La Voz de Almeria

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Un día del Señor de 1965, Topares, la aldea más remota de Almería, vivió uno de los acontecimientos de su historia: la visita del gobernador civil de la provincia. El pueblo, dedicado al cultivo del trigo candeal, se echó a la calle para recibir al representante directo del Caudillo en Almería. Llegó don Luis Gutiérrez Egea- según recuerda con sus ojos de niño Alfonso Robles- en un Seat 1500 negro, con escolta y todo, igual que se veía en el Nodo antes de las películas de vaqueros.
La expectación era máxima, con centenares de paisanos con la boina calada y las autoridades locales luciendo corbatilla de domingo. A pesar de que eran tiempos del tardofranquismo, de los planes de desarrollo de López Rodó, Almería, y más su provincia, estaba presidida por bolsas de miserias donde aún brillaba por su ausencia el agua corriente o la luz eléctrica.
Almería superó todo ese estigma, como no podía ser de otra manera. Desapareció también el Nodo y ya hasta nuestros paisanos mayores han dejado de gastar boina. 
Queda sin embargo aún, como un ademán de aquellos tiempos ya tan lejanos, el gusto por el viaje político, por la visita administrativa que se convierte en un fin, cuando debiera ser un medio; queda aún esa tradición de diputados, alcaldes, senadores, concejales, subdelegados, presidentes de comunidades de vecinos o de comerciantes, de ‘girar visita’, como se decía antes en las páginas del Yuguillo.
Como si el mero hecho de ‘viajar’ o ‘visitar’ fuese la solución a alguno de los endémicos problemas de la provincia: llámese Balsa del Sapo o Barrio del Realengo o Residuos radioactivos de Palomares.


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