La Voz de Almeria

Roquetas de Mar

Constantino Berenguel, el arquitecto que acabó siendo uno de los grandes trovadores de Almería

Su historia une el milagro agrícola del Poniente almeriense, la emigración y una tradición que se resiste a desaparecer

Constantino Berenguel junto a algunas de sus obras.

Constantino Berenguel junto a algunas de sus obras.Marina Ginés

Marina Ginés
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Hay un sótano en una vivienda de Aguadulce donde resulta difícil saber qué mirar primero. En una pared cuelgan guitarras. En otra se amontonan fotografías, sombreros llegados de Cuba, pañuelos de festivales internacionales y recortes de prensa. Sobre las estanterías descansan decenas de cuadernos escritos a mano con tinta y pluma. Son libros confeccionados por el propio Constantino Berenguel Puga, llenos de poemas, pensamientos, viajes y recuerdos. 

Cada uno cuenta una parte de su vida y, juntos, explican la historia de un hombre que durante décadas levantó edificios por toda la provincia y que, casi sin buscarlo, terminó convirtiéndose en uno de los grandes referentes del trovo almeriense.

Quien lo escucha improvisar por primera vez entiende enseguida por qué ha ganado tantos concursos. Basta con darle un tema para que empiece a enlazar versos con una rapidez asombrosa. Lo hace con la naturalidad de quien lleva toda la vida dedicándose a ello, aunque la realidad es bien distinta. Constantino empezó a trovar hace apenas nueve años. Antes fue arquitecto técnico y aparejador de buena parte del Poniente que hoy conocemos.

"Porque a veces los refranes se cumplen"

Constantino nació en Albuñol, pero hace ya muchos años que Roquetas de Mar es su casa. Cuando le preguntan cómo acabó viviendo aquí no tarda en responder. Sonríe y recurre a uno de esos refranes que, según dice, muchas veces terminan haciéndose realidad.

—"Porque a veces los refranes se cumplen. Tiran más dos tetas que dos carretas", asegura entre carcajadas.

Y es que, detrás de la broma aparece la historia. En aquellos años en los que el Poniente comenzaba a transformarse con la llegada de la agricultura intensiva, muchas familias de Albuñol, La Rábita, Los Pozuelos o Adra cruzaron la provincia buscando un futuro mejor. Entre ellas estaban los padres de Guillermina, su mujer, naturales de Los Pozuelos. Su suegro fue uno de aquellos pioneros que apostaron por una tierra donde entonces apenas había nada. "Fue el segundo que enarenó en Roquetas", recuerda.

El destino quiso que ambos se conocieran mientras ella estudiaba Magisterio y acudía a clases particulares de griego en Los Pozuelos. Después llegaron Barcelona, Roquetas de Mar, el matrimonio, tres hijos y una vida dedicada al trabajo.

El hombre que construyó la provincia

Durante más de cuarenta años, Constantino recorrió Almería con un plano bajo el brazo. Trabajó en promociones de viviendas y edificios desde Mojácar hasta Adra, pasando por Garrucha, Macael, Albox, Aguadulce o Roquetas de Mar. Cuando habla de aquellos años no presume de edificios. Habla del oficio.

"Yo siempre he estado en la calle. Lo mío era dibujar."

Entre todas aquellas obras hay una que recuerda con un cariño especial: la residencia de mayores de El Zapillo, en la capital. Fue una de las últimas grandes construcciones de su carrera y, todavía hoy, cuando pasa por delante, reconoce que no puede evitar detener la mirada.

El legado de su padre

Mientras levantaba edificios, sin embargo, había algo que seguía rondándole la cabeza. Su padre. Era un conocido maestro albañil de Albuñol, pero también un magnífico guitarrista. Constantino llevaba años pensando lo mismo. "Si mi padre era tan bueno con la guitarra, yo tengo que poder también." Aquella idea terminó cambiándole la vida.

Con más de cincuenta años decidió empezar desde cero. Nunca fue a una academia ni tuvo un profesor que le enseñara. Aprendió como se aprendían antes las cosas: observando.

"Yo a los músicos los conocía de toda la vida. Desde niño había estado pegado a ellos, pero empecé a fijarme para tocar yo también y aprendí los acordes justos para acompañarlos en los trovos."

