.
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Y es que, aunque la carretera le roba horas con los suyos, a veces también se las devuelve de la manera más insospechada. Hace un tiempo, una prima suya viajó a Almería y ella no pudo recibirla porque estaba de ruta. Sin embargo, semanas después, el camión le regaló una oportunidad para remediarlo.

Un camión de la empresa almeriense J. Carrión en una retención en la frontera francesa.
Durante un viaje por Francia, Fran y ella hicieron coincidir su recorrido con el de sus familiares y lograron reencontrarse en una estación de servicio. Allí, en mitad de la carretera y lejos de casa, pudo abrazar de nuevo a alguien a quien llevaba mucho tiempo sin ver.
Como cuenta la camionera, basta con un instante para que todo cobre sentido: la carretera por delante, música o un pódcast como banda sonora de su peregrinaje y la luz dorada de un atardecer de postal colándose por la cabina. Fran y ella riendo por alguna broma compartida, envueltos en esa complicidad que solo dan los kilómetros recorridos juntos. Es en momentos así cuando el cansancio pesa un poco menos.
"Hay días en los que estamos fuera de nuestro país, de nuestro hogar, y nos encontramos un poco desamparados. Muchas veces, son los propios locales los que se paran a ayudarnos. Eso también nos hace valorar mucho este trabajo", añade a la lista.
"Mujer, tenía que ser"
Cuando una chica joven anuncia que quiere dejar su empleo como trabajadora social para ser camionera, las miradas que recibe en respuesta son, cuanto menos, de extrañeza. Hacerse un hueco en un sector tan masculinizado como el del transporte no fue fácil, especialmente durante las primeras semanas.

Un camión de la empresa J. Carrión.
La almeriense explica que al principio sentía una presión constante por demostrar que era válida, no tanto por el trabajo en sí, sino por el juicio ajeno. Cuenta que, cuando llegaba a zonas de carga o descarga y era ella quien conducía, muchas personas paraban lo que estaban haciendo para observar cómo maniobraba. Esa vigilancia constante le generó ansiedad y una sensación de tener que esforzarse más que el resto.
También reflexiona sobre ciertos comportamientos que, aunque a veces nacen desde la buena intención, esconden un sesgo de género: personas que se acercan a ayudarla por asumir que no sabrá aparcar o maniobrar el camión por ser mujer.
Con el tiempo, afirma que ha aprendido a relativizar esas situaciones: "A veces no disfrutaba porque estaba teniendo que forzarme por ocupar un lugar, un espacio. Ahora entiendo que quien me juzgue, haga lo que haga, lo seguirá haciendo; así que he optado por centrarme en hacer bien mi trabajo y confiar en mí. Estoy descubriendo habilidades que no sabía que tenía".
Dicho esto, Luz tiene algo claro. Aunque hoy disfrutan de cada ruta, de cada país nuevo y de cada salida del sol vista desde la cabina, ambos tienen claro que esta no será su vida para siempre. La carretera les ha dado libertad, aprendizaje y una forma distinta de entender el tiempo y la pareja, pero también les ha enseñado el valor de echar raíces.
Saben que llegará el día de bajar del camión y buscar una vida más pausada. Hasta entonces, seguirán sumando kilómetros juntos, con la certeza de que este viaje ya les ha cambiado para siempre.