Chorrohumo: 56 años de historia detrás del mostrador del estanco
La familia roquetera que transformó un estanco estacional en un referente de puros en la provincia

La familia roquetera que transformó un estanco estacional en un referente de puros en la provincia.
En el mostrador del estanco del 501 de Aguadulce no solo se venden cajetillas de tabaco. También se conservan recuerdos familiares, historias de clientes de toda la vida y una pasión por el mundo del puro que ha llevado a sus propietarios a crear una de las cavas más reconocidas de la provincia. Tras el apodo de Chorrohumo, que muchos asocian erróneamente al negocio, se encuentra una saga familiar que lleva desde 1970 ligada al sector.
La historia del sobrenombre comenzó mucho antes de que existiera la cava de puros. El abuelo Pepe, que ya no está entre nosotros, era un hombre moreno, delgado y muy bromista. Un día, tras provocar una discusión entre varios vecinos, una mujer intentó señalar al responsable sin recordar su nombre. “Ese chorro de humo es el que tiene la culpa de todo”, exclamó. Décadas después, el nombre acabaría resultando perfecto para una familia dedicada al mundo del tabaco, aunque el origen nada tuviera que ver con él.
La relación de los Pomares con los estancos comenzó cuando el abuelo consiguió abrir uno de los primeros estancos de Roquetas. Aquel negocio en la calle Silencio acabaría siendo la semilla de todo lo que vino después. El hijo, Manuel creció entre mostradores y cajetillas. Apenas tenía cuatro años cuando ya acompañaba a su padre y observaba el funcionamiento diario de un negocio que, sin saberlo, marcaría su futuro.
Los comienzos en Aguadulce fueron duros. Durante 12 años el establecimiento funcionó como una extensión del estanco original y solo podía abrir durante determinados meses. La concesión fue cambiando constantemente: primero nueve meses, después seis y finalmente apenas tres. Cada temporada comenzaba con la incertidumbre de no saber qué ocurriría al año siguiente.
La estabilidad llegó cuando la titularidad del estanco fue concedida a María Ángeles Vargas, esposa de Manuel. A partir de ese momento comenzó una nueva etapa de crecimiento en la que el matrimonio decidió apostar por una idea que a principios de los dos mil parecía arriesgada: crear una cava especializada en puros premium.
La inversión no fue pequeña. De hecho, dentro de la familia hubo dudas sobre si merecía la pena destinar tanto dinero a un producto que podía permanecer meses inmovilizado en las estanterías aquella habitación climatizada de 9 metros cuadrados. Sin embargo, Manuel estaba convencido de que existía un público dispuesto a valorar una oferta especializada. En 2003 abrió la cava. Más de veinte años después, aquella apuesta se ha convertido en una de las señas de identidad del negocio.
El mundo del puro terminó transformando por completo la actividad del estanco. Gracias a él, Manuel ha viajado, ha participado en cursos especializados y ha conocido a aficionados y profesionales de toda España. Entre las experiencias que recuerda con más cariño figura un viaje formativo a Cuba, país que sigue considerando la referencia mundial en la elaboración de habanos. “No hay otro tabaco como el cubano”, asegura convencido.
La cava también ha servido para crear comunidad. Durante años organizaron cenas maridadas en las que fabricantes y distribuidores aportaban puros y bebidas para que los asistentes pudieran descubrir nuevas referencias. En algunas ocasiones incluso acudieron torcedores cubanos que elaboraban puros delante de los clientes, convirtiendo el acto en una auténtica exhibición artesanal. Aquellas actividades contribuyeron a que el establecimiento ganara prestigio entre los aficionados.
De esa afición nació igualmente el club Sibaris, una asociación de amantes del puro que todavía continúa reuniéndose periódicamente. Para Manuel, una de las grandes virtudes de este producto es precisamente su capacidad para fomentar la conversación. “Lo interesante del puro es la socialización”, explica. Alrededor de una copa de vino o de whisky, las reuniones se convierten en espacios donde compartir experiencias, hablar de actualidad y disfrutar sin prisas.
A pesar del reconocimiento alcanzado, la familia no oculta las dificultades del sector. Los márgenes comerciales son reducidos, la carga administrativa es cada vez mayor y la trazabilidad del tabaco obliga a controlar minuciosamente cada movimiento del producto. “Hay que llevar el negocio muy al detalle para poder obtener beneficios”, dice su hijo Manuel, el relevo generacional.
El establecimiento sigue ahí, atendido por varias generaciones y respaldado por una clientela fiel que ha acompañado a la familia durante décadas. Comprando prensa, sellos, tabaco de cachimbas o de pipa, un ejemplo de cómo el negocio se adapta a los tiempos y sigue innovando. En un mundo cada vez más acelerado, el estanco continúa demostrando que la tradición, cuando se combina con pasión y especialización, todavía tiene espacio para perdurar.