La pastelería con página web y reparto a domicilio que tiene la agenda llena hasta 2027: Masgot
María y Andrea, 20 años de diferencia pero un mismo corazón dulce y que apuesta por la excelencia

María y Andrea.
La conversación empieza como empiezan muchas historias importantes: con un recuerdo aparentemente pequeño. Una calle, un local, una pastelería diminuta frente a un número que todavía existe en la memoria. María Gracia Masegosa sonríe cuando se da cuenta de que ya me conocía. Masgot nació ahí en Roquetas. Antes de los eventos, antes de las bodas imposibles, antes de que el nombre se convirtiera en una marca reconocible. Nació como nacen las cosas que importan: con manos, con horas y con oficio.
María habla deprisa. No por nervios, sino porque lleva treinta años pensando con las manos. Estudió pastelería en Barcelona, trabajó en casas grandes, aprendió a improvisar cuando no había margen para el error. “A mí me han adiestrado para reaccionar”, dice, como si eso explicara toda una vida. Quizá lo haga. En este oficio, reaccionar es sobrevivir.
Andrea Jiménez escucha. Interviene cuando hace falta. Es la otra mitad de esta historia: planificación, estructura, mirada estratégica. Veinte años menos, pero la misma exigencia. Hablan el mismo idioma; calidad, respeto, no hacer nada a medias. Para la menor de la empresa este es su proyecto de vida creativo, donde se desarrolla como weding planer, pero tampoco deja atrás su trabajo en la empresa familiar: Reciclados El Ejido. Allí es una pieza angular entre la contabilidad, la administración y el marketing, responsable de digitalizar la empresa.
Una mano amiga
Andrea y María se conocieron como clienta y proveedora. María hizo realidad la boda de temática Frozen de Andrea. En el año 2022 comenzaron su andadura juntas. Masgot no murió para volver a nacer. Se transformó. Cambió la imagen, el ritmo, la estructura, pero no el nombre. “Una marca son personas”, dice Andrea. Cambiar el nombre habría sido traicionar la confianza construida durante años.
Antes, María podía montar tres bodas en un día. Parador de Lorca, Genovés, Playa Serena. Ella sola. Ahora no. Ahora hay una norma inquebrantable: un evento al día. No porque no puedan más, sino porque no quieren menos. “Antes el cliente estaba encantado, pero yo no me iba satisfecha”, confiesa. Hoy necesitan irse a casa sabiendo que no hay nada que mejorar. Y eso solo se consigue bajando el volumen y subiendo el nivel.
La agenda de 2026 está cerrada. Ya hay fechas para 2027. No lo dicen con alarde, sino con una mezcla de incredulidad y cansancio. El cansancio de quien ha llegado hasta ahí sin pedir favores. “Beneficio, inversión. Beneficio, inversión”, repiten como un mantra. No han llamado a bancos. No han pedido ayudas. Todo lo que hay se ha construido trabajando.
La pandemia aparece en la conversación como aparece en la memoria: de golpe. Agenda en blanco. Eventos tachados. Aplausos a las ocho y miedo a las nueve. María tenía una niña pequeña. Su marido estaba en la hostelería. El mundo se paró, ella no. “La gente tenía que comer dulces”, dice. Y así nacieron las cajas de antojo repartiendo a domicilio, las cajas que ahora son excelencia en su web.
No todo vale aunque haya dinero
Casa Masgot es el obrador de pastelería única y artesanal que distribuye desde Antas y hace las delicias de las mesas dulces que montan en los eventos. Desde allí llegan toda la provincia, crean redes de puntos de recogida, optimizan rutas. “Crear una web y llevar los dulces a todas las casas nació en la pandemia”, dice María.
Hablan también de lo que no se ve. De las piernas temblando al llegar a casa. De llorar, discutir, reír. De montar eventos que parecen un sueño y vivirlos como una batalla. De clientes que no respetan.
Hay un evento que marca un antes y un después. Uno donde entendieron que no todo vale, aunque haya dinero. Desde entonces, los límites están claros. No negocian el trato. No negocian la dignidad.
No quieren protagonismo. María lo deja claro: “Yo no tengo que salir en la foto. Nos dicen que somos como Zipi y Zape porque Andrea siempre va con traje y sus tacones y yo en chándal”. Controlarlo todo, que nada falle. Esa es su forma de estar. De hecho, le incomoda exponerse. Prefiere que hable el trabajo. Que alguien vea lo que hacen y diga: esto es caro, esto es seguro, esto merece la pena.
Cuando hablan de lo que más les emociona, no mencionan cifras ni seguidores. Hablan de la cara del cliente cuando entra y ve materializado algo que solo existía en su cabeza. Hablan de devolver la capacidad de soñar, como con su casita de chocolate tradición de Navidad. Da igual la edad, da igual el momento vital, soñar sigue siendo necesario.
“Cada evento es un reto”, dicen. Y no saben nunca cómo lo harán, pero saben que lo harán bien. Como si fuera para su familia. Como si fuera único. Porque lo es.
En Masgot no venden eventos. Fabrican recuerdos. Y lo hacen con la convicción tranquila de quien sabe que el oficio, cuando se respeta, acaba encontrando su lugar.