La Voz de Almeria

Almería

La rareza de encontrarse una plaza donde aún no han llegado los bares

La Plaza de Bendicho es de los pocos rincones del centro sin negocios

Monumento a la profesora Celia Viñas que preside uno de los jardines de la Plaza de Bendicho

Monumento a la profesora Celia Viñas que preside uno de los jardines de la Plaza de Bendicho

Eduardo de Vicente
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Cada vez son menos las plazas y las calles del centro de la ciudad que se mantienen medio aisladas sin que algún negocio de hostelería haya venido a alterar su paz natural. Entre estos rincones que parecen alejados del mundanal ruido destacan dos plazas: la de Careaga y la de Bendicho. La Plaza de Careaga, desde la última reforma, ha tenido varias tentativas de empresarios dispuestos a poner bares, pero la negativa de los vecinos ha truncado todas las iniciativas, por lo que este escenario ha conseguido mantenerse al margen del torbellino que generan este tipo de negocios.

La de Bendicho es, sin ninguna duda, una de las pocas plazas de Almería que conservan casi todos sus rasgos de plaza antigua, aunque ya no sea ese lugar de encuentro que era hace medio siglo, cuando los niños jugaban alrededor de los jardines y los vecinos se sentaban en los bancos aprovechando las sombras. El lugar sigue conservando la vegetación y las sombras, pero debe de ser una de las pocas plazas de la ciudad que no tienen ni un solo banco para poder descansar. Hace años, el ayuntamiento decidió que los bancos sobraban porque los fines de semana se convertían en el refugio perfecto para los rezagados que de madrugada subían desde la zona de la marcha en la calle Real y la Plaza de Masnou y remataban la juerga o la borrachera tumbados en los jardines y en los bancos de la Plaza de Bendicho.

Vista de la Plaza de Bendicho también conocida como Plaza de los Olmos.

Vista de la Plaza de Bendicho también conocida como Plaza de los Olmos.

Hay quien echa de menos aquellos bancos en un lugar que se ha convertido en una rareza dentro de un casco histórico seriamente marcado por la influencia de los bares, que han ido extendiendo sus redes de tal forma en los últimos tiempos que se han convertido en los únicos negocios que parecen tener futuro en esta ciudad. En la Plaza de la Catedral acaban de poner en marcha un segundo bar, que se une al Montenegro que ya existía. En la Plaza del Granero sigue reinando el Montenegro antiguo. En la Plaza de la Administración Vieja, donde parecía que solo había cabida para el Bahía de Palma, llegó un nuevo establecimiento hostelero que se ha instalado en medio de la plaza con una amplia terraza.

Hay plazas que se han transformado de tal forma que han perdido su naturaleza de plazas para ser terrazas de bares. El ejemplo más rotundo lo tenemos en la del Conde Ofalia, un escenario que siempre fue un lugar tranquilo y que hoy ha sido conquistado casi al completo por la hostelería. La única tienda de ropa que allí existía está a punto de cerrar sus puertas. Es un caso parecido al de la Plaza de Vivas Pérez, la que siempre conocimos como la plaza de la funeraria o la plaza del Baúl de la Abuelita, que ha sido medio borrada del mapa por un bar que con el consentimiento de la autoridad se ha quedado con

media plaza para convertirla en una gigantesca terraza. Está bien que florezcan este tipo de negocios y que den más vidas al centro, pero lo que no se puede admitir es que un negocio particular se adueñe de un espacio público por muchos impuestos que paguen al heraldo municipal.

El mismo camino sigue la querida Puerta de Purchena y el nuevo Paseo, que acabará poblándose de negocios de hostelería y de grandes terrazas. En lo que fue la histórica botica de Durbán ha aterrizado la hostelería, uniéndose a los dos grandes kioscos con sus terrazas que ya existían enfrente. En ese camino que parece irremediable se ha metido también la noble calle de las Tiendas, que en unos años podría pasar a llamarse calle de los bares, ya que siguen abriendo nuevos establecimientos hosteleros que los fines de semana reducen la calle a un pasadizo cuando montan sus terrazas.

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