La Voz de Almeria

Almería

Los mil oficios de Filomena y Domingo

Ella tenía el espíritu de las mujeres renacentistas: partera de más de 30 pueblos, turronera y empresaria turística: él fue uno de los últimos almerienses participantes en la Batalla del Ebro en la brigada de Carabineros

Domingo Martínez Bautista y Filomena Sánchez, un matrimonio feliz en su casa de Cóbdar donde vivieron los últimos años de su vida.

Domingo Martínez Bautista y Filomena Sánchez, un matrimonio feliz en su casa de Cóbdar donde vivieron los últimos años de su vida.La Voz

Manuel León
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En una pequeña casa de Cóbdar, abrazada por Los Filabres, habita el espíritu de una mujer renacentista del siglo XXI. Esta émula de Leonardo, Filomena Sánchez Almansa, que dejó este mundo con más de 87 años en el costillar, tenía aún el brillo en los ojos de los empresarios y se dedicaba a rehabilitar casas ruinosas del pueblo para el turismo rural. Más de veinte ha arreglado y las ha vendido a cambio de una comisión.

Gracias a su labor, ese pueblo que se moría de viejo cogió algo de aire. Además de la actividad inmobiliaria, Filomena -Filo para sus vecinos- se dedicaba también a la elaboración artesanal de turrón de almendras, el más genuino, aseguran, de toda la comarca del mármol. Antes, esta emprendedora rural fue también partera con 30 pueblos a su cargo en el Valle de Arán, cuando emigró con su marido después de la Guerra. Trabajó también de guardesa, de camarera de hoteles en Francia y en el Parque Atracciones del Tibidabo de Barcelona.

Pero lo que más tiempo le ocupó en los últimos años de su vida fue su labor como escritora de cuentos de las costumbres populares de sus antepasados con títulos como El poder de las pulgas (la historia de dos canónigos que se refugiaron en una cueva de Cóbdar durante la Guerra Civil y las pulgas les comieron las orejas), El chiquillo de los huevos rotos o El burro cagaduros. Reunió todos los manuscritos en un bloc, con pretensiones de libro, con el título Cuentos e historias de placeres y anduvo a a la búsqueda de editor. “Descubrí el don de la escritura ya de vieja, cuento las cosas de las que me acuerdo de mi infancia, la mitad son reales y la otra me las invento. Escribo sobre todo cuando estoy rabiosa, siempre a mano, y el farmacéutico don Paco me lo pasa al ordenador”, explicaba con voz temblorosa. Filomena nació en 1921 en una familia de molineros maquileros. De Cóbdar a Albanchez había once molinos en esos tiempos del charlestón. Se molía entonces el grano de trigo con la fuerza del agua del río en el cárcabo y se pagaba con harina. También venían los arrieros de Albanchez que traían los cestos de sardinillas y jurel en recuas de burras. No había hielo y si el pescado se ponía feo se lavaba en el río. “Cuando yo era una niña, en Cóbdar vivían más de mil vecinos -ahora sólo hay 200- en el monte veíamos cabras montesas, jabalíes, zorros y búhos. Había una vega de naranjos y la montaña estaba llena de olivos y almendros. En el río cogíamos ranas y tortugas”, recordaba Filomena. Contaba esta emprendedora almeriense que “durante la Guerra, como en tantos otros lugares, hubo algo de jaleillo, lo peor es que cuando cogían algún pueblo los rojos se tenían que volver todos rojos y luego venían los fascistas y había que ser fascista. Yo tenía catorce años cuando empezó la Guerra”.

Los ricos del pueblo, entonces, eran las filomenas, nada que ver con la protagonista y su padre que era el cacique y el dueño del casino. Filomena estuvo sirviendo de moza en la casa del médico de Cantoria, Juan López. Se puso en relaciones con Domingo, su futuro marido, y cuando acabó la Guerra se casaron. Él, de la Quinta del Biberón, estuvo combatiendo al lado de Negrín en el frente de Aragón, pasó a Francia y volvió con un salvoconducto y con mucho miedo en el cuerpo.

El empresario local y alcalde, Pepe Basiliso, intentó recuperar la actividad de las canteras, pero los bancos no le daban crédito y Cóbdar se despobló. Filomena y Domingo permanecieron 30 años en la emigración, en el Valle de Arán. Ella, como camarera y él en una central hidroeléctrica y de guarda en un polvorín. Tuvieron cinco hijos. “Nosotros quisimos siempre volver a nuestro pueblo querido, pero ésto era un desastre, las calles estaban llenas de piedra y aquí no había quien viviera, pero empezamos a arreglar casas y la cosa cambió, ahora los fines de semana esto se anima”, expresaba la ya octogenaria empresaria. En su pequeña casa, al pie de Los Filabres, Filo seguía hasta hace poco elaborando turrones y cuentos con la ilusión de una colegiala. Su marido Domingo era un anciano venerable de mirada pérdida y mostacho plateado. Abrigado a conciencia contra el frío de Los Filabres. y a sus pies crepitaban siempre troncos de olivo. En el anular una sortija de oro y con la otra mano sostenía una gorrilla de boy scout. Domingo Martínez Bautista (Oria, 1919) era un nonagenario, con casa en Cóbdar, de aspecto pacífico, aunque su biografía acumulaba algunas páginas de hombre de acción. Hijo del Almanzora, de las nieves y de los filones de mármol blanco, fue uno de los pocos almerienses, que aún no criaban malvas, que luchó con una ametralladora checa en la Batalla del Ebro.

El bueno de Domingo, nacido en Los Estrechos de Oria, hijo de labradores, criado en el secano de Cantoria, se vio con 19 años, sin quererlo ni beberlo, pegando tiros en la mayor batalla de la Guerra Civil española. Con su novia Filomena y unas tierras de secano esperándole en la retaguardia. Se tragó la maldita Guerra, la de rojos y nacionales, la de fascistas y masones, la de bolcheviques y falangistas, la de rusos contra italianos, la de milicianos contra moros, de rabo a oreja. Se fue al frente como voluntario de la III Brigada de Carabineros, bajo el mando de José María Galán (no le valió de nada, porque al acabar la contienda como perdedor tuvo que hacer cuatro años de Mili con Franco). Combatió en Castellón, Villarreal, Burriana, Tortosa y de allí pasó al frente de Teruel, donde volcó con un camión por un barranco y tuvo que permanecer convaleciente varias semanas en el Hospital de Sangre de Fraga (Lérida). Postrado sobre un colchón de lana tuvo tiempo Domingo de acordarse del trigo del Valle del Almanzora, del sabor del aceite de los olivos de su padre, de los besos de su prometida. Pero el silbido de las bayonetas mandaba sobre cualquier recuerdo.

Después de la Guerra, malvivió nueve meses en el campo de trabajo de San Ciprián hasta que su padre le convenció para que volviera a su tierra natal con un salvoconducto firmado por el cura del pueblo. Y Domingo se arriesgó y volvió, tres años después de su partida, convertido ya en un hombre maduro de 21 años. Allí le esperaba Filomena y toda una vida por delante.

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