La Voz de Almeria

Cultura

Para Antonio Morales Medina, en su último viaje

Adiós al sobrino del viudo de Celia Viñas

Antonio Morales Medina.

Antonio Morales Medina.María José Álvarez

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ramón crespo

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Me enteré de la noticia en uno de esos despersonalizados y concurridos pasillos de aeropuerto, en plena vorágine de gentes de diferentes razas y credos enfilando la salida y con la misma urgencia para no perder un solo segundo de sus anheladas vacaciones. Como todas las muertes no anunciadas, imprevistas, sin tiempo para intentar entenderlas, la de Antonio Morales Medina, parece sin sentido.

Antonio formaba parte de Almería desde el mismo día de su nacimiento. Sobrino de Arturo Medina, esposo viudo de Celia Viñas, era como un trasmisor de alcurnia de la memoria cultural que nutre nuestra mejor historia. Siendo todavía estudiante de arquitectura rehabilitó la casa familiar de su tío, a los pies de la Alcazaba, respetando la idiosincrasia del lugar. 

Desde 1986 realiza por encargo de Cultura, de la Junta de Andalucía, proyectos de intervención en el yacimiento arqueológico de Los Millares, trabajos que publicaría la Universidad de Almería, como también fueron publicados en 2012 sus investigaciones sobre el puerto: El puerto de Almería: proyectos y obras de edificación y urbanización (1800‑1950). A esta disciplina científica Antonio añadía una especial querencia por la cultura y las artes, propia de su sensibilidad, heredada y cultivada a la par.

En los últimos años, Antonio se convierte en un defensor del buen vivir, un refinado degustador de los pequeños placeres, hasta el punto de ejemplificar aquel “non Far niente”, una manera de ver los asuntos cotidianos con la distancia necesaria, y a riesgo de ser tachado de bon vivant.

Su casa en el pueblo granadino de Capileira resumía esa mirada, ese gusto por lo antiguo, lo mejor de un pasado rural a ojos de un intelectual. De Órgiva a Capileira fue su último viaje por la Alpujarra. Conservó de aquella casa muchos de los elementos originarios, manifestación de una cultura popular tan denostada por el desarrollismo de una España que presumía de moderna siendo más que cateta. La misma idea de una arquitectura sin arquitectos era, para él tan conocedor de esa disciplina, un homenaje a las raíces. Su visión del arte completaba su personal manera de estar en este mundo. Ese amor por las bellas artes destacaba en la personalidad de un hombre, de un amigo, al que echaremos y echará la ciudad mucho de menos. 

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