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Pitu, el yorkshire de Almería que combatió la soledad y acompañó a tres generaciones durante 19 años

El pequeño perro, que podría ser uno de los más longevos de España, acompañó a los abuelos de Andrea Senovilla en sus momentos más difíciles

Andrea, junto a su abuela y Pitu

Andrea, junto a su abuela y PituCedida a LA VOZ

Sara Ruiz
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Hay compañías que no necesitan palabras para dejar huella. Basta con estar ahí, con esperar al otro lado de la puerta, con compartir las pequeñas rutinas de cada día o con hacer un poco más llevaderas las horas de soledad. A veces, los vínculos más profundos se construyen precisamente así, sin grandes gestos, a fuerza de estar siempre presentes. Y hay historias que lo demuestran mejor que ninguna otra. La de un pequeño yorkshire terrier que, durante casi diecinueve años, acompañó a tres generaciones de una familia de Almería es una de ellas.

Se llamaba Pitu y llegó siendo apenas un cachorro a casa de los abuelos de Andrea Senovilla, una almeriense de 28 años que hoy recuerda con emoción la historia de su inseparable compañero. Corría el año 2007 y este pequeño yorkshire, que al principio se mostraba algo asustado, comenzaba una nueva vida junto a Concha y Miguel, un matrimonio que encontró en él mucho más que una mascota. Su llegada tenía un propósito sencillo: hacerles compañía, especialmente en una etapa en la que la salud de ella se había deteriorado y las rutinas familiares habían cambiado. Lo que nadie imaginaba entonces era que Pitu acabaría convirtiéndose en un miembro más y acompañaría a varias generaciones durante casi diecinueve años.

Un accidente cerebrovascular

La historia de Pitu comenzó a cobrar un significado especial cuando la salud de la abuela de Andrea empeoró. Concha había sufrido un accidente cerebrovascular que le había dejado importantes secuelas y apenas podía moverse. Pasaba buena parte de sus días entre la cama y el sillón, mientras su familia trataba de hacerle la vida un poco más llevadera. Fue entonces cuando Pitu, que apenas llevaba unos meses en casa, encontró una manera muy particular de acompañarla. 

"Muchas veces se lo poníamos encima del sofá y ella lo acariciaba", recuerda Andrea en declaraciones a LA VOZ. Su familia acercaba al cachorro hasta sus manos para que intentara moverlas y acariciarlo. Eran pequeños gestos que no podían cambiar el curso de su enfermedad, pero que conseguían despertar algo en esas jornadas difíciles. Y Pitu, ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor, se dejaba querer.

Tras el fallecimiento de Concha, la casa se quedó un poco más silenciosa. Miguel tuvo que acostumbrarse a la ausencia de su mujer y, durante los cuatro años siguientes, encontró en Pitu una compañía constante. El pequeño perro pasó a compartir los días de un hombre que acababa de quedarse solo. Y lo hizo de la forma más sencilla posible: estando siempre cerca. "Mi abuelo siempre estaba con él y esa compañía, quieras que no, hace mucho", cuenta su nieta, que todavía conserva con especial cariño los recuerdos de esa etapa.

El periódico de Miguel

Entre todos ellos hay una imagen que Andrea no ha olvidado. Cada mañana, Miguel salía de casa para comprar LA VOZ en uno de los quioscos del entorno de la calle Pablo Iglesias. Era una costumbre que repetía a diario y que, sin pretenderlo, también terminó formando parte de la rutina de Pitu. El perro lo esperaba Y se acomodaba a su lado mientras su dueño leía el periódico. 

De vez en cuando, Miguel compartía con él algún pequeño bocado de comida, aunque aquello no siempre sentaba demasiado bien al yorkshire. "Siempre le daba comidillas", recuerda Andrea entre risas. Así transcurrieron cuatro años, entre paseos al quiosco, páginas de periódico y una compañía que hacía menos pesada la soledad. Lo que entonces parecía una escena cotidiana acabaría convirtiéndose, mucho tiempo después, en uno de los recuerdos más queridos de toda la familia.

