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Entrevistas

La danza ante el muro de la discapacidad

"Me sentí totalmente libre. Ni siquiera parece que la mayor parte de mi cuerpo no tiene movimiento"

Imagen de una clase de danza en Almería.

Imagen de una clase de danza en Almería.La Voz

Juan Antonio Cortés
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En el sótano de la Escuela Municipal de Música y Danza de Almería suena una música lenta. Una joven en silla de ruedas: un brazo estirado delante del cuerpo; otro, hacia la cabeza. Un hombre elegante vestido de negro. También en su silla de ruedas: rostro relajado, sonriente, manos flotantes. Hay una mujer jubilada con su andador. Erecta, hace una pose en segunda posición: extiende los brazos a los lados, mientras observa al grupo. Hay, en medio, una mujer muy resuelta y vigorosa. Es Laura Márquez, la presidenta de la asociación Aspaym. Su discapacidad sobrevenida no le impide mirar al gran espejo que tiene enfrente y ver allí a una bailarina emocionalmente plena. En medio hay una mujer que baila con el chico. Que atiende los llantos de una niña. Que coloca con estoicismo y paciencia a los alumnos. Que transmite empatía. Y paz. 

Es Alejandra Foruria, una profesional comprometida que dirige desde el 21 de octubre de 2025 la nueva Escuela de Baile Inclusivo ASPAYM-Luxeapers Danza, un pequeño liceo para personas con parálisis cerebral y discapacidad física o intelectual -cuenta con la colaboración del gabinete La clase Chica y la financiación de la empresa Luxeapers- que ha visto la luz para despertar la dimensión artística en quienes soñaban con volver a sentirse redimidos de las ataduras: excarcelados de las barreras limitantes.

Toda historia tiene un inicio. A veces, fortuito. A veces, buscado. Un buen día de 2024 se celebraba la Gala Benéfica de la Academia Alejandra Foruria en el Auditorio de El Ejido. La entidad beneficiaria de la recaudación iba a ser Aspaym. De pronto, Laura Márquez salió al escenario y, con su silla a cuestas, empezó a danzar. El público no daba crédito. “(...) Me sentí totalmente libre. Ni siquiera parece que la mayor parte de mi cuerpo no tiene movimiento”, dijo Laura tras su actuación. Pero aquello era parte del guión. Márquez no estaba improvisando, alentada por la euforia del momento, y la coreografía, con música inspirada en la canción ganadora de Eurovisión 2025, era obra de Foruria. Y así nació la idea. Laura y Alejandra estaban buscando lo mismo casi sin quererlo. 

Y, con la idea, una pregunta: si la danza es consustancial al ser humano y nace en los ritos de las primeras culturas de homínidos como un modo de comunicación casi espiritual, ¿por qué razón una persona con movilidad reducida, con lesión medular o con discapacidad intelectual no iba a tener la oportunidad de mostrarse tal como es y reivindicar la diversidad?

“La inclusión se baila”, dice Laura Márquez. Se baila poniendo espíritu cuando una lesión medular entorpece la cotidianeidad. Por eso, los diez bailarines de la escuela danzan por el entarimado con estilos y ritmos y tiempos diferentes. En las diferencias, en los cuerpos diversos, está la virtud.

Contactamos con Alejandra Foruria. Su academia está en El Ejido. Es la embajadora de la danza inclusiva.

¿Qué avances ha visto en los alumnos?

En el grupo se juntaron personas que tenían la movilidad reducida, pero cognitivamente estaban bien, con personas que sí tienen movilidad pero tienen otro tipo de discapacidad. He visto una evolución en la movilidad de los brazos, en que algunos han ido dando pasitos.

Había también alumnos con otros problemas.

Los chicos con autismo de La clase chica han sido capaces de subirse a un escenario y seguir el ritmo de la música. Siempre acompañados de bailarines de mi escuela. Eso enriquece. Entre todos se van complementando.

¿Qué le ha movido para afrontar este camino?

Personalmente, ha supuesto un reto. Abrirse camino en un mundo nuevo. He estudiado danza desde pequeña en el conservatorio y el mundo de la discapacidad siempre me ha traído. He hecho cursos de formación. Es enriquecedor, me han aportado mucho. Vengo de dar clases de técnica de danza, que es algo muy rígido, acostumbrada a una disciplina, y trabajar con ellos permite ampliar el campo y descubrir nuevas posibilidades.

Se dice que recibe más el que dona. ¿Qué aporta esta escuela?

La escuela aporta muchos valores. Es lo que he intentado transmitir. El movimiento, la música, la danza es una forma de expresión. En la escuela hay gente que no puede hablar. Hay una chica, Patri, que va en una silla de ruedas y no habla. Solo tiene movilidad en los brazos. Bailar con ella y ver su sonrisa hace que todo cobre sentido. A veces creemos que no lo pueden sentir, que no pueden llegar a emocionarse o a vivirlo, y te das cuenta de que sí.

Estudios publicados en revistas indexadas en Scopus (Dumitru, 2025; Whatley, 2007) demuestran que la danza tiene una potencia liberadora. En el plano físico, provoca mejoras en la movilidad y genera una mayor conciencia corporal. Es, además, una actividad que quema calorías. “Puff, qué sudores”, decía el chico de la silla de ruedas tras un ensayo hace pocos días. Había terminado una sesión de cinco minutos y estaba tan radiante como agotado. 

Emocionalmente, la danza despierta la autoestima, es un estímulo psicológico porque pone a prueba la resiliencia del bailarín con discapacidad. Lo sitúa en un nuevo estado de bienestar. Una tercera dimensión nos lleva al plano social; quizás, el más alentador. Bailar es comunicarse con el yo y con el otro y en esa interacción con el entorno se estimula el sentido de pertenencia al grupo. “Despacio, despacio”, susurra una monitora a un adolescente con discapacidad intelectual que abrazaba con fuerza a un periodista -¿habrá mayor capacidad que la bondad?-.

El muro hermético que hay frente a los ojos de la persona con limitaciones cae en pedazos cuando encuentra acomodo y comprensión en un ambiente fraterno y de respeto, pero también de exigencia. Se llama inclusión. O, quizás, normalización. La que aporta la danza, la necesidad de que el cuerpo libere el ser creativo que todos llevamos dentro.

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