La almeriense que enseña una terapia con los pies usada en hospitales de Europa, Asia y América
Médica y reflexóloga podal, Tamara Fernández dirige desde Almería una escuela internacional que forma a profesionales en una herramienta terapéutica

Tamara Fernández en una de sus clases
Hay profesiones que nacen del lugar donde uno crece. En el caso de Tamara Fernández, sus raíces almerienses y su formación médica se encontraron en un punto inesperado: los pies. Fue en un hospital de Madrid, entre pasillos de batas blancas y jornadas de prácticas, donde descubrió que el alivio a veces llega por caminos distintos. Mientras otros estudiantes miraban radiografías, ella observaba pies. Hoy, desde su tierra, dirige una escuela internacional y defiende la reflexología como herramienta terapéutica, una forma de acompañar la salud que combina conocimiento, rigor y humanidad.
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En este contexto, la reflexología no es nueva, pero sí vive un momento de redescubrimiento. Utilizada como terapia complementaria en hospitales europeos, latinoamericanos y asiáticos, esta técnica manual aplica presión en puntos concretos de los pies para promover respuestas en distintas partes del cuerpo. Y así, desde Almería, ella ha convertido su conocimiento médico en un puente entre la ciencia y el bienestar, impulsando una mirada terapéutica más humana y cercana.
Un descubrimiento fortuito
Fue durante sus años de Medicina en la Universidad de Alcalá cuando Tamara se cruzó por primera vez con la reflexología. En segundo curso, dentro de sus prácticas en un hospital madrileño, observó cómo algunos profesionales aplicaban esta técnica a pacientes ingresados. Le llamó la atención el cambio que veía en ellos: rostros más relajados, respiraciones más tranquilas, menos ansiedad. “Veía que el bienestar del paciente cambiaba, incluso sin medicación. Aquello me despertó una curiosidad enorme”, recuerda.
Lo que empezó como una observación casual se convirtió pronto en vocación. Con la base de su formación médica, Tamara quiso entender por qué aquello funcionaba y cómo podía integrarse en un marco científico. “Yo estudié Medicina y, precisamente por eso, quise llevar la reflexología a un terreno más científico. No desde la intuición, sino desde el conocimiento del cuerpo”, explica con certeza en una charla con LA VOZ.
Su enfoque siempre fue el de traducir la ciencia: explicar con palabras sencillas lo que ocurre en el organismo y cómo esa información puede aplicarse de forma práctica. “La anatomía y la fisiología son la base de todo. Si entendemos cómo funciona el cuerpo, entendemos también cómo acompañarlo”.

Sesión de reflexología
Herramienta terapeútica
Desde entonces, Tamara ha dedicado su trayectoria a entender y enseñar cómo la reflexología puede integrarse dentro de un enfoque sanitario. Define esta técnica como una herramienta terapéutica complementaria, que ayuda al cuerpo a recuperar el equilibrio a través de la estimulación de puntos reflejos en los pies. “No se trata de sustituir la medicina, sino de acompañarla”, explica. “La reflexología puede aliviar el estrés, favorecer la relajación y mejorar la calidad de vida del paciente, especialmente cuando atraviesa procesos físicos o emocionales difíciles”.
La práctica parte de una base sencilla: en los pies existen zonas que reflejan diferentes órganos y sistemas del cuerpo. Al aplicar presión o masaje sobre ellas, se estimulan respuestas fisiológicas que pueden contribuir al bienestar general. Varios estudios científicos han observado beneficios en el manejo de ansiedad, dolor o insomnio, y algunos hospitales europeos —en Suiza, Francia, Noruega, Dinamarca, Reino Unido o España, en el Sant Joan de Déu de Barcelona—, latinoamericanos (Argentina) o asiáticos (el Hospital de Tel Hashomer en Israel) la emplean como terapia complementaria en pacientes con cáncer, enfermedades crónicas o procesos de recuperación.
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“La reflexología no es magia. Es observación, conocimiento del cuerpo y escucha”, señala Tamara. “El bienestar tiene una parte física, pero también emocional, y esa es la que muchas veces se pasa por alto”. En su consulta, cada sesión comienza con una entrevista clínica y una exploración detallada del paciente. “Pregunto cómo duerme, qué le preocupa, si hay dolencias o tratamientos médicos en curso. Luego trabajamos con calma, con aceites esenciales y presión suave, y terminamos dando recomendaciones para el día a día”, explica. “No se trata solo de los pies, sino de ayudar a la persona a reconectar con su propio cuerpo”.

