El gran taller del maestro Pedro
Todos los camiones de Almería pasaban por las manos de la familia Marqués

De izquierda a derecha: Luis Marqués, Juan Cerezo y Pedro Marqués.
El maestro Pedro era toda una institución en Almería. No había un solo camionero en la ciudad que no hubiera pasado al menos una vez por el taller que regentaba en la antigua Carrera del Perú, frente al barrio de Regiones. El negocio llegó a calar tan hondo en el barrio, que se fue convirtiendo en una referencia sentimental. Por las tardes, a esas horas en las que la actividad daba un respiro, se organizaban grandes tertulias en la puerta en las que se repasaban las historias de los vecinos y de la propia ciudad.
De noche, cuando las calles se quedaban desiertas, la luz del taller seguía encendida, a veces hasta la madrugada si había que cumplir con algún encargo urgente. Cuentan que allá por los años cincuenta, cuando el taller se instaló frente a Regiones, la bombilla que el maestro Pedro instalaba en la puerta era la única luz de aquel camino que comunicaba con la vega.
Detrás del taller estaba la figura de Pedro Marqués Segura (1897-1972). Sus comienzos se remontan hasta finales de los años veinte, cuando se instaló en un local de la calle Padre Santaella para arreglar las ballestas de los coches de caballos, que en aquellos tiempos eran mayoría. La fragua estaba enfrente del maestro soldador Miguel Cuadrado, dos establecimientos que marcaron una época en Almería. Eran muy nombrados los partidos de fútbol que en la calle Javier Sanz, que entonces era de tierra, organizaban por las tardes los aprendices del taller de Cuadrado con los muchachos que trabajaban en el taller del maestro Pedro Marqués.
El negocio fue creciendo tan deprisa como la ciudad y la calle Padre Santaella se fue quedando sin espacios. Cuando los coches de caballos empezaron a decaer llegaron los camioneros y con ellos la oportunidad de buscar nuevos horizontes en las afueras de la ciudad para poder montar un establecimiento acorde con los nuevos tiempos. La oportunidad se le presentó de repente al maestro Pedro, al que la suerte le concedió un importante premio en un sorteo de la lotería. Con el dinero que ganó se compró un terreno en la Carrera del Perú, junto a la esquina de la Carretera de Ronda, al lado del antiguo transformador eléctrico que le daba la luz a todo el barrio de Regiones.
La familia no se lo pensó dos veces. Con las ganancias de la lotería pudieron montar el nuevo taller y dos viviendas. Cuando inauguraron el nuevo negocio todo estaba por hacer en aquella acera frente a Regiones Devastadas. La calle era el camino que llevaba a los parajes de Gachas Colorás y unía la ciudad con lo que todavía era la vega.
El maestro Marqués, junto a sus dos hijos, Luis y Pedro, iniciaron una etapa de gran éxito profesional. Eran los mecánicos más capacitados en Almería a la hora de reparar las ballestas, que formaban parte del sistema de suspensión de los camiones. Era su especialidad, por lo que todos los camioneros que llegaban a la ciudad con una avería acababan visitando el establecimiento de la Carrera del Perú, que contaba con unas instalaciones modernas en un lugar privilegiado, ya que la Carretera de Ronda era el camino obligado hacia Granada y Murcia.
Era un trabajo de una dureza extrema. Se movían grandes pesos utilizando solo la fuerza de los brazos. Había tanta faena entonces que tenían que abrir hasta los sábados y quedarse de madrugada si el cliente necesitaba el vehículo para trabajar al día siguiente.
La familia Marqués tenía una extensa cartera de clientes. Le trabajaban a Cementos Alba, a las Minas de Gádor, a los autocares Frahemar, a Bernardo, a los autobuses de Saltúa y a la empresa Piquer cuando necesitaba reforzar aquellos camiones de la marca Ebro que tanta fama tuvieron allá por los años sesenta. Hasta los furgones de la Guardia Civil pasaron por las manos de los Marqués y del oficial Juan Cerezo, que más que un operario era uno más de la familia. Después llegaron más negocios a la calle, como el de los coches Renault de Darío Fernández y las grúas de Manolo y González, que abastecían a toda la ciudad.
Todavía, en la memoria de los vecinos de Regiones, se mantiene viva la imagen de aquellos mecánicos de raza, cubiertos de grasa hasta los pies, sentados en la puerta del taller tomándose un respiro. Nunca estaban solos. Siempre tenían la compañía de algún cliente o de algún amigo que pasaba por allí a echar un rato de conversación y a disfrutar del botijo del agua, que llegó a ser tan importante como el propio negocio.