Garaje Central: el regreso
"Tote de Simón, alma generosa de la cultura almeriense, se empeñó en que la memoria de Garaje Central volviera a latir en forma de festival"

Amor de Madre, durante su actuación en la fiesta revival de Garaje Central.
En los años ochenta estalló una eclosión creativa de dimensiones atómicas. Fue un salto cuántico, generacional y social, que sacudió los cimientos de una España recién maquillada de modernidad.
La prosperidad de la época permitió que brotara una clase media juguetona y ambiciosa, que diluyó por un tiempo las fronteras entre clases sociales. Las criaturas de ese presente se mezclaban sin complejos, se enamoraban, se iban a vivir juntas, y hasta pasaban por la vicaría si las familias se ponían muy teatrales.
Nos comíamos la vida —y otras cosas— a cucharadas.
De El Cairo al Camurí, peregrinaje de fin de semana
El fin de semana arrancaba en el café El Cairo, regentado por César y Julio Pírez, recién llegados a Almería. Montaron aquel local coqueto que evocaba los viejos cafés europeos, con su aire bohemio y su música de importación. Ellos mismos eran músicos, los de Trementina, banda fichada por Hispavox y producida por José María Cano (Mecano). Aquella producción, acabó por devorarles.
Tras el café, la ruta seguía por los bares de la calle Trajano, donde el vino era vino y las tapas, auténticas. Después venía el baile en el mítico Anagrama, con su música de vértigo y su variada fauna nocturna.
La travesía podía continuar por Camurí, un templo de lo cutre sublime, poblado de punkis, roqueros y músicos que hoy visten bata blanca, toga o alzacuellos. El local lo comandaba Armando, personaje delirante y brillante, líder de la banda más improbable del lugar: Armando Frenillo y las Hermanas Barranco.
El corazón after de Almería
Y cuando aún quedaban fuerzas, la noche se cerraba —o se abría— en Garaje Central. Aquel refugio de madrugada era el corazón desbocado de la movida almeriense. Un after donde todo podía pasar y casi siempre pasaba. Allí se subían a tocar las bandas locales, muchas con alma punk, junto a grupos forasteros que dejaban huella, como Siniestro Total, cuyo concierto sigue siendo leyenda: público y músicos navegando en el mismo delirio.
Cuarenta años después
Han pasado más de cuatro décadas desde aquella sacudida creativa. Y merecía su homenaje. Tote de Simón, alma generosa de la cultura almeriense, se empeñó en que la memoria de Garaje Central volviera a latir en forma de festival.
Las puertas del viejo local —hoy La Pajarería— se abrieron a las seis de la tarde y no se cerraron hasta entrada la madrugada. Desde el principio, la sala se llenó de un público variopinto, inesperadamente arreglado y perfumado. Un cruce entre cayetanos y chonis, hablando alto y prestando poca atención al arranque del acto. La presentación corrió a cargo de Iván González, de Sí FM, acompañado de los antiguos responsables de Garaje, dos de los hermanos Alemán, en un ejercicio de memoria viva.
Después, el legendario músico y locutor Juanma Cidrón, junto a Nacho Ruiz, evocaron aquellas maquetas, de sonido bronco y sucio - el punk era así - que Cidrón difundía en su mítico programa La Escalera Mecánica. Aquel rescate sonoro provocó la estampida: parte del público se esfumó, justo cuando llegaban los de espíritu más afín.

Iván González, Nacho Latas (Nacho Ruiz) y Juanma Cidrón, durante la fiesta.
Los Reincidentes: liturgia punk y resurrección colectiva
“Entré en Los Reincidentes porque quería formar parte del peor grupo de la historia.” —Nono Cañizares
La aparición de Los Reincidentes fue una descarga eléctrica. Nacho Ruiz, líder del grupo, rugió como poseído: un hombre tranquilo mutado en bestia escénica. Entonces ocurrió la resurrección colectiva. El público despertó de su letargo, reclamando esa liturgia adolescente incrustada en su ADN, ese instinto dormido que aún sabía moverse al compás del desmadre.
Nacho disparaba laca y serpentinas de colores. La sala, encantada, se rendía al ritual. Con La noche es un terror, No es así o El zapato, los años se disolvieron. Volvimos a los diecisiete.
En pleno concierto, Ruiz preguntó a Cañizares por qué se había unido al grupo. Él respondió con solemnidad imperturbable: “Porque quería formar parte del peor grupo de la Historia.”
Una respuesta tan brillante que eclipsó, por un momento, incluso a Peor Imposible.
Amor de Madre: el otro pulso del recuerdo
El broche de la noche lo puso Amor de Madre, con un directo soberbio que merecería su propia crónica. Nunca fueron tan feroces como Reincidentes; su sonido, un pop-punk-garaje juguetón, se arropaba con las letras punzantes de Antonio Molina, 'Antoine'. Abrieron con Míriam controla, y al instante entró en juego otro público: mujeres de casi sesenta, enfundadas en rejillas y mallas negras, reviviendo el espíritu de Ana Curra versión almeriense.

Fiesta revival en La Pajarería recordando los años de Garaje Central.
Sonaron Miriam controla, Situación violenta, Amor a muerte, la hilarante Reina de la butaca, Resfriado en el Kremlin, el devocional Mi tío y ese bolerazo, Bochorno, de Leopoldo Alas. El bajo de Sogui con su swing inconfundible, la pegada de Zapa a la batería y la percusión elegante de José Romacho mostraron que Amor de Madre sigue engrasado.
Hubo un momento de emoción contenida cuando se recordó a dos de los suyos, Manolo Osorio y Juan Peregrín, ausentes pero presentes.
Ausencias que pesan
Brilló por su ausencia el concejal de Cultura. En los corrillos del final se escuchaban comparaciones inevitables: los años dorados de apoyo institucional frente a la tibieza actual. Todos coincidían en lo mismo: nada ha vuelto a ser igual desde que Pepe Guirao, arrebatado por el más allá que llaman cielo, dejó de pilotar la cultura almeriense y nacional.