La Voz de Almeria

Almería

Almería tiene un nuevo presidente que viene del frío

Se consumó el relevo en Diputación; Eugenio lo bendijo con un beso en la frente y él cogió la vara de mando como un nuevo Moisés

José Antonio García Alcaina, con la vara de mando, tras ser investido presidente.

José Antonio García Alcaina, con la vara de mando, tras ser investido presidente.Curro Vallejo

Manuel León
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Estaba Felipe VI desde el retrato de la pared que parecía no perder detalle; estaban 60 alcaldes sentados en 60 sillas, estaban 20 periodistas acreditados en la sala contigua mirando al plasma; estaba pasando todo eso en la casa que fue de Juan Lirola, en la calle consagrada al cunero Navarro Rodrigo, cuando José Antonio Garcia Alcaina, nacido en 1982 -un casi forastero en la capital, un alcalde de Alsina y bocadillo- se levantó raudo de su escaño con su traje azulado, sin parar de parpadear. 

Antes, Eugenio Jesús Gonzálvez (ayer descubrimos que fue bautizado con un segundo nombre) lo besó en la frente como se besa a un niño Jesús. Y entonces, Alcaina, regidor de María, el pueblo más recóndito de la provincia, se puso delante del enorme libro de la Constitución, jurándola con ahínco de Santa Gadea, como si estuviese declarándose otra vez a su novia Raquel; y llegó por detrás Angel Escobar, en funciones, y le colgó la medalla de la provincia y le tendió la vara de mando convirtiendo, desde ese mismo instante, a Alcaina en el nuevo Abraham de Almería; y todo el mundo pensó -o al menos alguien pensó- a rey muerto, rey puesto. Porque -está escrito por el gran Javier Marías- se tarda cero coma en olvidar al ausente.

“Acepta usted el cargo” -le preguntó Escobar. Y el mariense dijo “sí”, mientras el secretario Mariano Espín lo anotaba para que ese “sí” rotundo, llegado de las cumbres de la provincia, quedase ya sellado en los anales de la historia urcitana. El primer presidente de la Diputación de Almería que es alcalde de un pueblo pequeño (de uno grande ya lo fue Gabriel Amat, presente en primera fila, como María del Mar Vázquez Agüero y Francisco Góngora, y detrás el resto de primeros ediles, desde Olula hasta Pulpí, desde Tahal hasta Garrucha).

Cogió entonces la vara Alcaina con las dos manos y la mostró en posición horizontal y explicó lo que representaban esos 90 centímetros de noble madera de justicia, como báculo de Moisés, para arbitrar conflictos, como se venía haciendo en la época medieval como fiel de la balanza ante desavenencias por las tierras. Viene, por tanto, un hombre nuevo a gobernar la provincia, siguiendo la estela de tantos como Fernández Revuelta, Azorín, Usero, Comendador y tantos más desde que Javier de Burgos y el Marqués de Heredia consiguieron darle vitola de provincia a este espejo de mar en detrimento de Baza; viene Alcaina como un candil de pueblo, como edil que sabe lo que es pisar nieve, de una tierra que fue el granero de la provincia, de campos de mieses y artesanos de la morcilla y la butifarra; viene este técnico en telecomunicaciones, aficionado al pádel y al Real Madrid, a ser el alcalde de los alcaldes, a gestionar el ayuntamiento de los ayuntamientos para que un vecino de Topares no tenga menos oportunidades que otro que viva en la Puerta Purchena; viene con aroma a lumbre de encina, con la obsesión por demostrar que el Guadalquivir nace en Las Cañadas de Cañepla y que los pueblos pequeños hay que cuidarlos -quién no es de algún pueblo- porque no todo tiene que ser vivir cerca de la playa; viene el nuevo presidente de soportar crudos inviernos como un huno, de derrotar por goleada en las últimas elecciones a Paco Díaz Casimiro, a quien colocaron como cunero de urgencia en María tras la descomposición del PSOE local.

Hubo tiempo también para las críticas de la oposición por “lo ocurrido”. “Lo de hoy parece una huida hacia adelante, se ha limpiado lo que ve la suegra”, dijo el portavoz del PSOE, Juan Manuel Ruiz; “El PSOE tiene 15 imputados y el PP 13”, enumeró Pedro Agüera, de Vox, como queriendo que la fiesta no fuera completa. Y “sin luz, la corrupción crece” -remató, mientras los botellines de Fontvella, apilados en las mesas, se iban consumiendo.

Pero era el día de Alcaina, a pesar de las píldoras que lanzaba la oposición. Un Alcaina con cara de bueno, a caballo entre Luis Rubiales y el señor que anunciaba antes la lotería de Navidad en la tele; un Alcaina que lanzó lo que va a ser su corolario: “La clave de bóveda de este nuevo tiempo serán mis alcaldes, trabajaré 24/7 los 365 días al año”. Fue como un Hola y Adiós sabinero, ayer, la Diputación de Almería; se despidió Sabina en Madrid y llegó Alcaina a Almería diciendo que él ‘si quiere domingos por la tarde’, si hace falta, aunque viva a 180 kilómetros de su nuevo despacho con ventanas al Quinto Toro.

Se consumó el relevo en la Corporación y empezó el besamanos y el carrusel de fotos de los diputados en la tarima de la entrada, con el belén de Miras detrás, en el Patio de Luces, mientras iban bajando los alcaldes y alcaldesas, desde la de Líjar, al de Turre, desde el de Mojácar a la de Tahal, desde Lucainena a Macael, mientras el de Olula -Antonio Martínez- el más hooligan de todos, el Tomás Roncero de los ediles del PP, gritaba “Vaya equipo que tenemos, sois los mejores”, en un día que Alcaina, alcalde pequeño, de nobles deseos, no olvidará en su vida.

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