Los Martínez, un siglo pintando la grandeza de los paisajes almerienses
Pedro Miguel Martínez Medina prepara una exposición que podría ser de despedida

Pedro Miguel Martínez vuelve a escena tras tres años sabático.
Su padre, Miguel Martínez Gómez (1920-2003), era conocido como el genio de los ocres. Plasmó en sus lienzos toda la grandeza y la hermosura de los paisajes almerienses y fue uno de los artistas que dentro del movimiento Indaliano dinamizó el mundo de la cultura de la ciudad en los años más oscuros de la posguerra, cuando hablar de arte era un elitismo. Un siglo después de que su padre empezara a dar sus primeros pasos en la pintura siendo un niño, su hijo, Pedro Miguel, mantiene viva la tradición familiar y prepara una exposición después de varios años de descanso.
Pedro Miguel Martínez ha sido un pintor de apariciones. No ha tenido la continuidad de su padre, que se entregó a su vocación, pero ha procurado volver cada vez que ha podido. “No he tenido todo el tiempo libre que un pintor necesita para poder llevar a cabo el proceso de creación de manera constante. Yo he estado cuarenta años trabajando en un banco, que era lo que me daba de comer a mí y a mi familia”, subraya el pintor.
De su formación cuenta que bebió de las fuentes de su padre sin darse cuenta, viéndolo trabajar. Era un niño cuando se sentaba en un taburete del estudio y en silencio contemplaba a su padre mientras invocaba a las caprichosas musas de la inspiración. No lo hacía pensando en aprender, sino como entretenimiento. “Mi padre nunca me llegó a dar un consejo ni una sola explicación sobre el oficio. Nunca pretendió ser mi maestro. Yo lo veía pintar como si estuviera viendo una película y así fui aprendiendo”.
El primer cuadro de Pedro Miguel llegó por casualidad. Un día, cuando no tenía más de diez años, el artista indaliano José María Molina le propuso hacer un cuadro, como el que hace un dibujo en un cuaderno. Cuando terminó la pintura se la enseñaron a su padre, que se quedó sorprendido porque desconocía que su hijo tenía cualidades.
Las facultades se las guardaba para el colegio. Tanto en la escuela como en el instituto, Pedro Miguel Martínez Medina era un fenómeno en dibujo, donde sacaba matrícula de honor. A pesar de sus habilidades, nunca pensó dedicarse profesionalmente al oficio. Su primera exposición no llegó hasta 1999, cuando estaba a punto de cumplir cincuenta años. Ahora vuelve a escena en el que podría ser uno de sus últimos encuentros con su público, no porque esté pensando en dejar de pintar y colgar los pinceles para siempre, sino porque cada vez es más complicado encontrar una sala en el centro de la ciudad para exponer y porque no corren buenos tiempos para la pintura. “Cada vez se venden menos cuadros”, subraya el artista.
La crisis a la que se refiere no es por falta de vocaciones, sino porque han cambiado algunas costumbres que antiguamente fomentaban la venta de cuadros. “La moda ha cambiado. Antes ibas a la consulta de un médico o al despacho de un abogado y te encontrabas con pinturas decorando las paredes. Ahora, las nuevas generaciones no van por ese camino”, reconoce el pintor.
Pedro Miguel Martínez regresa con el equipaje cargado de paisajes y marinas pintadas al oleo, donde el artista saca lo mejor de su arte, consiguiendo hilar fino en detalles tan delicados como el mar, la espuma y las olas. “Mi padre decía que la acuarela era la zarzuela de la pintura y el oleo, la opera. Siempre me he dedicado al oleo y siempre he tenido una inclinación natural hacia los paisajes marinos, aunque sé de antemano que son los que más te hacen sufrir”.