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Cristina Cabeza, bicampeona del mundo de balonmano: "Nos dijeron que no éramos de confianza y respondimos en la pista"

La seleccionadora logra su segundo título mundial tras conocer antes del torneo que no continuaría

Cristina Cabeza en plena celebración del Mundial.

Cristina Cabeza en plena celebración del Mundial.RFEBalonmano

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La entrenadora Cristina Cabeza ha vuelto a llevar al deporte español a lo más alto del planeta.

 Dos años después de conquistar en China el primer Mundial de la historia de la selección juvenil femenina de balonmano, España ha repetido el éxito con una generación diferente y en unas circunstancias mucho más complicadas. Dos campeonatos del mundo consecutivos, 16 partidos sin perder y una seleccionadora que ha estado al frente de ambos equipos y que entra así al olimpo del deporte formativo español. "Es una pasada volver a hacer historia", reconoce todavía con la emoción de quien sabe que ha vivido algo extraordinario.

Este segundo oro, además, tuvo que ganarse de una manera muy distinta respecto al primero. La final contra Montenegro se puso cuesta arriba desde el principio, con una España nerviosa que llegó al descanso por detrás y que tuvo que convivir durante buena parte del encuentro con la sensación de que el título se escapaba. Cristina ya había visto a sus jugadoras levantarse de situaciones parecidas durante el campeonato, ante Países Bajos, Suiza o Egipto, y en el vestuario volvió a pedirles lo mismo: confianza, valentía y tranquilidad para afrontar lo que quedaba.

También había motivos para creer. Montenegro había disputado prácticamente todo el Mundial con una rotación muy corta, mientras España había repartido mucho mejor los minutos. La clave era aguantar hasta que el desgaste empezara a aparecer y, cuando llegó ese momento, las españolas supieron aprovecharlo. Tras esos minutos de sufrimiento, terminaron remontando y ganando 26-23. "Supimos adaptarnos a todo tipo de situaciones y dar la sorpresa nuevamente", explica Cristina, que se queda especialmente con la capacidad del equipo para disfrutar en la pista cuando más difícil parecía hacerlo.

Las jugadoras celebrando la victoria en la final.

Las jugadoras celebrando la victoria en la final.RFEBalonmano

Un Mundial diferente

El primer título siempre será especial porque nadie había conseguido antes algo parecido en esta categoría en nuestro país. El segundo, sin embargo, tiene para Cristina un valor diferente. España llegaba como campeona mundial, después de un cuarto puesto europeo y con algunas bajas, pero también con la obligación de demostrar que lo ocurrido en China no había sido una excepción. Y lo hizo ante algunas de las grandes potencias del balonmano mundial, como Dinamarca o Países Bajos.

Además, había una circunstancia que hacía todavía más especial este campeonato. Cristina y su compañero Luismi Ascorbe sabían desde el 29 de mayo que, pasara lo que pasara en el Mundial, no continuarían al frente de la selección. Les comunicaron que no contaban con ellos porque no eran "de confianza" para el seleccionador de la absoluta, una decisión que Cristina reconoce que le entristeció después del camino recorrido desde que ambos entraron en 2019. Por suerte para ambos, el tiempo les dio la oportunidad de responder de la mejor manera posible: sobre la pista.

Cristina Cabeza y el resto del equipo celebrando la victoria.

Cristina Cabeza y el resto del equipo celebrando la victoria.RFEBalonmano

Así, cuando para muchos este golpe podría haber sido una razón para asistir al campeonato con una mala sensación y sin ganas, ellos lo afrontaron de forma totalmente diferente, porque decidieron que todavía tenían una última oportunidad para intentarlo con una generación completamente diferente. "Dijimos: bueno, pues es el momento de volverla a liar". Y la volvieron a liar. España volvió a ser campeona del mundo y ellos cerraron su etapa en la selección con otro oro.

Almería, su segunda casa

Mucho antes de sentarse en un banquillo y de todo lo que vendría tras ello, Cristina llegó a Almería con 19 años y llorando. Venía de Madrid para comenzar a jugar en el Vícar Goya y entró en la ciudad en autobús junto a su madre. De primeras, no le gustó lo que vio y le dijo que no quería quedarse. Once temporadas después, cuando se marchó en 2007, volvió a llorar, pero esta vez porque dejaba atrás una etapa que todavía considera fundamental en su vida.

Entre ambos momentos vivió el ascenso de su equipo, sus estudios universitarios, años de crecimiento del balonmano almeriense y también etapas difíciles, como el fallecimiento de Rafael Florido. Se llevó amigos, recuerdos y una relación con la provincia que ha sobrevivido al paso del tiempo. Sigue pasando buena parte de sus veranos por Almería y ahora también por la zona de Vera, mientras que Cabo de Gata continúa siendo uno de sus lugares habituales.

"Me siento una almeriense más", reconoce. Para Cristina, esta tierra no es simplemente el lugar donde jugó durante once temporadas, sino "mi casa, mi segunda casa".

Y, de esta manera, la historia de Cristina con la selección termina, al menos por ahora, en lo más alto. Después de siete años de trabajo desde su llegada en 2019, dos Mundiales consecutivos y una generación que cree y ya sabe lo que significa ganar a las mejores, el último recuerdo será el de un equipo levantando el trofeo. Y para ella, también el de haber podido disfrutar una última vez de esa sensación que solo pueden entender los que la viven desde dentro.

Y por ello, hay algo que Cristina sí tendrá claro cuando mire atrás: el último capítulo no lo escribió una decisión tomada fuera de la pista, sino sus jugadoras dentro de ella. Y esas últimas páginas cuentan una historia que jamás se borrará.

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