La Voz de Almeria

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La necesidad de salvar el Cortijo del Fraile de las ruinas y de los turistas

Es fundamental su rehabilitación, tanto como evitar que se convierta en un parque temático

La parte trasera del Cortijo del Fraile, lugar inmortalizado por Lorca en ‘Bodas de sangre’.

La parte trasera del Cortijo del Fraile, lugar inmortalizado por Lorca en ‘Bodas de sangre’.La Voz

Eduardo de Vicente
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Es una buena noticia que haya casi un millón de euros destinado a la recuperación del Cortijo del Fraile. Tenemos la obligación de salvar de las ruinas este lugar cargado de misticismo y belleza que pasó a la historia por un trágico suceso. Salvemos el Cortijo del Fraile para que no se venga abajo; pero salvémoslo también de las rutas guiadas, de los guías coñazo, del turismo de aluvión, de los selfis a destajo. Salvémoslo para que no se convierta en un parque temático; salvémoslo para que no venga ningún historiador fraudulento a llenarlo de fantasmas y para que los autobuses del Imserso no aparquen en la misma puerta a comerse el bocadillo. La magia de este lugar reside en gran parte en esa sensación de soledad que uno siente cuando desde la distancia contempla su torre en medio de un páramo agotado por el sol.

A este lugar hay que llegar andando para sentirlo, para entenderlo. A una hora de caminata desde Rodalquilar aparece un cruce de caminos y al fondo, en el horizonte, la inconfundible silueta del Cortijo del Fraile mostrando su torre orgullosa en medio de la decadencia. Hasta allí llegan los caminantes atraídos por la historia de la tragedia que inmortalizó Federico García Lorca en Bodas de Sangre. Es difícil poder expresar el encanto de este rincón perdido entre la sierra del oro, el llano y el mar. Es un lugar de profundos contrastes cuyo paisaje va cambiando según la hora del día. A la caída del sol, cuando empiezan a reinar las sombras fundidas con los últimos rayos, el espectáculo es un canto a la belleza. Al llegar la noche, el silencio envuelve en una atmósfera sobrecogedora el lugar; es el momento de las viejas historias, que aún permanecen en el recuerdo de la gente y entre los muros que el tiempo no ha podido derribar.

Bajo las piedras del Cortijo del Fraile discurre la vida como un rio silencioso que va atravesando la tierra. La historia ha ido dejando su huella por las viejas paredes desahuciadas, en el inmenso aljibe donde en otro tiempo nunca faltaba el agua, en las maderas carcomidas de las puertas, en la soledad aparente del altar mayor de la capilla donde ya no se escuchan las oraciones ni se le piden milagros a San José. Hay restos de energía en el ambiente, fragmentos de otras vidas que han ido creando una atmósfera densa, fértil como los campos que rodean la hacienda. El lugar lleva años abandonado, pero conserva un poder de atracción brutal, como si una fuerza extraña resistiera al paso del tiempo aferrada a cada piedra de sus muros. El 22 de julio de 1928 una pasión de amor y celos desató la tragedia y marcó para siempre este rincón perdido al pie de la sierra de Rodalquilar. Después llegó Lorca para inmortalizar el drama y hacerlo universal.

El cortijo tiene su capilla y debajo una vieja cripta donde los Acosta, antiguos dueños de la finca, enterraron a sus muertos. A la cripta se desciende a través de una puerta con verja situada en el lateral trasero de la ermita. Bajando los escalones de piedra se llega a una antesala donde está situada la puerta de acceso a los doce nichos y al agujero bajo tierra que también sirvió para los enterramientos. Cuando se sale de la cripta una sensación de derrota te sobrecoge el alma. Alguien se encargó de profanar aquellas tumbas que un día se levantaron buscando el descanso eterno. Es una sensación parecida a la que te embarga delante de la fachada del cortijo, en lo que queda del patio trasero, en las sombras de los corrales y de la antiguas caballerizas. En la calle, frente a la puerta de entrada, se pueden ver algunos restos de la banca corrida de piedra y de la verja de hierro que circundaba el primitivo empedrado. Sobre la fachada, todavía se mantiene en pie el pequeño campanario adosado que servía de llamada a la oración y que cada tarde, cuando terminaba la faena de los trabajadores en el campo, repicaba anunciando el descanso.

El portón de la capilla, rematado por un arco de medio punto, está destrozado. Encima aparece un semicírculo de hierro que en su día estuvo formado por vidrios multicolores que componían un vistoso dibujo cromático. Dentro, sólo queda la silueta del altar mayor y los huecos donde se mostraban las imágenes de la Inmaculada Concepción, de Nuestra Señora María Santísima y del Patriarca San José, santo al que los campesinos llenaban de flores cada 19 de marzo, cuando el milagro de la primavera multiplicaba las cosechas.

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