Una ‘Madame Bovary’ que no resuelve el viejo dilema de las versiones teatrales
Una ‘Madame Bovary’ que no resuelve el viejo dilema de las versiones teatrales
La versión teatral de Madame Bovary consiguió atraer la atención de un buen número de espectadores la noche del pasado viernes, en el Maestro Padilla. La propuesta era tentadora: una joya de la literatura universal convertida en pieza dramática, con un plantel de actores que, salvo alguna excepción, disfrutan de prestigio.
Quizás, la tremenda responsabilidad de abordar dramáticamente una novela de estas características no ha sido suficientemente asumida por el autor de esta versión, Emilio Hernández, que parece haber pretendido acercar el personaje al público actual, por la vía falsa de desposeerlo de algunos elementos de su más profunda esencia. La Enma Bovary que presenta este espectáculo, se acerca demasiado al personaje tópico de cualquier historia de infidelidad de las teleseries, impidiéndole alcanzar toda su dimensión.
Cuando el guión permite a Ana Torrent sacar a relucir sus cualidades de actriz dramática, parece emerger la auténtica Madame Bovary, para, acto seguido, el libreto la sitúa en un plano inferior, carente de tensión emocional y, por tanto de credibilidad. probablemente, sin el conocimiento previo de la novela, el público no tendría una idea aproximada de quien esta esta heroína inmortal. Fernando Ramallo (que interpreta a Carlos Bovary) tiene la suerte de que su personaje mantiene una línea coherente a lo largo de la pieza, y así puede evidenciar sus notable cualidades actorales.
La obra relaja el dramatismo del relato original recurriendo a una cierta comicidad, insulsa y poco ingeniosa. Un matiz que sólo parta una cierta incoherencia a la acción dramática, evidenciando su debilidad y sus carencias en el ámbito de la dramaturgia.
En suma, muy poco teatro para ponerse a la altura de una novela excepcional: escenografía pasable, ambientación musical pésima y una evidente ausencia de criterio a la hora de generar la acción dramática.