La Voz de Almeria

Adra

Don Alberto el Médico de Adra

Don Alberto era un hombre honesto que no negaba a nadie un saludo y si te paraba después de saludarle te contaba con su particular gracia un chascarrillo médico

Don Juan Alberto Casas, a la derecha, junto a su fiel escudero Francisco González, el día del homenaje.

Don Juan Alberto Casas, a la derecha, junto a su fiel escudero Francisco González, el día del homenaje.La Voz

Pepe Cazorla
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Hasta la cuesta que hacía lindar su domicilio y consulta, quedó sellada para el resto de nuestros días como la ‘Cuesta de Don Alberto’. Aquella empinada cuesta sin asfaltar llegué a conocerla con B. Es la calle Varadero. Un buen médico, debe relacionarse con sus pacientes, hablarles, y también escucharlos. Y, francamente, Don Alberto, había seguido al pie de la letra el consejo de Gregorio Marañón.

Las visitas eran a diario de gente proveniente de puntos muy distantes desde Adra. Los niños recién nacidos en brazos de las madres eran muy comunes verlos entrando a consulta. Don Juan Alberto Casas Ibáñez, que así se llamaba, también era un gran Pediatra.

Cuando algún usuario se acercaba para realizarle un estudio siempre le decían lo mismo:

- Don Alberto Casas, ¿no tiene usted unas “pastillicas” de esas para poder ‘animarme’?

A lo que Don Alberto, terminaba.

- ¡¡Si yo tuviera unas “pastillicas” de esas, te las iba a dar yo a ti!!

Don Alberto era un hombre honesto que no negaba a nadie un saludo y si te paraba después de saludarle te contaba con su particular gracia un chascarrillo médico. Allá por el año 1958, este granadino de Albuñol (Granada), recién licenciado de la carrera de Medicina en Granada, llegó a Adra a ejercer y dedicarse de pleno, aunque ya en los años 40 venía por Adra acompañando a su padre que se dedicaba al transporte del pescado. 

Ejerció en Adra el mismo día de su llegada, todavía sin consulta y ni tan siquiera con una casa donde vivir. Pocos medios, apenas un maletín y un mulo para poder llegar a todas partes, porque la bicicleta, la moto o el topolino llegaron después y mucho amor por su oficio le hicieron aprender y sortear las dificultades del momento. 

Medicina hecha con el corazón y con sinceridad. Porque, Don Alberto, también ha llorado de impotencia cuando se le ha muerto algún paciente y también rendía respeto absoluto por el enfermo, aprendiendo de ellos mismos.

Don Alberto se encontró a los finales cincuenta del siglo pasado una Adra con tan sólo dos médicos para una población cercana a los 19.000 habitantes. Fue una época de mucho trabajo y tenían que hacer de especialistas de todo: ojos, fracturas, partos, etc. Don Alberto Casas recordaba que a partir de los años 70 se produjo un gran cambio en Adra. 

Hasta entonces la localidad estaba estancada en cuanto a infraestructuras o urbanismo e, incluso, socialmente. Y a su lado, siempre, Angelines, su mujer, «que también ha ejercido junto a Don Alberto, donde eran años donde no había ni centro de salud, sino que se iba a la casa del médico. Y ella siempre estaba allí para recibir a los pacientes, para ayudarles o para ayudarle a él, en días de mucho trabajo a rellenar recetas.

Reconocimiento y amor por su oficio

El primer homenaje que los abderitanos le brindaron a Don Alberto: fue en 1996 por su jubilación y al que asistieron compañeros de profesión.

En 1999 fue homenajeado de nuevo, asistiendo amigos que no veía desde hacía años. Manuel Muñoz García, Francisco González, Martín Figueroa, Manuel Juan García Ruiz y Pedro Sarmiento fueron los encargados de organizarlo todo. Más de 100 personas asistirían al homenaje, amigos y conocidos dieron de esta forma las gracias a una persona muy querida en el pueblo por sus más de 40 años de servicios profesionales en la localidad y 60 de convivencia entre los abderitanos. 

La cena homenaje transcurrió en un muy buen ambiente. Don Alberto aseguraba en el homenaje que se sentía muy agradecido y orgulloso a la vez por el homenaje, ya que estas cosas no se valoran hasta que se las hacen a uno mismo. Se sentía muy satisfecho de que le distinguieran porque cuando llegó a Adra hacía mucho tiempo atrás siendo un forastero, se consideraba y consideraban como un abderitano más.

A carcajadas, don Alberto aseguraba que, con esto del homenaje, más de uno le había preguntado a su mujer que cuándo era la misa, y otros se han puesto a abrazarlo y a decirle: ¡Qué alegría, pero si está usted vivo! Y es que, más de un abderitano andaba despistadillo ya que los carteles anunciadores del homenaje a Don Alberto Casas, en el Mesón Zapata, había provocado que algún desorientado pensara que se trataba de un homenaje, sí, pero a título póstumo.

Don Alberto, como le conocíamos todos en Adra, tenía su gracia particular inconfundible, tanto que, cuando alguien le decía “¡Don Alberto vaya usted con Dios!”, corría la cortina y asestaba con un “¡No con mis pies!”. Dosis de buen humor mezclado con prodigiosa vitalidad, eran patentes en su personalidad del que ha sido, durante muchos años, médico de cabecera de varias generaciones de abderitanos, y, en el fondo, seguía siéndolo pese a su jubilación. 

Porque le seguían consultando, preguntando o pidiendo consejos. Y que conste que aquí había y hay muy buenos médicos. Jubilado en 1996 no llevó bien los primeros días, pero una vez acostumbrado con paseos y su pausa obligatoria en el Real Club Náutico de Adra aprovechaba su tiempo en aprender otras facetas, en aprender su libertad. 

Era un hombre culto y lector incansable. Aún por el pueblo andan algunas de sus originales ideas como el invento de la bebida “La Ratita”, consistente en un vaso de leche con café normal y al cual se le agregaba unas gotitas de güisqui. Hace unos años que nos dejó Don Alberto, pero se llevó el reconocimiento y cariño del pueblo abderitano y como él decía: “Si volviera a nacer, seguro, sin pensármelo dos veces, sería médico otra vez. Y me encantaría ejercer aquí, en Adra”.

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