Una vida entera sobre cuatro patas

Cuando Miguel falleció, Pitu tuvo que acostumbrarse a una nueva casa, aunque no a una nueva familia. Se marchó a vivir con los padres de Andrea, que hasta entonces nunca habían tenido perro. Lo que comenzó como un periodo de adaptación terminó convirtiéndose en muchos años de convivencia, viajes y recuerdos compartidos. Andrea tenía apenas nueve años cuando la mascota llegó a su familia y hoy, con 28, siente que ha crecido a su lado. "Ha estado conmigo más de media vida", cuenta a LA VOZ. Pitu la acompañaba al colegio, la esperaba a su regreso y estaba presente en prácticamente todos los momentos importantes de su infancia.

Con los años, Pitu se convirtió también en un viajero incansable. Le encantaba el coche y bastaba con ver las maletas para saber que se acercaba una nueva aventura. Cada verano acompañaba a la familia a Segovia, de donde procede la rama paterna de Andrea, y tampoco faltó en sus viajes a Granada, donde ella estudió Medicina. Nunca contemplaron la posibilidad de dejarlo atrás. "No hemos hecho viajes sin él. Nunca lo hemos dejado en un hotel para perros ni con nadie, siempre ha estado con nosotros", explica. Así, entre vacaciones, mudanzas y desplazamientos improvisados, Pitu fue sumando años y kilómetros sin separarse de quienes lo habían acogido.

Pero el tiempo también comenzó a notarse en sus pequeñas patas. Los paseos se hicieron más lentos y, hace unos seis años, Andrea decidió comprarle un carrito rojo para que pudiera seguir disfrutando de las calles de Almería. Pronto se convirtió en un personaje conocido en el entorno de Pablo Iglesias, Juan del Olmo y Regocijos, donde los vecinos se detenían para saludarlo y acariciarlo. "Por el barrio lo conocía todo el mundo", recuerda. Detrás de aquel carrito estaba casi siempre su padre, que se volcó en sus cuidados durante los últimos años, multiplicando los paseos cuando Pitu comenzó a necesitarlos. Y al regresar a casa todavía le esperaba una pequeña recompensa que parecía mantener viva una vieja costumbre de su abuelo Miguel: un poquito de jamón.

Una huella que permanece

Los años también fueron dejando huella en Pitu. Perdió parte de la visión, sus patas comenzaron a fallarle y necesitó cada vez más cuidados, aunque nunca perdió del todo sus ganas de seguir adelante. El pasado 18 de septiembre, falleció con 18 años y casi nueve meses, una edad extraordinaria que, según los casos conocidos, podría situarlo entre los yorkshire terrier más longevos de España, aunque no existe una clasificación oficial que permita confirmarlo. "Sabemos que por lo menos está descansando y no sufriendo, que era lo más importante", cuenta Andrea a LA VOZ. Ahora, los vecinos siguen preguntando por el pequeño perro del carrito rojo.

Su historia recuerda también la importancia de la compañía frente a la soledad no deseada, que afecta al 47,3% de los andaluces mayores de 55 años, según el estudio Soledad55+ de la Junta de Andalucía. En los entornos urbanos de la provincia de Almería, el porcentaje alcanza el 44,3%. Detrás de esas cifras hay historias como la de Miguel, que encontró en Pitu una presencia constante después de perder a su mujer. Porque, aunque ningún animal sustituye los vínculos humanos, su compañía puede hacer menos silenciosa una casa.

Andrea quiso compartir esta historia con LA VOZ por una razón muy especial: que Pitu apareciera en el mismo periódico que su abuelo compraba cada mañana mientras él lo esperaba en casa. Casi diecinueve años después, este yorkshire almeriense tiene por fin su lugar entre estas páginas. Y, de alguna manera, también vuelven a encontrarse en ellas Miguel y aquel compañero que nunca lo dejó solo.

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