La Voz de Almeria

Roquetas de Mar

Geromo, el enterrador que hacía reír a los muertos asustando a los vivos

Cinco generaciones de la familia Fernández han vivido y trabajado entre tumbas en Roquetas

Los Fernández.

Los Fernández.Melanie Lupiañez

Melanie Lupiáñez
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“Ver nunca he visto nada, pero a mi manera creo”, dice Jerónimo jubilado sepulturero de Roquetas. Tanto le gustaba su trabajo que se retiró a los setenta años, porque esa ha sido su vida y la de su padre, también la de su abuelo y el testigo de cinco generaciones que ahora recoge su nieto. Incluso el pequeño biznieto con su chupete pasea por el cementerio para ir a ver su padre.

La historia de la familia Fernández comenzó cuando el abuelo retornó de Argelia en los años veinte. “Mi bisabuelo, Juan ‘El Maipú’, cuando volvió abrió un bar donde daba vino fiado a los pescadores y como no le pagaban, tuvo que cerrar. Así que se metió de enterrador. Por necesidad”, dice Ricardo que desde hace veinte años tomó el oficio, pocos años más tarde que su hermano Jerónimo. El puesto comenzó a pasar de generación en generación. Aunque hoy en día el más joven de ellos, Jose, ha tenido que hacer una oposición para el cargo.

Antes, cuando Roquetas era un pequeño pueblo de pescadores, el abuelo Jerónimo, conocido por todos como Geromo, cavaba las tumbas en la tierra. Un trabajo que le llevaba toda la noche a la luz de un quinqué. Tenía que hacer un hoyo de casi dos metros de profundidad. En aquellos años era barrendero, jardinero y enterrador. Nunca le faltó trabajo, ni humor, ni vino. Tenía un gran repertorio de disfraces de mexicano, de novia, de Cantinflas, siempre llegaba bien ataviado a cualquier fiesta popular. “Tengo humor para hacer reír a los muertos”, dijo en una crónica local.

Las anécdotas del abuelo Fernández han llegado a nuestros días y en una ocasión lo llevaron a declarar al cuartel de la Guardia Civil. Resulta que una noche que se había acostado en un nicho— porque cuando iba borracho su mujer, Francisca, no lo dejaba entrar en casa— dos guardias pasaron y lo alumbraron. Cuando él reaccionó los guardias salieron corriendo mientras él gritaba que era Geromo, el enterrador.

La familia Fernández ha visto crecer el pueblo y doblarse el cementerio. A partir de los años 80, debido a la exigencia demográfica, los nichos se construyen en pisos de hasta cuatro de alturas, como panales de abeja adornados con lápidas de mármol. “En los tiempos de mi abuelo se enterraban veinte personas al año, ahora hasta tres al día”, dice Geromo nieto.

Desde dentro del almacén se sienten en casa. Ese lugar es el sitio con más historia de todo el campo santo. Cuando todavía era una efímera estructura con el techo de cañas allí se practicaban las autopsias. El abuelo, ya fallecido, echaba lejía pulverizada para matar a las moscas que se amontonaban en la ventana, también para que el forense pudiera aguantar el olor del cuerpo. A veces ayudaba en el proceso. Ahora allí cantan los colorines y las paredes están llenas de santos, recortes de prensa del abuelo, sacos de yeso, herramientas y unos sofás para descansar entre los ratos de trabajo.

“La única verdad es nacer y morir, si hay algo después yo no lo sé”, dice Geromo Padre con la sabiduría de una vida de oficio. También sabe que más malos son los vivos que los muertos que ninguno sale de la tumba, ni los fantasmas corretean por el cementerio. Tampoco se han encontrado tumbas arañadas porque enterraran a uno vivo y sí es cierto que en las exhumaciones hay cuerpos que se conservan muy frescos.

Aquí se habla de la muerte como quien habla de tomates o de ladrillos. Geromo hijo lo dice claro: “Para mí, venir aquí es como para otro ir al invernadero. Esto es trabajo. Siempre que no sea alguien que conoces, claro. También nos afecta cuando enterramos a niños”. Los sepultureros que fuman como carreteros saben que el cáncer es la principal causa de muerte en Roquetas, como límite se han puesto hasta los cincuenta años para dejar el tabaco.

La familia Fernández tiene para un rato, conocen cada calle del cementerio. “Eso que dicen de que no hay chinos enterrados en Roquetas, es verdad. Porque la gente cuando se hace mayor se va a morirse a su país”, dice Geromo hijo. Hay un ciudadano chino y otro japonés enterrados en el cementerio, no hay musulmanes porque ellos se entierran en tierra. También hay lápidas de cuerpos que no tienen identidad, como los naufragios de las pateras. No hay sistema informático para localizar a los enterrados, pero el más antiguo de los sepultureros abre su windows 79 y nunca falla para encontrar a quien sea.

Y por si alguien se lo preguntaba, no es casualidad que el cementerio municipal de Roquetas se llame San Jerónimo. Fue el abuelo, ese mítico personaje que gustaba de hacer reír a los demás, quien con una sierra hizo las letras de madera que nombraran el camposanto. Años más tarde cuando el ayuntamiento puso la puerta nueva inscribió las letras en la cabecera, pero eso no llegó a verlo el enterrador más guasón que ha tenido Roquetas.

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