De la farmacia al invernadero: la lucha de una migrante kazaja para homologar sus estudios
Nuria Sagit lleva cinco años esperando la resolución que homologue su título de farmacia

Nuria Sagit.
Cuando Nuria Sagit salió de Kazajistán rumbo a Almería pensaba que emigrar sería empezar una nueva vida, aprender un idioma distinto, volver a sacarse el carnet de conducir y adaptarse a otra cultura. Lo que no imaginaba era que lo más difícil sería recuperar la profesión a la que había dedicado gran parte de su vida. Farmacéutica de formación y antigua trabajadora del Ministerio de Sanidad kazajo, llegó a España con experiencia profesional y un currículo sólido. Sin embargo, desde el verano de 2021 espera una respuesta del Ministerio de Universidades para homologar su título. Casi cinco años después, el expediente sigue apareciendo “en revisión”.
La historia de muchos migrantes cualificados
Su historia resume las dificultades que atraviesan miles de migrantes cualificados en España, especialmente en provincias como Almería, donde entre un 22 y 23% de la población según los datos el ice . Nuria recuerda que al principio del proceso le dijeron que debía esperar dieciocho meses porque existían demasiadas solicitudes acumuladas. Pero el tiempo fue pasando sin noticias, sin llamadas y sin posibilidad de conocer el estado real de su expediente. “Lo más difícil es el muro burocrático, que no contestan y tú te sientes impotente”, explica.
La homologación no solo ha supuesto años de incertidumbre, sino también un enorme coste económico. Traducir oficialmente todo el contenido de la carrera —asignaturas, programas y documentación académica— costó alrededor de 500 euros. A eso hubo que añadir más de 300 euros en tasas administrativas, exámenes oficiales y cursos complementarios. Para poder acceder al proceso tuvo que obtener el nivel B2 de español del Instituto Cervantes, algo que consiguió estudiando mientras trabajaba en condiciones muy duras. Se levantaba a las cuatro de la mañana para asistir a clases de español online en el instituto Cervantes de Kazajistán para después incorporarse a trabajar en un invernadero.
Recogiendo pimientos
Como ocurre con muchos migrantes cualificados, Nuria pasó de trabajar en un organismo sanitario a recoger hortalizas bajo plástico. Su primer empleo en España fue en los invernaderos del Poniente almeriense. Más tarde trabajó fregando platos y como ayudante de camarera en hoteles durante la temporada alta. Recuerda aquel periodo como uno de los más duros de su vida: jornadas interminables, calor extremo y agotamiento físico. “Prefería trabajar en el invernadero antes que en el hotel”, dice ella. Aun así, nunca dejó de estudiar ni de intentar volver a la farmacia.
En 2022 consiguió finalmente una oportunidad como auxiliar en una farmacia de Aguadulce. Había estudiado online auxiliar de farmacia. Sentía que por fin volvía a acercarse a su profesión. Pero la experiencia terminó convirtiéndose en un golpe emocional devastador. Tras aceptar otra oferta laboral en otra farmacia, el contrato terminó apenas tres semanas después.
Según relata, fue despedida con muy malas palabras. Aquello provocó en ella una profunda depresión. “Ya no quería trabajar más en farmacia, no quería saber nada”, reconoce.
El apoyo incondicional de su pareja
Fue entonces cuando apareció el apoyo constante de su marido, Kazbec. Cada poco tiempo imprimía decenas de currículums y la animaba a recorrer farmacias de Roquetas, Vícar, El Ejido y Almería capital. Llegaron a imprimir más de cien solicitudes para repartirlas personalmente por toda la provincia. Él la despertaba por las mañanas y le organizaba rutas para no rendirse. “Maquíllate, ponte guapa y ve farmacia por farmacia”, le repetía. Mientras ella comenzaba a perder la esperanza, él insistía en seguir intentándolo.
Aquella perseverancia terminó dando resultado. Tras meses dejando currículums en mano, recibió una llamada para cubrir una sustitución temporal de apenas tres semanas en una farmacia del Parador. Nadie quería aquel contrato corto y a media jornada, pero ella aceptó inmediatamente. Lo que empezó como un trabajo temporal acabó convirtiéndose en una estabilidad laboral que mantiene desde hace más de dos años. Aunque continúa trabajando como auxiliar y no como farmacéutica, asegura que volver a una farmacia le permitió recuperar parte de la confianza perdida.
Su caso pone rostro a una realidad invisible: la de miles de migrantes formados que llegan a España preparados para trabajar en sectores cualificados, pero terminan atrapados durante años en procesos burocráticos interminables.Según el INE un 27% de los extranjeros que migran a España tienen estudios universitarios. Mientras el sistema sanitario necesita profesionales y España reclama mano de obra especializada, personas como Nuria continúan esperando detrás de una pantalla donde, cinco años después, todavía aparece la misma palabra: “en revisión”.