María y Rodrigo: 102 años y una foto
La madre del bebé de apenas 3 meses, pide el plácet para inmortalizar una imagen que representa el paso evolutivo de varias generaciones

María y el pequeño Rodrigo en Castro de Filabres.
En la época de más frío vive en la capital y suele subir los fines de semana al pueblo, pero cuando llega el buen tiempo María pone fin al destierro y regresa a las raíces. Las suyas nacen en un pueblo, Castro de Filabres, que se eleva a 939 metros del nivel del mar, de clima duro y cubiertas de enormes piedras de pizarra, de alcazabas y molinos harineros hidráulicos, de sinuosas calles, de olor a leña invernal y de recuerdos de estampas nevadas en sus abrigados montes.
El 5 de octubre, coincidiendo con las fiestas patronales, María salía a la calle en compañía de su hija con su vestido azul y su rebequilla negra. De súbito, alguien piensa en una foto. La madre de Rodrigo, un bebé de apenas 3 meses, pide el plácet para inmortalizar una imagen que representa el paso evolutivo de varias generaciones. La abuela más longeva de Castro toma en sus brazos al pequeño, ataviado con un traje color crema y una pulserilla roja. Ella mira a la cámara –rostro cansado, pero bello: carácter hercúleo-, mientras el niño escruta con su mirada a María –ojos bien abiertos y media sonrisa- con cara de cierto asombro.
La madre es la alcaldesa, Noemí Cruz.
Eran las fiestas del pueblo y ella salía a pasear con su hija. Nos vimos y estuvimos hablando. María es la más mayor de todos los vecinos de Castro y mi hijo Rodrigo es el más joven, simboliza la inocencia y el futuro. Le pedí permiso a su hija para hacer la foto. Aceptó y me pareció entrañable.
María, su hija, relata el carácter afable de su madre.
La foto fue por casualidad. Nos vimos y la hicimos. La gente le tiene mucho cariño a mi madre. Ella tiene fotos con todos.
La instantánea es una película sobre el tiempo y la vida: “Es una foto muy tierna. Lo que es la vida: cómo se empieza, cómo se acaba”. La nostalgia invade por instantes a María, pero eso cambia cuando le preguntamos por la mirada contemplativa de Rodrigo: “Sí... Está muy pendiente de María en todo momento”.
María, la centenaria María, nació el 23 de julio de 1923. Su vida empezó en la calle Alta del pueblo. Allí vivía con sus dos hermanos. Desde allí se desplazaba al colegio de Castro y aún evoca aquel episodio de felicidad. “Se acuerda de doña Patro, su maestra”. Se casó con 26 años con José, natural de Castro, que murió hace 28 años, y tuvieron dos hijos: María –nuestra portavoz- y José Manuel. “Se dedicaron a la agricultura. Ella era ama de casa, pero hacía de todo. Cuando había que recoger aceituna, allí estaba María. Mi padre araba, segaba, cosechaba. Las cosas que se hacían en el campo entonces”.
Reunimos a sus vecinas y estaba muy bien.
Dolencias tiene pocas: “Ninguna. Se toma una pastilla para la tensión, pero nada más. Lo suyo es de récord”, sonríe.
La curiosidad nos conduce a interrogarle por los hábitos:
Mi madre ha sido muy delgada. Ha andado mucho. Ella sí que ha cumplido el refranillo ese que dice: “Poco plato y mucho zapato”. Lo ha cumplido a rajatabla.
Pero María no camina por ocio. Eso del senderismo o la caminata placentera sin más motivo que recrearse o acribillar el colesterol no es lo suyo.
Cuando caminaba, era para hacer algo. Iba de aquí para allá. Eso de andar para pasear, no. Mi madre ha sido muy activa.
La madre de Rodrigo, Noemí, recuerda la laboriosidad de María: “Cuando puede, sale a pasear en su silla. Se va a la entrada del pueblo, donde la gente sale por las tardes a tomar el fresco en verano”. Allí se deja ver esta mujer rocosa, la flor más veterana de las huertas de Castro, erudita en el amor a los demás que, como tantas abuelas del siglo XX, se gobernó más por educación que por cultura y construyó un porvenir con la erudición, la humildad y la constancia de los sencillos.
El post del Facebook de Castro de Filabres enunciaba ese día que María personifica “la memoria, la sabiduría y la historia vida de nuestro pueblo”. Rodrigo, en puro contraste, es “la continuidad”, una nueva huella para tejer el presente de Castro de Filabres. Les separan 102 años: es un siglo y es un rayo efímero a la vez. Una guerra entre hermanos. Decenas de eneros níveos. Muchos
inviernos de Adviento y aguinaldos, de fardos en los olivares, de tierras en barbecho y de manos con callos en los viejos arados. Una va, otro viene, pero María y Rodrigo son lo mismo: arrendatarios de un espacio físico en el que la vida es eso que pasa en una foto.