Parte de los pies según los órganos
Escuela de Reflexología
Con el paso de los años, la vocación se transformó en proyecto. Desde Almería, Tamara fundó la Escuela de Reflexología, hoy reconocida como una de las instituciones de referencia en el mundo hispanohablante. Cada año forman a unos 150 profesionales, entre ellos enfermeras, fisioterapeutas y terapeutas de distintos países de Europa y Latinoamérica. “Lo que más me enorgullece es que, desde Almería, hayamos construido una comunidad internacional”, explica. “Tenemos alumnas de España, México, Colombia, Argentina o Suiza. Incluso profesionales de la sanidad pública que aplican la reflexología en hospitales”.
Su formación combina anatomía, fisiología y práctica clínica, siempre con un enfoque científico y ético. Tamara insiste en que la profesionalización es clave para que la reflexología tenga un papel real dentro del ámbito sanitario. “El objetivo es que los profesionales sepan cuándo pueden intervenir y cuándo no, y que trabajen con base en la evidencia. En Francia o Suiza ya se deriva a reflexólogos desde los hospitales; me gustaría que en España llegáramos a ese punto”.
Más allá de la enseñanza, su escuela también es una forma de reivindicar su tierra. “Almería tiene algo especial”, dice con una sonrisa. “Aquí se vive con calma, hay conexión con la gente y con la naturaleza. Esa forma de entender la vida está en la escuela: cuidar, escuchar, acompañar. Me gusta pensar que enseñamos reflexología con acento almeriense”.
Casos que dejan huella
Entre las muchas historias que ha vivido en consulta, recuerda especialmente la de una mujer de unos 60 años diagnosticada de fibromialgia, una enfermedad crónica que causa dolor generalizado y fatiga constante. “No podía hacer vida normal, apenas dormía y se sentía agotada”, cuenta Tamara. “Venía acompañada de su marido, que era quien la cuidaba. Después de varias sesiones empezó a descansar mejor, a tener menos dolor y a recuperar rutinas sencillas, como salir a pasear”.
Un día, la paciente le escribió para contarle que había vuelto a caminar de la mano de su marido, algo que no hacía desde hacía años. “Me dijo que él le había dado las gracias, porque nunca pensó que volvería a verla así. Fue un momento muy bonito”, recuerda Tamara.
Casos como este, explica, no son excepcionales. “A veces no se trata de curar, sino de acompañar”, afirma. “La reflexología ayuda a que las personas tomen conciencia de su cuerpo, de cómo viven y de lo que pueden cambiar. Muchas mejoran el descanso, la digestión, la energía o el estado de ánimo. Y eso ya es mucho”. Esa dimensión emocional, unida a su formación médica, le ha permitido ofrecer un enfoque integrador, donde el bienestar físico y el mental se entienden como un mismo proceso. “Vivimos con demasiado estrés. El cuerpo lo acusa, y los pies lo reflejan. Parar, escuchar y cuidar también son actos terapéuticos”.

Tamara en la Escuela de Reflexología
Hacia el futuro
Para ella, el futuro pasa por la formación reglada y rigurosa, que permita a los profesionales aplicar la técnica con base científica y ética. “La reflexología tiene que enseñarse con conocimiento médico, sabiendo cómo funciona el cuerpo y respetando los límites de cada paciente”, insiste.
Convencida de que la ciencia y el bienestar no son mundos opuestos, Tamara continúa impartiendo clases, investigando y formando a nuevas generaciones de profesionales. Todo, desde su tierra. “Almería me ha enseñado a mirar despacio, a escuchar y a cuidar. Y eso intento transmitir: que el cuidado no es solo tratar una dolencia, sino acompañar a la persona entera”.
Con la serenidad de quien ha encontrado su camino, resume su filosofía con una frase que también podría servir de epílogo: “Porque a veces, la salud también empieza en los pies”. Hoy, en cada clase y en cada sesión, vuelve de algún modo a aquel hospital donde todo empezó. Su trabajo demuestra que la medicina también puede mirar desde abajo, con los pies en la tierra y la vocación puesta en acompañar.