El bailarín almeriense que ha devuelto el taranto de Almería a escena
Gustavo Criado Barón ha conquistado escenarios por varias provincias españolas, llevando a su tierra por bandera

Gustavo Criado Barón, bailarín y bailaor almeriense
El zapateo rompe el silencio. Un taconeo firme, preciso, que resuena como un latido antiguo. En el escenario, una figura se impone. El público guarda silencio. No es solo danza: es una declaración. Lo que se refleja es la veteranía de un oficio, los años de pasión y constancia, el tiempo entregado a una vida sobre las tablas.
Él es Gustavo Criado Barón. Nació en la calle Serafín número 33 de la ciudad de Almería, en 1966. Desde entonces, el baile ha sido su camino y su voz. Lleva más de cuarenta años bailando con un objetivo claro: expresar, conmover, contar algo con el cuerpo.
—La danza es un mundo fascinante —afirma Criado, con la certeza de quien lleva toda una vida dedicada a ella—.
El pasado 25 de julio, en el Parque Andaluz de Carboneras, su espectáculo puso en pie al público. Una de sus coreografías, un taranto almeriense, no fue solo un espectáculo: fue un acto de identidad. De arraigo. Un regreso a casa. En cada marcaje, en cada pausa, se escuchaban ecos del pasado. De su infancia. De su madre. De su tierra.

Gustavo Criado y sus alumnas en el último espectáculo dado en Carboneras
—¿Por qué ahora el taranto?
—Porque era una cuenta pendiente. Nunca lo había bailado y, de pronto, sentí que era el momento. Hay algo muy íntimo en ese palo. Está en el acento, en las letras, en mi infancia. Me llevó a mi madre, a mi casa. Y me dije: ahora sí.
Criado baila con hondura. Pero también con historia. Comenzó en los años 80, en el grupo de Coros y Danzas Tradicionales del Ayuntamiento de Almería y en la escuela de ballet de Amelia del Águila. Con solo 21 años, decidió que si quería dedicarse a esto profesionalmente, tendría que irse. Y se fue. A Murcia. A Málaga. A Mallorca.
—La Almería de entonces no ofrecía oportunidades —recuerda—. Éramos muy pocos los que nos dedicábamos a esto. Paco Berenguel, Carmen Vergel y yo. Pero si querías bailar, había que salir.
Lo hizo. Bailó con Lucía Montes, debutó en el Tivoli World, formó parte de la compañía de Maite Galán y recorrió tablaos y teatros. Luego, regresó a su pueblo, Carboneras, donde sigue enseñando y creando. Y después de tanto tiempo, alcanzó la veteranía y la madurez que requería el taranto.
—Es un palo duro, con mucha hondura. Es jondo, íntimo, muy hacia dentro. Deriva de la taranta, pero Carmen Amaya le aplicó compás para poder bailarlo. Y eso lo cambia todo.

Gustavo Criado en sus inicios como bailarín y bailaor
La coreografía no fue sencilla. Se necesitó tiempo e historia.
—¿Cómo se construye un baile así?
—Dejándote llevar. Sin saber muy bien por dónde empezar. Comienzas, escuchas, pruebas… Y el propio cante te lleva. Hay un momento en el que surge. Y entonces sabes que va por ahí.
Y en su caso, se confirmó. El público supo por dónde iba. El taranto llegó. Gustó. Conmovió.
—Las chicas estaban encantadas. Es una pieza que no esperaban.
Porque cada vez es menos frecuente ver este palo sobre el escenario. Igual que tampoco es común ver una propuesta como la de Criado. Él no se queda solo en el flamenco. Es bailarín y bailaor. Su trayectoria va desde la danza clásica española hasta propuestas comprometidas con la igualdad y la violencia de género. También ha bailado México, Mary Poppins. Lo que haga falta.
—¿Cuál es el hilo conductor de todo ello?
—La intención. Siempre busco tocar al espectador. Y siempre hay un clásico español como unión: La Torre del Oro, El Baile de Luis Alonso. Pero también me gusta dar saltos. Jugar con la fantasía. Hacerlo ameno, sobre todo para los más pequeños.

Gustavo Criado y su Academia de Danza al terminar el último espectáculo
Ahora, en esta etapa de veteranía, elige propuestas con más peso. Más serias.
—¿Qué ha cambiado en Gustavo desde los 80?
—Ahora me identifico más con un palo duro, como el taranto o una soleá. Bailo distinto. Más desde dentro.
Y también enseña. Desde muy joven, la docencia le ha acompañado como un segundo escenario.
—¿Qué papel juega la docencia en su vida artística?
—Todo. Aprendía y enseñaba al mismo tiempo. Es algo que siempre he sentido como parte de mí. He bailado mucho, pero he dado aún más clases. Y enseñar me ha hecho entender el oficio. La constancia.
Lo dura que es la danza. Porque hay días en los que no puedes más y aun así hay que salir y darlo todo. Eso, para Criado, también es danza. Al igual que los propósitos sociales. También son danza. En sus espectáculos más recientes ha incorporado poesía de Lorca y temas sensibles. No busca solo entretener, quiere que el público se conmueva.
—En una función por el Día de la Mujer muchas personas acabaron con lágrimas en los ojos. Eso es lo que busco. Que salgan pensando. Que tomen conciencia.

Gustavo Criado y sus alumnas en el espectáculo por el Día de la Mujer
—¿Y qué le sigue emocionando a usted, tantos años después?
—Cualquier cosa. Una mirada, mis alumnas que no me fallan, un recuerdo que vuelve. Subir a un escenario sigue siendo un privilegio. Y a veces, en medio de un ensayo, me viene la emoción sin avisar.
Gustavo Criado Barón ha recorrido medio país bailando. Ha combinado estilos, formado a generaciones y hoy sigue defendiendo, en cada paso, una forma de estar en el mundo. Y aunque su carrera lo ha llevado lejos, nunca ha dejado de volver a casa. A Almería.
Porque si algo define su danza es la raíz. Y el taranto, con su lamento hondo y su compás medido, no ha sido solo un baile. Ha sido su manera de decir: “Aquí estoy. Esta es mi tierra. Este es mi baile”.