La jubilación de Conchi, diseñadora de cocinas
En el despacho, en la calle Santos Zárate de Almería, un ramo de flores lucía nuevo en una estantería con fotos históricas

Conchi, de Vallejo Cocinas.
El 21 de febrero era sábado. A la una y cuarto del mediodía recibía a los últimos clientes. En el despacho, en la calle Santos Zárate de Almería, un ramo de flores lucía nuevo en una estantería con fotos históricas. Estaban allí porque una compañera, que lleva en la empresa desde su creación, quería agraciarla en su último día. Ella se emocionó. Llevaba llorando toda la semana. Era la última vez que abría la puerta de Vallejo Cocinas, la empresa familiar a la que llegó hace tres décadas para dedicar la mitad de su vida a crear, diseñar y vender espacios con alma donde se funden sabores y aromas.
Su historia responde a un perfil de profesional que va desapareciendo: el del empleado que se agiganta en la escalera social y no sabe lo que significa la palabra despido. Empezó a los 19 años. Han sido 46 otoños -el 70 por ciento de su vida- en los que el lápiz y el bosquejo acabaron transformándose en modernos programas informáticos de diseño. Su nombre es Conchi Muñoz Sánchez, se acaba de jubilar y es una de las últimas mohicanas del modelo de empresa tradicional.
¿Cómo fueron los inicios?
Yo empecé en un mes de noviembre de hace 31 años. La encargada de cocinas de mi empresa fue a rescatarme de otro negocio en el que yo estaba. Tenía buenas referencias. Ella estaba embarazada y pensó en mí como persona de confianza. Quiero agradecer a Muebles Vallejo su apuesta por mí. Creo que he estado a la altura de lo que ellos buscaban.
¿Sabías algo del sector?
Yo no tenía conocimiento de cocinas; siempre fui vendedora de muebles de hogar.
Y había que aprender rápido.
La trayectoria de aprendizaje fue corta. Un mes escaso. Me metieron a personal cualificado, una delineante, para enseñarme a dibujar a mano alzada y desarrollar en poco tiempo cocinas. Había un volumen de ventas impresionante.
Eran otros tiempos. Conchi tenía que diseñar artesanalmente. Los ordenadores aún no aspiraban a ser estudios de arquitectura. A sus primeros clientes les creó una cocina sencilla. “Salía con la boca seca de trabajar. Mi miedo era no dar la talla. Me habían fichado”, recuerda.
Noviembre de 1995. Aquella ciudad evolucionaba lenta. Aún sin centros comerciales. “Era una Almería con una fluidez de público (en el centro) impresionante”, señala Conchi, para quien la clave de la estabilidad laboral depende de una miscelánea de contingencias, a veces intangibles: “Como en cualquier empresa, tienes días buenos y malos. Aguantar mucho, tener paciencia, que te guste, la vocación. Tus clientes son amigos. No es despachar, es atender. Y atender es escuchar. Hay que tener una psicología (con el cliente)”.
Son los valores que no se ven aquellos que definen una personalidad: “El respeto, la educación, la dedicación y la honradez son los más importantes. Siempre ser honrado, justo. Yo he tenido anécdotas de clientes que me han dado dinero demás. Y he llamado al cliente y le he dicho: me has dado 5.000 pesetas de las antiguas demás. Yo veo a mis clientes, los saludo y me dicen adiós”, nos relata, orgullosa. Dice Conchi que, cuando empiezas a atenderlos y le dices buenos días, la retroalimentación y la empatía garantizan el 90 por ciento de una inminente venta.
Esta atención personalizada y humana se está perdiendo.
El gremio que hoy existe no tiene dedicación. Están en las grandes superficies y el cliente se atiende solo. Acuden al profesional cuando necesitan el último recurso. Eso se ha perdido. A un chaval joven le recomiendo vocación y respeto por el cliente.
Para Conchi, el hecho de haber trabajado en empresas familiares ayuda a concebir al cliente como un amigo: “Cuando entra, tiene que sentirse cómodo, atendido con paciencia. Aconsejarle siempre lo mejor, como si el producto fuera para ti misma. Vender cocinas no es vender un jersey”. Le pregunto cómo es ese proceso de venta.
Primero hay que captar al cliente, saber qué le gusta, qué quiere, qué necesita y qué puede gastarse. En segundo lugar, proyectar en un papel esas fantasías con entusiasmo, como si fueran para ti. Si realizas ese proyecto sin ninguna ilusión, sin ganas, eso se demuestra en un dibujo, que es la proyección de lo que tú sientes.
¿Qué cambios se han producido en este sector?
Las cocinas que se llevaban antiguamente eran muy clásicas, muy rococó. Hoy son más lisas, más limpias. Tienes que actualizarte.
Pero jubilarse no es retirarse.
Me gusta pasear, andar, disfrutar de la gente sana y buena que me rodea y viajar. Ahora intentaré hacer todas las cosas que me gustan.
Nacieron los padres de Conchi, José y Carmen, en un pueblo de ensueño: Capileira. Allí, entre cuestas, huertas, riachuelos y buscadores de los grandes tresmiles de la sierra, empezó su historia. “Una familia con muchos valores, muy humana. Cuando creces y ejerces una profesión, esos valores vividos en tu casa se reflejan”, nos dice.
El 27 de febrero de 1961, a las doce de la noche, vio la luz en Almería una de las diseñadoras de cocinas más respetadas del sector. Tras una infancia alegre, a Conchi le golpeó muy duro la vida. Una, dos, tres, cuatro, cinco veces. Tiene una sobrina que es hija y es hermana a la vez. Sabe sonreír. “Pido a Dios tiempo para disfrutar y estar con ella”. No ha parado de derramar lágrimas en su conversación, a caballo entre la alegría y la nostalgia. Sabe que ya no abrirá la persiana de la empresa, pero seguirá teniendo el secreto y las llaves del buen oficio.