Así pasó los siguientes veinticuatro años. Siempre con la guitarra, acompañando a los grandes troveros de La Alpujarra y del Poniente almeriense. Jamás imaginó que un día sería él quien acabaría improvisando sobre el escenario.

La guitarra se perdió... y apareció el trovador

Hace nueve años viajó a la Toscana italiana para participar en un festival internacional de trovo. Facturó la guitarra en el aeropuerto, pero el instrumento nunca apareció. Mientras todos buscaban una solución, el director del festival se acercó hasta él convencido de que podía salir al escenario sin necesidad de tocar.

"Me decía: 'Constantino, tú trovas'. Y yo le respondía que no, que yo era músico." No hubo manera.

Terminó subiéndose al escenario sin guitarra y comenzó a improvisar. Habló de la historia de la Toscana, de los etruscos y de la huella española en aquella región italiana. Cuando terminó, el público respondió con una larga ovación. "Exploté", resume entre risas.

La guitarra apareció días después en Almería. El trovador, sin embargo, ya no volvió a esconderse.

Cinco primeros premios en nueve años

Desde entonces ha recorrido festivales por toda Andalucía, ha viajado también a Cuba representando el trovo almeriense y ha conseguido cinco primeros premios en apenas nueve años de trayectoria como improvisador.

Él, sin embargo, insiste en que el trovo tiene mucho menos de inspiración de lo que la gente imagina y mucho más de entrenamiento.

"Tú tienes que estar escuchando al compañero y, en cuanto dice los dos primeros versos, tu cabeza ya tiene que estar hilvanando la respuesta. Si esperas a que termine, ya has perdido."

Para conseguirlo hay que leer, escribir y memorizar palabras durante años. "Si no encuentras palabras que rimen, por muy listo que seas, no sale."

Quizá por eso, cuando uno entra en su sótano, entiende que aquellas estanterías llenas de cuadernos no son un capricho. Son su gimnasio.

Salvar una tradición

Mucho antes de empezar a trovar, Constantino ya estaba empeñado en que esta tradición no desapareciera. Fue uno de los promotores de la primera Peña Amigos del Trovo de Almería, creada en Aguadulce durante los años ochenta para acercar este arte a los colegios y despertar el interés de los más jóvenes. Él mismo ejerció como secretario y fue el encargado de registrar oficialmente la asociación.

Recortes de prensa sobre la primera Asociación de Trovo Almeriense.

Recortes de prensa sobre la primera Asociación de Trovo Almeriense.Marina Ginés

Aquella iniciativa nacía con una idea muy clara: el trovo no era únicamente una forma de improvisar versos. Era una parte de la identidad de una comarca formada, en gran medida, por familias llegadas desde La Alpujarra granadina y almeriense. Una historia que él conoce de primera mano.

El milagro del Poniente

Entre los muchos libros que ha escrito hay uno al que guarda un cariño especial. Está dedicado al llamado Milagro del Poniente Almeriense, una transformación que vivió en primera persona y que resume con unos versos que condensan toda una época.

"Los milagros bien se dan,

algunos con gran suspense.

El del Poniente almeriense

es el milagro del pan.

Sus tierras del alacrán,

retamas y de alcaparras,

de las cansadas parras,

hoy son milagrosamente

un vergel bello e imponente,

gracias a dos altas barras."

Cuando termina de recitarlos, explica que esas "dos altas barras" representan a las dos Alpujarras, la granadina y la almeriense, de donde salieron miles de hombres y mujeres para construir el Poniente. "Si no hubiera sido por ellos, esto estaba despoblado."

Lo dice alguien que lo vio desde los dos lados. Primero, como familiar de aquellos pioneros que llegaron a trabajar la tierra. Después, como el aparejador que ayudó a levantar los edificios de una comarca que no dejaba de crecer.

Hoy, a sus 78 años, sigue cuidando la voz como quien protege una herramienta de trabajo. Acaba de pasar por una operación de cataratas y bromea diciendo que los colirios "hasta se le bajan a las cuerdas vocales". Aun así, continúa ensayando casi a diario porque, mientras tenga voz, seguirá haciendo lo que más le gusta. Levantar historias. Esta vez, no con ladrillos, sino con versos.

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