Una mirada a la Adra de 1868
Entre el humo de las fundiciones y el salitre del mar, Adra vivía en 1868 uno de los momentos más intensos de su historia

Vista de Adra 1868. Foto atribuida a Fernando Guerrero Scholtz.
Para Adra, el año 1868 fue un momento de enorme ebullición. Se encontraba en la recta final de la edad de oro de la minería del plomo y al borde de un cambio político histórico: la revolución de "La Gloriosa" en septiembre de ese mismo año.
En 1868, Adra no era un pueblo agrícola y pesquero común; era uno de los núcleos industriales más dinámicos de Andalucía y todo un referente en el mercado metalúrgico internacional. Adra por entonces contaba con un Teatro con 274 localidades.
La villa contaba con unos 10.410 habitantes. El ambiente social era de un fuerte contraste por parte de la burguesía minera y comercial: Familias ricas que controlaban los negocios de fundición y exportación. Vivían en casas palaciegas con fachadas de estilo neoclásico e isabelino en el centro de la villa y que hoy en día muchas de ellas se pueden contemplar.
Por otro lado, la clase obrera: una gran masa de fundidores, mineros que bajaban de la Sierra de Gádor, marineros y jornaleros agrícolas. Así era parte de la vida social, la economía y el paisaje poblacional de la Villa de Adra en aquel año, donde la vida no era fácil para las clases bajas. Precisamente en agosto de 1868, el alcalde Antonio Gómez Ruz tuvo que convocar una plaza pública para cubrir un puesto de médico-cirujano debido a las constantes crisis sanitarias e infecciones que sufría la población trabajadora.
El motor económico estaba alineado y se sostenía con el plomo, azúcar y el mar. En el primero de ellos, en la industria del plomo, aunque el auge absoluto se había vivido décadas atrás, Adra seguía siendo un centro metalúrgico vital. En su término operaban hasta seis fábricas de fundición de plomo, entre las que destacaba la famosa Fundición de San Andrés. Allí se procesaba el mineral extraído de la cercana Sierra de Gádor para exportarlo al resto de Europa. En segundo lugar, el ingenio azucarero que, junto a las chimeneas de plomo, Adra mantenía una importante tradición de cultivo de caña de azúcar y su posterior procesamiento en fábricas locales de azúcar y alcohol.
Y por último, el puerto, un puerto sin puerto pero con fondeadero y la pesca: aunque no tenía un puerto moderno con espigones de piedra, se cargaba directamente desde la playa mediante barcazas, contaba con una flota pesquera activa y otra de cabotaje, comercio costero, que conectaba a la villa con Málaga, Almería y puertos internacionales.
El Paisaje Urbano que imperaba en Adra estaba aún combinaba con algunos restos importantes de su pasado defensivo medieval con la modernidad industrial, junto a lo que hoy vemos como patrimonio arqueológico, como la Torre de los Perdigones, estaba a pleno rendimiento, tiñendo el cielo de humo negro y blanco.
Se podía ver una mayor parte de la muralla heredada, que en 1868 saún e conservaban importantes lienzos del recinto amurallado del siglo XVI, mandado construir originalmente por la reina Juana, aunque la expansión urbana y las necesidades de las fábricas ya empezaban a integrarlo o fagocitarlo dentro del entramado de calles de la villa.
El Río Grande de Adra andaba indomable, por entonces, todavía cruzaba la vega de forma natural y peligrosa. No sería hasta dos años después, en 1870, cuando se autorizaría su desvío definitivo para evitar inundaciones y ganar terrenos de cultivo lo que daría origen a barrios actuales como Puente del Río.
Y es que la Adra de 1868 era una villa ruidosa, con olor a carbón y salitre, donde se cruzaban en las tabernas los marineros británicos que venían a por plomo con los arrieros que bajaban el mineral de las sierras alpujarreñas. Imaginarnos una sociedad vibrante y en pleno reajuste socioeconómico.1868 no fue un año cualquiera: es el año de la revolución que destronó a Isabel II, y en Adra se vivía un contraste fascinante entre la dureza del mar, la mina y la modernidad industrial. Era una población obrera industrial incipiente, de carácter recio y combativo.
Trabajaban de día y noche en condiciones durísimas, respirando humos de plomo, lo que marcaba su salud y su fisonomía. Muchos no eran nativos de Adra; la fiebre del plomo atrajo a una fuerte inmigración de familias procedentes de otros puntos de Almería, Granada y la región de Murcia en busca de jornal. Aunque el puerto moderno no estaba construido como tal, la playa era un hervidero de actividad. Las mujeres de los pescadores jugaban un papel crucial, encargándose muchas veces de la venta directa del pescado y del remiendo de las redes, mostrando un carácter fuerte y resolutivo.
La burguesía industrial y los comerciantes estaban en el otro extremo de la escala social y dentro de una élite adinerada que transformó la fisonomía de la villa. Familias ricas, algunas, de origen extranjero o de otras provincias españolas, como los herederos de las inversiones de las familias Rein o Heredia, que vestían a la moda de Madrid o París incluso.
Eran personas ilustradas, de ideas frecuentemente liberales, que controlaban el casino local, los negocios de exportación y las mejores tierras de cultivo. A nadie escapaba el gran impacto que causaban su modo de vida. Vivían en casas señoriales con fachadas de estilo historicista o neoclásico que contrastaban con las humildes casas de una planta de los obreros y pescadores.
En definitiva, el ambiente de las calles de Adra en 1868 era polvorientas, regadas muy continuamente, pero llenas de vida. Por un lado, el olor a salitre y pescado; por el otro, el humo de las chimeneas de la fundición. En las tabernas se debatía de política internacional y de los derechos laborales que empezaban a germinar con la revolución de septiembre de ese mismo año. Era una población joven, acostumbrada al trabajo duro y en pleno proceso de transformación social.